EsquivelEl lector voraz que es Carlos Esquivel Guerra (Las Tunas, Elia, 1968) se ha encontrado con una lectura —o más bien relectura— realmente peculiar: la de su propia obra. Lo ha tenido que hacer mientras preparaba la antología personal Los ciclos de nadie.
 
Esquivel ha vuelto su mirada sobre 11 libros suyosque se dieron a conocer entre 1999 y 2008 en diversas editoriales cubanas y del extranjero. Libros que, a pesar de la distancia, no le traen arrepentimientos mayores, pues, según afirma, cumplieron su misión en su momento: ser testimonios de él mismo, de su estado espiritual, de su pensamiento, del contexto. Acaso cambiaría alguna palabra, acaso reescribiría incluso alguno de los textos, pero la esencia la dejaría tal cual.
 
Poeta y narrador, Carlos Esquivel Guerra (Las Tunas, Elia, 1968) es uno de los escritores más significativos del panorama literario de la Isla, y ha ganado premios como el Iberoamericano de la Décima Cucalambé, Jara Carrillo (España), La Gaceta de Cuba, José María Heredia, Hermanos Loynaz, Oriente, Manuel Cofiño, y Regino E. Boti, entre otros.
 
Los ciclos de nadie, que contiene finalmente un total de 43 textos poéticos suyos, acaba de ser publicado por Ediciones Vigía, en la ciudad de Matanzas, y se presentará oficialmente en esta Feria Internacional del Libro Cuba 2013.
 
 
—¿Cómo surgió la idea de esta antología?
 
—Quizás fue Agustina Ponce, la directora de Vigía, quien me lo propuso. Quizás fue el deseo de enumerar y a la misma vez recuperar libros que me miraban desde lejos. No sé, supongo que la mejor respuesta esté condicionada por el apetito canonizador que tiene el escritor cuando lleva unos cuantos años lidiando con libros. De cualquier manera, también resultó un ejercicio de suma inquisición, uno mismo destierra, sepulta, textos que sobrevivieron conmigo, salva otros, pero de esa salvación deben ocuparse los demás.
 
Diez años, once libros, cuarenta y tres poemas: cifras en el aire. Siempre es complejo hacer una lista de prioridades, no se me da bien elegir, ni siquiera cuando elijo entre mis pertenencias. Puede ser que mejores textos no entraran en esta arca. Mi culpa es tratar de defender otras culpas que son innombrables.
 
Quisiera decir que todos son iguales, o que por todos siento similar devoción, no sucede así, no significa que alguno no me importe lo suficiente, todo lo contrario. Balada de los perros oscuros lo escribí casi completo en Angola, y eso es motivo para que sea especial. Bala de cañón es mi tributo personal a la historia del país; Café Lumiére es el cine revisitado por la poesía, y Los hijos del kamikaze es el alto exorcismo, mi duelo más efusivo con lo que me rodea.
 
—¿Algún texto, algún libro que te haya hecho pensar que no debías haberlo escrito?
 
Ninguno, pero me arrepiento, por supuesto, de poemas que escribí de una manera y que ahora los escribiría de otro modo. De esa forma estaría traicionando el espíritu epocal del poema, pero ya sabemos que la traición poética es una de las más atractivas marcas de ruptura.
 
 —Al ver a modo de conjunto de tu obra, ¿sientes que has logrado “algo”, que ha valido la pena?
 
Los lectores, los críticos, los que vendrán después, son ellos quienes deben responder por mí, o por la obra que hice. He tenido las suficientes razones para nombrar lo que quise nombrar, para hablar desde otro lo que quizás el otro quería que yo dijera por él. Esas y unas pocas razones más me demuestran que “algo” valió la pena.
—¿Cuáles son, a tu juicio, las búsquedas esenciales que te propusiste con tu poesía durante toda esta etapa?
 
—La literatura es intensa por peligrosa y, en un grado superior, mientras más intensidad desprenda sus páginas el peligro de poseerla a ella revelará una delirante  esclavitud. Me importa provocar, pero mi primera preocupación es la atmósfera. Si no hay atmósfera, si no existe el paisaje de contrastes entre un ambiente opresivo, lóbrego, y el manto artístico, el referente “pictórico”, las zonas reverenciando un anclaje social, las palabras estarían muertas. Peor: muertas antes de nacer. Voy a las contaminaciones. Debo llamarles así porque de otro modo me parecería muy artificial este asunto. Una metrópolis y una civilización de fantasmas rugiendo por entrar. Entran. Tienen muchas caras, y, hacia el final, conformarán un cuerpo hecho de cientos de caras. Vivo una relación directa con la aniquilación de todas las renuncias. Renuncio a regenerar. Renuncio a las apostasías de moda, renuncio y me diluyo en la adopción de necesidades ocultas.
 
 —¿Cómo ubicas tu poesía en el panorama de las letras cubano?
 
—Otra pregunta difícil porque no debo responderla sin contraponer las disímiles y espinosas mareas de ese mar literario nacional. Me muevo hacia distintas zonas, a ratos lúdicas, a ratos hirientes, casi solemnes, un poeta de lo que podría llamarse neovanguardia, pero me temo que ni siquiera tal conceptualización es exacta, o relativamente exacta. Escribo décimas, epigramas, poemas en prosa que no son ni una cosa o la otra (y esa máscara presupone un hallazgo sin otros límites que los corrosivos), un goteo silvestre cerebral, algo distinto a lo que admiro, porque de eso se trata: tolerar el desafío de cualquier tradición y desafiar esa misma tradición. Vivo en Las Tunas, que es como vivir dos, y hasta tres, veces en Cuba. El reconocimiento no es muy amistoso conmigo, no me importa, la aspereza de una relación así obliga a otros paralelos, a otras búsquedas.
 
 —Tú, que eres un lector tremendo, ¿cómo ves la poesía cubana contemporánea cubana en el panorama mundial?
 
—Otra pregunta difícil. Lo primero es saber dónde está Cuba en el panorama mundial, si es que está, y luego averiguar por la poesía. Me estorban, me aturden, me deprimen, ciertas tendencias (que no corregiré) que se implantan como modas (a la fuerza) y terminarán denigrando, corrompiendo, los espacios plurales de la creación poética en el país. En muchos de esos poetas la poesía es pantomímica, inconexa, artificial. Algunos creen que están acabando con el mundo cuando lo que están haciendo es refreír la poesía de autores de la vanguardia europea o a norteamericanos de tiempos disímiles, lo mismo aquellos modern poets o los del realismo sucio.
Hay excelentes poetas (en la narrativa se está peor, a siglos de distancia, creo), voces moviéndose a uno y otro lado, estilos diversos, y dispersos. A pesar de todo lo que dije antes, la poesía cubana es de las mejores ahora mismo en la lengua española (aunque este es un dato superfluo, si sabemos los escasos grandes poetas que ha dado la lengua, sobre todo en los últimos cien años). Irlanda, Australia, China, Irán, Estados Unidos, Francia: uno rastrea y siente que ese mapa de poéticas es demasiado seductor.
 
—Después de escribir tantos libros, ¿crees que te queda por decir?
 
—En realidad, ningún escritor trata de escribir, como se dice continuamente, esos libros que les gustaría leer, sino aquellos que no puede escribir. Como un reto. Supongo que la literatura sea, más o menos, eso. Sacrificar el resumen de varias angustias y leer desde la fascinación un curso posible, una máscara de afectuosa perversión. Si un libro de poesía se acerca a eso expresa la simbiosis de su propio laberinto, de su propia perversión. Me quedan deudas temáticas, me queda una vida, o un pedazo de vida, que manchar con, y entre, palabras. Me quedan, aún, aquellos desafíos con los que comencé a escribir en una lóbrega aldea africana. Me queda la posibilidad, remota, de ser un mejor ser humano. Todavía me quedan muchos errores que cometer.

Entrevistador:  Norge Céspedes