Israel DomíngezNota del compilador:

Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; opino, por las investigaciones que realicé, que eran solo diez cuartillas, como muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas quienes las conservaron hasta el día de hoy.

Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.

Verano, 1905.

Israel,  preciado poeta:

Estaba por escribirle. Recuerdo cómo hace unos años le escribía a Kappus, cuando valoraba uno de sus conjuntos de poemas, que tan periódicamente enviaba con el fin de que le diera mi opinión, y en tal sentido le decía, que “el tiempo no cuenta y diez años son nada.  Ser artista significa no calcular no contar, madurar como el árbol, que nos empuja su savia y permanece confiado bajo las tormentas de la primavera sin miedo a no ver llegar un verano más.  El verano sí llega”. De hecho, le escribo desde el extraño y siempre breve verano, para confesar que  su Viaje de regreso 1 me ha devuelto la tranquilidad por una poesía que bien ha dejado pasar los años,  diría en la mansedumbre de un tiempo que debe a los hombres sus derroteros. Ella, así me devuelve el itinerario ideal, la salida perfecta para estos dolores que ya mi columna me provoca, y que en ocasiones no logro soportar.
 
Su poemario, estimado Israel Domínguez, es un pequeño cofre de ébano y marfil  donde la infancia permanece en el interior, es una especie de búsqueda  en la memoria del hombre después que se han agotado las indagaciones en el mundo exterior.  Es quizás un momento de madurez conceptual, según percibo, en su obra.  Excelente motivo este, poeta preciado.

Unos amigos me han dicho que estoy demasiado sumergido en la poesía, que necesito la vida circundante, la ciudad que se me hace casi lejana, por lo menos así la veo desde una pequeña ventana que tengo en el cuarto.  Suceden mis días en mi cuerpo o mi cuerpo sucede en los días.

No hay por qué consternarse.  Vivo la travesía de un poema,  creo que al final,  confieso, no podré escapar de sus límites.

Lo que más me llama la atención es que su viandante mirada es muy sencilla, no utiliza, usted, artificio alguno, es un hombre sincero, creído, quizás, en alguna religión pero aquí hay una filosofía de no querer borrar las cosas del pasado.  Así confiesa: Por el horizonte aparece un flanco/ que viene recuperando su verdadera forma.

Me advierte en la carta que suscribe, que este texto ha ganado un premio, pero creo que eso no es lo importante, el premio lo otorga el lector aguzado, el que es capaz de disimular la vetusta significación de estas páginas, lo que hay de vida y memoria.  El elemento pictórico es una excelente razón para esgrimir poemas: “Algunas fotos”, “Ciudad de tránsito”, por citar algunos, que nos hacen sugerir sitios que has guardado cual instantánea para ofrecernos a destiempo. La poesía como instantánea, salutación de tus pequeñas historias. Historias que, aunque personales, algo tienen del otro. El otro, sujeto contemporáneo, asimila el hecho de tiempo o espacio, una aparente dualidad ,quizás pendiente por resolver de la literatura. 

La sencillez escritural aquí reafirma la imagen poética, en algunos textos más evidentes que en otros, no  obstante la imagen se guarda como concepto de belleza y las palabras no pueden funcionar en otro sentido que no sea ese: el alcance de la belleza.  Pudiera incluso decir que no es diferente esa belleza, la que se devela en las escrituras de Platón, no es nada diferente. Comparte la imagen una sonoridad que acentúa la metonimia y la corporifica.

Vagabundo he quedado yo ante tal encrucijada. Es usted un poeta de verdad, de corazón le advierto buena fortuna en tales predios.  El terreno está abonado, la suerte, diría César, está echada.

Mi mayor estima y consideración, suyo


Notas:

(1) Poemario de Israel Domínguez, publicado por las ediciones Matanzas, 201

Tomado de: http://www.cubaliteraria.cu/