Jorge MañachA simple vista, en la vasta prosa de Jorge Mañach no se identifican rasgos humorísticos. Polémico, y sobre todo agudo pensador, cuidó con esmero el acto de transcribir sus ideas aun imbuido en el torbellino de las tantas pasiones que lo azotaron, de modo que su obra, sin dudas diáfana, deja ver su estirpe de intelectual orgánico, bien estructurado sobre sólidos cimientos de los cuales, ha de señalarse, nunca hizo gala. Su humor, discreto, también alcanza la proverbial elegancia que depositó en sus ensayos, en sus crónicas, en sus artículos. 

Así como entabló encendidas discusiones acerca de lo que consideraba incomprensible en la poesía que surgía, no tuvo reparos en confesar sus propias limitaciones en cuanto a la apreciación de otra manifestación artística como la música, dando muestras no solo de su vasta cultura sino también de su honradez expresiva, hasta cierto punto jocosa: ¨en mi vida he comprendido a satisfacción lo que significa “decir bien una frase musical”, sólo sé reaccionar a la música con carne de gallina y no me avengo a la inmoralidad de razonar mis experiencias puramente sentimentales¨1.

Su rechazo a ciertos convencionalismos del ámbito cultural, y su afán de ridiculizar determinadas actitudes (“a los pregoneros, como a los escritores, suele hacerles daño la popularidad“2), lo señala como un pensador atrevido a pesar de la perenne añoranza por el pasado que caracteriza su cualidad de cronista de alto vuelo, siendo muy joven entonces, ("a las nuevas calles les falta la condición misma de una ancianidad futura, la posibilidad de envejecer bellamente "3) , evidente sobre todo en la antología de sus Glosas del año 1924 y en las Estampas de San Cristóbal, de 1926.

Así, prologaba él mismo sus libros, con notas breves donde explicaba el origen de los escritos reunidos, las fechas y las fuentes iniciales. Opinaba que casi todos los prólogos de mano amiga, al uso corriente, “rayan en majadería"4,  y en el que quizás sea el mejor ejemplo del humor (en este caso mordaz) de Mañach (Luján, moralista), se lanza abiertamente a la burla de quienes utilizan el arte como negocio y no como vehículo refinado, a la vez que critica la conducta de supuestos promotores literarios: "reuniré todas las circunstancias que suelen propiciar entre nosotros la lectura de un libro de aquí. Lo haré prologar por un señor conocido, académico de algo y, como es natural, Doctor. No importa que no haya conocido a Luján; basta que lo conozcan a él: sus artículos, sus discursos, sus conferencias, sus chistes de sobremesa. Procuraré que, en su prólogo este señor diga alguna barbaridad, de suerte que, en provecho del libro, se comente el prólogo”5.

Otro ejemplo del humor de Mañach, esta vez en su forma más llana, sin visos irónicos ni con las intenciones denunciatorias que vimos anteriormente, aparece también en el libro Glosario, (en “Mimí Aguglia y su pelo”):

He observado –no sé si con demasiada fantasía- concordancia psíquico-capilar. Los temperamentos artísticos y febriles suelen tener el cabello rizado; los calculistas y meditativos lo tienen generalmente liso; liso y gordo es también el de los que sienten y piensan poco. En cambio, esas pobres sensibilidades demasiado tensas, demasiado expuestas, tan susceptibles al ritmo como al golpe rudo de la vida, suelen determinar prematura calvicie. [……] Si el estudio de ese noble indicio llegara a perfeccionarse, en él pudiéramos fundar nuestro primer  discernimiento del carácter y de la personalidad. (“Déjame ver qué pelo tienes, y te diré quién eres”) y así como tenemos la ciencia frenológica y el arte de la quiromancia, muy bien pudiéramos llegar a formar un saber capilar de vastísima utilidad6.

Una de las obsesiones recurrentes de Mañach fue el estudio del humor en Cuba. Su lúcido ensayo "Indagación del choteo" demuestra cuán profunda llegó a ser su necesidad de entendimiento de las peculiaridades de nuestro humor y de la esencia de la cubanía, a la vez hacía públicas sus consideraciones, de modo que se conocieran más allá de nuestros estrechos límites. Si dicho trabajo apareció revisado y ampliado en el año 1955, luego de haber sido una conferencia en 1928, varios años antes, en 1925, en un artículo llamado "Nuestro prestigio humorístico” publicado en la sección de Glosas del no. 82 de El País, no. 82 ya adelantaba su tesis: Por bajo de la mueca bufa que es nuestro aparente vivir colectivo, se esconden mil rictus ominosos de protesta7.

Y un año más tarde, en 1926, aparece el ya citado libro Estampas de San Cristóbal, donde abundan sus reflexiones acerca de lo que pudiéramos denominar el modo de ser cubano, utilizando como portavoz- alter ego al procurador Luján.  Así, a través de la excusa de mostrar La Habana a un joven amigo, aprendemos de nuestra inconstancia temperamental de criollos, del acento dislocado y del exceso fonético que tiene nuestra conversación criolla, así como del común denominador de alegre tristeza que es muy de nosotros.

Por otra parte, cierta contradicción entre dos momentos del pensamiento de Mañach se aprecia en sus análisis acerca del humor cubano y su expresión más autóctona: el choteo como hábito de irrespetuosidad motivado por un mismo hecho psicológico: una repugnancia a toda autoridad8.

Si bien este  ensayo se fundamenta en sus observaciones sociológicas, y es argumentado con criterios más que probables en una de las cartas que dirigía a la dama desconocida que fungió como destinataria para sus Glosas del año 1924 (o sea, mucho antes de Indagación del choteo), expresó:

El otro día, haciendo la homilía a nuestros pecados nacionales, le oí decir a usted, amiga mía, que lo peor de nosotros los cubanos es el cómo lo echamos todo a chacota y hacemos comercio frívolo, ironía y esparcimiento de los más graves asuntos. Error. Usted, que es tan pronta para disculpar, me excusará de no estarle acorde esta vez. Lo que nos sucede a nosotros los cubanos, señora, es precisamente todo lo contrario: que nos tomamos demasiado en serio.9

No podían faltar sus definiciones acerca del costumbrismo, teniendo en cuenta su empeño analítico en cuanto al humor. Sin llegar a compendiar todas sus opiniones al respecto en un ensayo exclusivo y ampliado (como hiciera con el choteo), dejó sentadas las bases para el estudio de esta modalidad literaria en Cuba.

Según sus consideraciones en este trabajo fechado en 1932, el artículo de costumbres es una combinación de loa y vejamen que nunca utilizó como arma el improperio, y el costumbrismo una sátira leve, que no quiere lastimar el retoño. Los costumbristas, por tanto, dan siempre la sensación de que están a un tiempo enemistados con su ambiente y enamorados de él10

Será objeto de un trabajo posterior la visión que tuvo Mañach de La Habana como universo sociohistórico, pero era nuestra intención señalar los rasgos humorísticos que, de forma diversa (irónica, mordaz, llana) son detectables en la prosa de este escritor exquisito, que fue, como se calificara a sí mismo, veterano apenas en la juventud, y que no tuvo tiempo a renunciar cabalmente al romanticismo.

Referencias

1. Jorge Mañach: Glosario, Editorial Cervantes, La Habana, 1924.
2. Jorge Mañach: Estampas de San Cristóbal, Editorial Minerva, La Habana, 1926.
3. Jorge Mañach: Pasado vigente, Editorial Trópico, La Habana, 1939
4. Jorge Mañach: Glosario, Ibidem
5. Idem
6. Idem
7. Marta Lesmes en Extramuros, no. 6, 2001, p.40.
8. Jorge Mañach: Ensayos, Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1999.
9. Jorge Mañach: Glosario, Editorial Cervantes, La Habana, 1924.
10. Jorge Mañach: Pasado vigente, Editorial Trópico, La Habana, 1939


Por: Laidi Fernández de Juan

Tomado del boletín de AlasCuba