A Arianni y Amanecer, por supuesto. 

Se había obsesionado con la música.

Con hacer algo único. Irrepetible.

Cuando era niño, sus padres lo sentaban frente al violín, con un pedazo de pan y un vaso de agua que debían durarle hasta el fin de la lección.

Sus padres querían un genio. Un niño genio.

Un Mozart. Y si no, al menos un Beethoven, un Satie, un Bach.

Virtuoso y genio.

El mejor de los violinistas nacidos en este mundo y en las próximas ocho realidades alternativas.

Él se esforzó. Realmente lo hizo. Estudiaba no dos horas, sino cuatro, frente a aquellas cuerdas de violín que se negaban a ser violadas. Se esforzó, hasta que le salieron callos en el cuello, en los dedos y hasta en las nalgas.