En la finca La Matilde, con sus vegas repletas de cafetales al este del pueblo de Artemisa (en aquel entonces la provincia de Pinar del Río), vivía la familia de Julián del Casal a mediados del siglo XIX. En esas vecindades, por azares de la vida, me tocó nacer en la misma fecha que el poeta, aquel “triste ruiseñor del bosque de la muerte” como le llamó alguna vez Rubén Darío, excepto que yo vine al mundo casi ochenta años después. Siete de noviembre. La misma fecha en que aparecieron en el planeta Marie Curie y Albert Camus. Ese ilustre trío de seres me acompañaría por los vericuetos del ir y del venir, del ser y del no ser. Asimismo sus ansiedades existencialistas, sus nostalgias, sus obsesiones científicas, y mis propias inquietudes de niña y de muchacha.

 memorias de una niñez provinciana