Cobo
Por: 
José Manuel Hernández de la Cruz. 

En la historia del arte y en específico la pintura, existen y perduran innumerables ejemplos de creadores que recurren a su entorno como modelo en sus creaciones.

Los artistas interpretan y expresan la realidad circundante en un primer momento desde una dimensión cultural, inherente a cada grupo social, a los valores que en ellos se desarrollan y sus conocimientos. Cada uno es portador de su propia historia y tradiciones que refuerzan los vínculos entre los individuos, propiciando se aglutinen en torno a un común  sentimiento de identidad. Al respecto, Jorge Morales Miranda (Torres 2006, 76) refiere que  desde esta perspectiva, las interpretaciones de la realidad se hacen más homogéneas y coherentes. No obstante, la interpretación cultural se desdobla a su vez en una dimensión subjetiva donde el individuo le otorga un significado personal a su universo. En este sentido la creación artística no es simplemente el reflejo del objeto por el sujeto; se convierte en la interpretación que hace el sujeto del objeto,  exégesis cargada por la sensibilidad y emotividad de cada uno.

La selección de esa y no otra parte de la realidad está dada por lo que representa para el creador y por la energía que la misma emana y es captada por el artista. Es un sentimiento de identificación donde se aglutinan color, forma, luz, sombra y textura para conformar un todo que posee un espacio físico limitado y que se redimensiona en un nuevo universo, la obra.