Juan Gualberto G.Juan Gualberto Gómez pronunciaría las palabras de despedida de duelo de Gonzalo de Quesada y Aróstegui, quien falleciera en Alemania, donde se desempeñaba como embajador. Sus cenizas arribaron a Cuba en 1919 e iban a recibir enterramiento en el cementerio de Colón, en La Habana.

La comitiva oficial que llevaría a cabo este acto solemne se desplazaba en un numeroso grupo de automóviles. La mayor parte de ellos eran muy lujosos, de último modelo, y contrastaban con la modestia del medio de transporte alquilado en el que iba Juan Gualberto.

En medio de su proverbial honradez, él nunca había contado con recursos para comprarse un auto propio. Tomaba ómnibus como un ciudadano cualquiera y en momentos especiales como aquel, a lo que más podía aspirar era a contratar los servicios de un chofer llamado Manuel, dueño del Ford bastante pasado de moda en el que viajaban hacia el cementerio de Colón.

Durante el trayecto, en cierto momento, un policía de tránsito los hizo detener. Juan Gualberto pensó que era solo una breve parada para realizar ajustes en la marcha de la comitiva. Pero se percató alarmado de que ellos habían dejado de avanzar y la comitiva se alejaba a toda marcha.

De inmediato, Juan Gualberto le pidió a Manuel que le preguntara al policía de tránsito qué pasaba. Así lo hizo el chofer y la respuesta que le dieron fue que se encontraban dándole paso a la comitiva oficial del entierro, a la que los viajeros del vetusto Ford no parecía pertenecer, por el aspecto “poco distinguido” del vehículo.