Uva de AragónDesde poco tiempo antes de que ya naciera en 1944, hasta más o menos mis cinco años, todos los veranos mis padres alquilaban una casa en Varadero. Tal vez mi amor a la playa proviene de mis primeros contactos con ese mar de azules inagotables y esa arena tan fina como la de Pilar en los versos martianos, que yo presentía siempre a mi lado, con su muñeca

sin brazos y sus zapatos rosa. De esa etapa recuerdo un delicioso salto en el estómago, mezcla de excitación y miedo, cuando mi padre nos llevaba a pasear en auto por las lomas de Kawama; y una casa grandísima, de maderas oscuras, rodeada de misterio, que pertenecía a la familia Dupont.

Mantengo en la retina la visión de la Bahía de Matanzas que aparecía de pronto desde la carretera como un espejismo, mágico azul entre verdes, que sin embargo no desaparecía al acercarnos. Veo por igual el pequeño puente que cruzábamos antes de regresar a la carreta central. El paso por la ciudad era señal que de que ya estábamos cerca de nuestro destino playero.