No se puede llegar a ser talentoso solo,
        el trabajo transforma el talento en genio.

        Anna Pavlova

Entre los más de cuarenta países por los que la excepcional bailarina rusa Ana Pavlova (San Petersburgo, 1881?–La Haya, Holanda, 1931)[1] mostró su virtuosismo se incluyen varias naciones iberoamericanas. Con el aplauso del avezado público europeo y del norteamericano, Pavlova llegó a tierras de Latinoamérica para mostrar un arte que apenas era conocido en la región, aun cuando en el siglo XIX varios de nuestros coliseos habían sido testigos de la presencia de la bailarina romántica Fanny Essler y de otros íconos de este arte.

Ana Pavlova

De 1910 data su debut en el Metropolitan Opera House de New York, ciudad donde la acogida fue semejante a las recibidas antes en las principales capitales de Europa. Alma sin ataduras y alejada de los convencionalismos sociales durante su siguiente visita a ese país llega a actuar en el Hipódromo de aquella urbe, cuyo colorido ambiente circense debió contrastar con la sobriedad y delicadeza de su arte. Allí fue protagonista de una activa vida social y trabó amistad con varias estrellas del cine hollywoodense, entre ellas Charles Chaplin, Mary Pickford y Douglas Fairbanks. En 1912 este último filmó varios solos de la afamada diva, incorporados posteriormente a una película vinculada al tema de la danza.