Nació para cantarle al sol, para dejar correr en su sabia milenaria el alimento de lo divino, de lo mítico; para refugiar toda la naturaleza, para ser remanso y contemplación.Su personalidad atrae toda forma viviente. Se sustenta de la devoción, el respeto, la admiración que todos le prodigan. Generadora de lo humano y lo divino, necesita de todo eso para vivir. Para sentirse dueña y señora. Porque la ceiba es eso y mucho más: el más grande de los árboles que habitan en Cuba y en otros países tropicales. Desde su solitaria presencia reina en el paisaje que la rodea, domina la mente de muchos hombres, ampara las aves del sol, la lluvia y las sombras de la noche y hasta a los niños en sus juegos inocentes. Todos recurren a ella. Aquí se funden mito y realidad, leyenda y razón, pasión y verdad. 

Árbol historia, árbol huella. Marca lugares importantes de la hechología o la geografía cubana. Crecida entre la rueda dentada del destruido ingenio La Demajagua , es testigo del tiempo y la epopeya, que junto a la imagen de Carlos Manuel de Céspedes conforma un símbolo de rebeldía para los cubanos de varias generaciones. Permanece orgullosa y gallarda para indicar el centro exacto de la Isla en suelos villaclareños. Fue alimentada con tierra de todos los países libres de América y regada con agua de sus ríos el 24 de febrero de 1928 en que fue trasplantada a la céntrica plaza habanera, para ser reconocida como Árbol de la Fraternidad Americana. Cada 16 de noviembre recibe la alegría de un pueblo que festeja a sus pies el aniversario de la fundación de la ciudad, y en cada vuelta a su voluminoso tronco gira la esperanza de ver cumplidos sus deseos. Es el día de ofrendas a Aggayú, para unos, o el de San Cristóbal para otros. Es la majestuosa ceiba del Templete, que como las demás vive en su pueblo. 

Marca la toponimia de muchos lugares de América y Cuba. Se ofrece gustosa para señalar el sitio en: Colombia, Puerto Rico, Venezuela, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá; o en Pinar del Río, Trinidad, La Habana , Ciego de Ávila y Manzanillo. 

Esta es la ceiba. La ceiba majestuosa y digna que ha marcado a los hombres de varias generaciones. La ceiba que ha roto las barreras del tiempo, también ha dejado una huella valiosa en el mundo del arte. Pintores, músicos, escritores, la han soñado, la han idealizado. 

Notable ha sido la persistencia de la ceiba en la obra paisajística de Esteban Chartrand, como notable también en la imaginación fecunda de René de la Nuez. La ceiba cobra entonces una dimensión superior cuando transgrede las fronteras y viaja irreverente sobre el lienzo.Pero es en la literatura donde realmente alimenta su ego. Poetas, narradores, ensayistas, la han elevado en su voz, magnifican sus encantos y es entonces un símbolo. 

Un agudo narrador como Alejo Carpentier no podía quedar ajeno ante este “árbol arquitectónico”, sobre todo él que supo hallar en la naturaleza nuestros rasgos de identidad, de una realidad maravillosa 

... hasta tropezarme con el más monumental, el más adusto, el más imponente de mis árboles: La Ceiba. (...) y pensaba que el guajiro cubano, al llamar “madre de todos los árboles” a la ceiba debía acaso a su ancestral sabiduría la noción de que con ello identificaba a la Mujer y el Árbol, alcanzando la esencia primordial de todas las religiones, donde Tierra y Madre (...) son la ecuación significante de toda proliferación. (1) 

Presencia que va más allá de un recurso literario, es la definición de una filosofía. Es un extenso monólogo en el enfrentamiento hombre-natura. 

La ceiba puede mirarse como árbol de la metamorfosis, donde van a fundirse todos los vientos anunciadores de lo cubano. Será precisamente frente a ese árbol donde irá a detenerse Enrique para quitarse el polvo del camino y reconquistar su identidad... (1)

En La Consagración de la primavera, se le consagra. Es la fusión de todo cuanto significa, capaz de detener al personaje, que reconsidera y cuestiona su vida, sus pasiones. 

Muchos pueblos han encontrado un árbol emblemático donde mezclar mito y poesía. Para los griegos el roble, para algunos suramericanos el ombú, para los africanos el baobad, y ya en escrituras antiguas como en la Biblia se recurren a un elemento simbólico: 

Aquestas las visiones de mi cabeza en mi cama: parecíame que veía un árbol en medio de la tierra, cuya altura era grande. 

Crecía este árbol , y hacíase fuerte, y su altura llegaba hasta el cielo, y su vista hasta el cabo de toda la tierra.Su copa era hermosa, y su fruto en abundancia, y para todos había en él mantenimiento. Debajo de él se ponían a la sombra las bestias del campo, y en sus ramas hacían morada las aves del cielo y manteníase de él toda carne. (2)

Este árbol es la alegoría del imperio y la grandeza del rey Nabucodonosor en el reino de Babilonia, es la imagen de la sabiduría de un hombre. 

Pero en el sueño de Nabucodonosor se representa de alguna manera nuestra ceiba: “...y para todos había en él mantenimiento”. Está la apreciable madera, la suavidad de la lana y el aceite de sus semillas. Las propiedades medicinales de sus ramas, cortezas, flores y hojas. Socorre al sediento viajero con el agua que acumula en sus raíces. Y cuando llueve es capaz de aliviar las penas del espíritu, con sólo ver correr el agua por su tronco. 

La literatura oral cubana es a su vez muy rica. Tanto que se considera como una de las más originales de América. Surge de la imaginación popular, del desconocimiento, la superstición y el miedo, llegan a conformar nuestra mitología y enriquecen el folclor. 

Samuel Feijóo investigó y llegó a ser el más profundo conocedor en esta materia. Dejó varias obras sobre el tema y entre ellas Mitología cubana . De ahí que podamos comprender mejor la sicología popular y el origen de muchas de las historias que se tejen alrededor de la ceiba.

La disposición horizontal de sus ramas ha encontrado una explicación posible para los campesinos. La atribuyen a una deuda de gratitud de la virgen María y por eso sus ramas forman una cruz en relación con el tronco. Y así, en una perfecta cruz, se puede ver una ceiba entre la abundante vegetación de la Ciénaga de Zapata, próximo al peaje de la carretera a Playa Larga, que crecida entre palmas ofrece el más bello monumento de la naturaleza cubana y sin lugar a dudas, una joya en la verde armonía de la región, que suscita la admiración del viajero, el orgullo de los vecinos y la envidia de otras ceibas vecinas que de forma excepcional configuran un paisaje legendario. 


Otras leyendas recoge Feijóo, pero relacionadas con luces que se observan en la media noche, cerca de su tronco. Todas estas creencias enriquecen la imaginería y los aportes de una tradición literaria. 

Dentro de la narrativa, protagoniza no sólo la imponencia de la ceiba, sino también su mito, puesto en función de definir la sicología de los personajes. Manuel Cofiño, conocedor de estos secretos, pone a prueba al adolescente desafiando el campo, con sus ruidos y sus historias asustadizas:

Entonces en la ceiba donde decían que salía una mujer, a menos de cinco metros de esa ceiba yo iba erizado. (...) Mamá yo no creo en Dios ni en María Santísima porque ya yo no creo en visiones. Nunca voy tener miedo. Eso dije a los catorce años, pero ya usted ve a los veinte el miedo me volvió a agarrar. Así son las cosas por aquí.(3)

La última mujer y el próximo combate, novela de tesis, novela donde el hombre firma su sentencia ante el mundo, se enfrenta al miedo, y en su cercanía a la ceiba, protegida por su propia sombra, se desata el clímax. Debilidades que el hombre a veces oculta, o vence en su paso por la vida. 

En la veracidad de la narración interviene la intención del autor. Y sin dudas son veraces las páginas sobre costumbres campesinas. Son estampas de alta plasticidad. La vida del hombre del campo, con la fuerza dramática que da a la obra las escenas de desalojo y un mundo de necesidades, incultura y añoranza. Esto es Memorias de la ceiba (1984), en que Gilberto García Hernández da un sentido protagónico subliminal a la ceiba. 

En su magnificencia da nombre a un lugar perdido entre los campos de Cuba y ofrece a la vez abrigo temporal a la familia: 

Llegaron al lugar como a las cuatro de la tarde y la carreta se detuvo debajo de la ceiba. (...) Hay que cocinar algo antes de la noche y descargar las camas y lo más indispensable. Todo se iba colocando debajo de la ceiba. Era el único techo con que contaban para cobijarse aquella noche y todas las siguientes hasta que levantaran la casa.(4) 

Llegar a La Ceiba es el renacer de las esperanzas, comenzar una vida nueva y pernoctar bajo la ceiba, es encontrar refugio preciso en momentos de abandono. Cierto o no, aquí está también el árbol alegórico. 

La poesía síntesis de lo divino y de lo humano, es tan elocuente como la prosa. 

Eliseo Diego, tratando de Nombrar las cosas, en su paseo “Por los extraños pueblos” va descubriendo el ambiente, las costumbres, la atmósfera pueblerina. Y en esta geografía circundante: la ceiba: 

Ceiba distante, barco, deshabitada, libre,
a quién rozan las nubes con difícil espuma
te despojas del tiempo como de un traje usado.(5)

Desafiando el espacio, la distancia, la inmensidad. Testigo de todo y de todos. Retadora del tiempo y de la vida. 

En la poesía de César López se canta a la “Prestancia de la ceiba” en una supuesta Quiebra de la perfección . Esta es una ceiba arrogante:

retadora del tiempo y los ciclones.(6) 

Con su halo de misterio, refugio para deidades, recuerdos e historia, siempre solitaria e imponente. 

El árbol más poético de estos campos ha inspirado no sólo a cubanos, sino a escritores de otras latitudes. Bien conocido es que Gabriela Mistral le dedica una de sus rondas, en Rondas y cuentos

¡ En el mundo está la luz
y en la luz está la ceiba,
y en la ceiba está la verde
llamarada de la América!(7) 

La poetisa da en la “Ronda de la ceiba ecuatoriana”, una visión continental y reconoce su hegemonía en los campos y en la vida de sus gentes. Tiene un sentido mitológico para la población indígena americana:

Árbol-ceiba no ha nacido
y la damos por eterna,
indios quitos no la plantan
y los ríos no la riegan. 

Es la misma ceiba llena de secretos que conocemos, que para los antiguos mayas representaba el eje del mundo, la dirección vertical, el crecimiento y la maternidad. 

Sigue Gabriela Mistral invocando no sólo sus poderes, sino pasajes bíblicos, en símil incomparable cuando la pone a cantar al viento como a Débora, profetisa y gobernante del pueblo de Israel.

Pero la estrofa donde con más fuerza recaen sus “poderes”, está en el centro de la composición:

No la alcanzan los ganados
ni le llega la saeta.
Miedo de ella tiene el hacha
y las llamas no la queman. 

Todos la respetan y evitan cortarla, pero los científicos han buscado razones más lógicas y han comprobado su carácter idioeléctrico que la libra de los rayos y del fuego, por la horizontalidad de sus ramas y la inconductibilidad de su lana. 

Aunque la Mistral glorifica la ceiba del Ecuador, todos vemos allí nuestra ceiba, la de aquí o allá, por eso finaliza su ronda: 

Y en la ceiba está la verde
llamarada de la Tierra!

Interesante es ver también la apreciación del poeta angolano Serafín Silva Pompilio:

¡Ay!
mi ceiba
la tumbaron en diciembre.
¿Qué raíces sostendrán mis flores?
¿Quién hará la plantilla de mis pasos?
En la penumbra del polvo
yace desde diciembre
mi ceiba,
¡ay!(8)

Desde la propuesta que ofrece en su poemario Donde nací, encontramos una analogía entre el árbol fuerte, poderoso, protector y su padre. Analogía que permite elevar la estatura emocional del padre. 

De estas lejanas tierras africanas nos llegó el más fuerte e importante basamento religioso en relación con la ceiba. Rito y tradición que ha convivido por más de un siglo entre nosotros, traído por los esclavos, que creyeron ver en ella al similar baobad que reconocían como sagrado. 

Por sincretismo la ceiba comenzó a recibir otras denominaciones: Iroko, Araba, Munanso Nsambi y otras que la identifican como Árbol de Dios. Desde entonces ocupó un lugar privilegiado en los barracones de negros esclavos, donde podían ofrecerle sus cultos. 

Recibe tratamiento de santo y es el altar de los mayomberos congos. Bajo su sombra se “animan” prendas para fortalecerlas, se hacen amarres, se inician los Abakuá y otras ceremonias religiosas de origen Lucumí, Congo, Arará, se entregan ofrendas, que alimentan su carácter sagrado para creyentes. La ceiba ni se corta, ni se quema y nadie debe atreverse a derribarla sin hacerle ebbó. 

La leyenda o patakí de Iroko es tan tierna como su sombra protectora: abrió su tronco para ocultar a Yemayá que huía con las mellizas de la furia de su padre Changó. Hasta que finalmente lo convenció para que perdonara a sus hijos, pues de ellos siempre obtendría el Aché. En el acercamiento del Hombre a Dios, su liturgia y su mundo rico en imágenes y tradición es esencial la obra de Lidia Cabrera. El Monte es un tratado sobre su significado. Es el descubrimiento ineludible de todo cuanto en ella se encierra. 

Otra obra también relevante, nos da algunos elementos para su conocimiento: Cuba: imágenes y relatos de un mundo mágico de la folclorista Natalia Bolívar. Es el dominio de un mundo que va siendo cada vez menos ajeno en el saber de los hombres. 

El cuento, con su poder de síntesis, también enaltece a la ceiba y sus creencias. 

“La ceiba”de José Rodríguez Menocal recibió elogios cuando apareció publicada en Textos , revista literaria de Colón, porque en una narración breve transparenta la nostalgia y la sensibilidad que puede motivar el árbol en la geografía más cercana a su memoria, quizás porque: 

Bajo el abrigo de sus años se recorta parte de la infancia
de los muchachos del barrio...
o porque hasta aquí han llegado los:
clavos que le hincan con sus mitos.(9)

El árbol es el héroe, que aunque dispuesto a morir, vive en su leyenda.

En otro cuento,“Pedro el hachero”, es sólo un árbol, que con sus gruesas raíces ha roto la monotonía de la calle más larga del pueblo. Esta historia pretende contarnos la heroicidad de Pedro, pero para el lector más avezado la ceiba no abandona nunca el protagonismo, rodeado de su misterio, del amor que cobijó en varias generaciones. José de Jesús Márquez recrea el conflicto entre la razón y el mito. Esta narración aparecida también en Textos , nos devuelve un tema que no por conocido es relegado. 

Otros autores en su verbo abundante han afincado sus raíces en la cubanía de su obra.

Para José Martí es el símbolo de lo cubano, de la añoranza en sus horas de lejanía. En el poema “Hierro” la evidencia nos sorprende: 

 ¡Solo las flores del paterno prado
Tienen olor! ¡Solo las seibas patrias
del sol amparan! Como en vaga nube
por suelo extraño se anda;(10)

Es el símbolo del amor –nunca vencido- por su Patria, por lo más humanamente querido, es su corazón y su raíz siempre en Cuba. Es como el amor entrañable de El pequeño príncipe a todo lo suyo.

En su poesía es recurrente la presencia del árbol. “contra el verso retórico...” de su libro Flores del destierro recuerda su anhelo protector en solo un verso:

de acá, de allá, del árbol que le ampara(11)

Mucho más conocido aparece en sus Versos Sencillos como un recuerdo de su niñez:

Rojo, como en el desierto,
salió el sol al horizonte:
y alumbró a un esclavo muerto,
colgado a un seibo del monte.(12)

El primer encuentro con el campo de su país, el primer deslumbramiento ante la exhuberancia del verde. El despertar de su intolerancia ante el crimen, ante los horrores de la esclavitud. Con la candidez de sus nueve años enfrentó dos grandes realidades que marcaron su vida para siempre.

En la avidez cognoscitiva de José Martí no hay materia humana que no haya llamado su atención o soslayado. Con inteligencia preclara y las razones necesarias, encontró respuesta a una polémica que alcanza ya tres milenios. No dudó al definir la grafía de la palabra seiba y la empleó siempre con s. Lo que no es un error, sino síntoma del vértice del debate lingüístico de la época. 

En la inscripción que se conserva en el Templete, del lugar donde se dio la primera misa fundacional, fechada en 1754, reza con s, en el texto en latín se anota con c. Con estos elementos es que se centran opiniones encontradas en todo el siglo XIX, en que se escribe indistintamente con s o c. Autores como Jacobo de la Pezuela , por ejemplo, cambia el morfema alternativamente. El Dr. Manuel Pérez-Beato en su ensayo lexicográfico La Falacia del Idioma Indígena (1942) reseña momentos importantes de este debate, tratando de buscar una solución definitiva que justifique el empleo preferible con s, aunque niega el origen indígena del término. 

Un erudito en el estudio de las plantas: Juan Tomás Roig y Mesa emplea s y cita un estudio conocido: Diccionario provincial casi razonado de vozes y frases cubanas , en su cuarta edición de 1875, de Esteban Pichardo. Este, apoyándose en la procedencia indígena del término, explica que ellos no conocían el grafema c, ahondando al respecto en el prólogo de su obra. En la introducción de M. Sc. Nuria Gregori, Presidenta del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba, no coincide con estos argumentos y los refuta citando un estudio de Enrique José Varona, primer Director de la Academia Cubana de la Lengua , que apareció con motivo de la cuarta edición en 1875, del Diccionario citado. 

Si nos remitimos al Diccionario etimológico de la lengua castellana de Pedro Felipe Monlau, editado en Madrid en 1881, no aparece recogido el término “ceiba”, ni “seiba”.

Sin embargo en el Diccionario cubano etimológico, crítico, razonado y comprensivo , en 1888, de José Miguel Macías define:

la forma más correcta basada en la Etimología es ceiba como usan los diccionarios españoles (...). A este propósito dice Bach: “Con c escribió el P. Acosta la palabra seiba, la copió de él la Academia”(...) Valmont de Bomare en su Diccionario cree, que es voz indígena de Senegal, conocida antes de descubrirse Cuba... 

En fin la Academia de la Lengua Española , ya desde el siglo XIX adoptó el término como ceiba y desde entonces, pese a polémicas, discrepancias, etc. se acepta de esta forma oficialmente. Pudiéramos cuestionarnos ¿ en qué criterios se basó la Academia ?, pero ese sería tema para otro estudio. 

Si retomamos, en los Versos Sencillos, el verso “Colgado a un seibo del monte”, surge una interrogante ¿ por qué masculino?. Este cambio de género nos hace tomar en cuenta los poemas “La flor del seibo” y “El seibo” del argentino Rafael Obligado (1851-1920), composiciones que quizás conoció Martí, considerando la contemporaneidad de ambos. 

Al respecto nos aclara Esteban Rodríguez Herrera en su Léxico mayor de Cuba (1958):

La Academia Argentina de Letras, en razonable consulta que evacuó en su sesión del 8 de agosto de 1940, acerca de la ortografía de la palabra seibo, llegó a la conclusión de que “Las grafías seibo y ceiba son correctas. Pero es preferible la primera porque permite distinguir la Erytrina cristagalli de la Bombas pentandrum. En Cuba –concluye Rodríguez Herrera- no se conoce el ceibo o seibo (Erythrina...) que crece en la América del Sur (...)

Su descripción difiere bastante de nuestra ceiba indígena”.

Martí, aunque no conoció el acuerdo de la Academia Argentina , fue hombre estudioso, lector analítico incansable, que aunque no visitó Argentina, sí escribió para el periódico La Nación durante una década (1881-1891), mantuvo correspondencia con amigos de ese país y fue un gran conocedor de las características comunes y distintivas de los países americanos. Por eso consideramos poco probable que fuera una vacilación consciente o una alternancia ingenua. Por el contrario, es más razonable, que un maestro en el uso de nuestro léxico como Martí, se tomara una licencia poética, porque de haber escrito: “Colgado a una seiba del monte”, aumentaría en una sílaba el verso y ya no sería un octosílabo. 

También optó, en pleno siglo XX, por la escritura con s, un crítico, narrador y poeta de sensibilidad exquisita: Oscar Hurtado, quien tituló a su extenso poema La Seiba (1961). El autor, en un protagonismo de cubanía, define la idiosincracia de estas latitudes a través del árbol. Es un poema de amor, de arraigo, como a veces de desarraigo. En el prólogo, cargado de intertextualidad, insiste en su preferencia por la seiba y no por la palma, mientras que no alude a esta decisión gráfica. A través de nueve composiciones poéticas de métricas y estilos diferentes, que se concibieron en momentos distantes de 1946-1947 y 1959, afinca sus raíces en la entrañas mismas de una vida, con sus tradiciones y su pasión acumulada. 

Hurtado preside el monumento literario mayor que se ha escrito a este árbol símbolo, sin que de valor a esto:

La seiba no es mi creación, sino que me crea; yo soy mediante ella y no ella mediante mi escritura. Cuando yo cese y el tiempo amarille este papel, la Seiba estará ahí marcando con su estilo el paisaje.(13)

Pilares de cubanía en momentos imprescindibles de la literatura cubana se han referido con dignidad a este gigante natural. Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé) la eleva en su inmensidad, tras la perfección de su verso y sus imágenes. En su Poesía Completa, no puede faltar para describir el paisaje que tanto amó:

Anchas ceibas, cedros, robles (14)

o:

y ver cuajado el rocío
de la ceiba en los ramajes (15)

Da fe de su presencia en los orígenes de nuestra civilización:

Vivían con pocas leyes
bajo el ateje y la ceiba:
tales fueron los de cueiba
extinguidos siboneyes. (16)

o:

(...)

os hablaré del cedro y de la ceiba
y de los hijos de mi antigua cueiba (17)

Así lo evidencia en más de diez ocasiones, mayoritariamente en el interior del verso, por la dificultad con la rima.

La poesía femenina en Cuba incorpora su voz.

Carilda Oliver Labra descubre la polémica de su yo interior, cuestiona sus decisiones y recibe la respuesta cuando “La ceiba me dijo tú”. Muchas cosas le fueron entonces más cercanas, más familiares:

Escuché entonces distantes
rumores: mocha, sijú;
la ceiba me dijo tú
en hojas volando errantes.
Hizo el rocío diamantes;
un ritmo a bolero, a son,
un gusto a caña y anón
me dio hambre, me dio sed,
y tuve gracia y merced
y hasta un nuevo corazón. (18)


Precisamente este es el verso que da título a la composición de ocho décimas y define para siempre el curso de su vida. Es mucho más, es la trasmutación simbólica de la naturaleza en su persona. Porque a partir de este momento Carilda es tan cubana como la ceiba, la palma o su querido Yumurí. 

Por eso nadie se sorprendió cuando –muchos años después- al recibir el Premio Nacional de Literatura fue públicamente tan sincera: 

A la poesía me abracé y tuve fuerzas para volar sobre múltiples
abismos, a la poesía me abracé y pude resucitar y estoy viva
bajo las ceibas, a la poesía me abracé contra las trampas cotidianas
y pude volverme una raíz imposible de arrancar de esta tierra. (19)

Aunque un narrador como Alejo Carpentier no hubiera querido reeditar su primera novela, de impetuoso delirio juvenil: Ecué-Yamba-ó , cierto es que, pese a lo que pudo el mismo autor censurarle, es un canto vanguardista a nuestra transculturación con lo africano. Y en ese mundo de sincréticas valoraciones está la ceiba, a veces encubriendo bajo una metáfora posiciones políticas: 

Los árboles extranjeros caen, uno tras otro, mientras las ceibas y los júcaros resisten a pie firme. (20)

1933, primera publicación, año convulso en nuestro país, tiempos difíciles para intelectuales comprometidos. 

La corpulencia de la ceiba protege a la familia durante el huracán, identifica el paisaje o acepta los “ofrecimientos”, consideraciones comunes que refuerzan la simbiosis árbol-literatura, hombre-naturaleza. Alejo Carpentier insiste en la ceiba como un elemento de identidad que define sus personajes y sin alardes idiomáticos la encontramos también en sus Cuentos : “El camino de Santiago”, donde: 

Juan deja su caballo en el amarradero de un tronco de ceibo... (21)

para dejarnos en la interrogante ¿ por qué volver al cambio de género?

En “Los fugitivos”conduce a sus personajes protagónicos para aliviar sus impostergables necesidades humanas: 

Cimarrón se abrió la bragueta, dejando un reguero de espuma entre las raíces de una ceiba. (22) 

Los textos y autores citados, y otros que pudieran quedar ausentes, son paradigma de un canto infinito hacia un árbol que seguirá siendo venerado, seguirá creciendo y encontrará nuevos calificativos, en su ya larga lista de epítetos: árbol de la fraternidad americana, árbol justiciero, árbol madre, árbol de Dios, árbol sagrado, árbol del algodón, cabellos de ángel y gigante de los campos. 

Pero ninguno de estos autores ha logrado apresar con tanta fuerza y acierto una definición más precisa que José Lezama Lima en su ensayo La expresión americana

Si no el ombú, vaya la ceiba generatriz, con su permanencia vindicativa. Tranquiliza el vientre fecundo y resguarda la estancia en unidad de lugar (...) Árboles historiados, respetables hojas, que en el paisaje americano cobran valor de escritura donde se consigna una sentencia sobre nuestro destino. (23)

De un milenio a otro la ceiba ha sido testigo del afán humano por alabarla, por glorificarla, por eternizarla; cuando en realidad ella es gloria, eternidad y loa de varias generaciones. Sus raíces van más allá del espacio terroso o del tiempo lógico, penetran sutil y firmemente en cada corazón -¿ es qué están buscando un espacio en la literatura ante la depredación y la tala indiscriminada? Encuentran la savia seductora y nutricia de la inmortalidad donde late y fluye la vida de lo perdurable. 

CITAS 

1.   Carpentier, A. La consagración de la primavera . La Habana: Ed. Letras Cubanas, 1979. p.178-180
2.   La Santa Biblia; Antiguo y Nuevo Testamento. Versión de Casiodoro de Reina; Revisión de 1960. Méjico D.F. : Sociedades Bíblicas Unidas, 1991. Daniel 4: 10-12.
3.   Cofiño, M. La última mujer y el próximo combate . La Habana: Ed. Arte y Literatura, 1975.p.219 y 220.
4.   García Hernández, G. Memorias de la Ceiba . Santiago de Cuba: Ed.Oriente, 1984.p.7.
5.   Diego, Eliseo. Nombrar las cosas . La Habana: Ed. Unión, 1973 p.11
6.   López , César. Quiebra de la perfección . La Habana: Ed. Unión, 1983. p.17
7.   Mistral, Gabriela. Rondas y Cuentos . La Habana: Ed. Arte y Lit., 1979. p. 15-16.
8.   Silva Pompilio, Serafín. Donde nací. Colón: XI Semana de la Cultura, 1989. p.3
9.   Rodríguez Menocal, José. La Ceiba . En Textos . Revista Lit. de Colón. No.2, ene-jun.1984 p.11-12.
10.   Martí, José. Poesía completa . La Habana: Ed. Letras Cubanas, 1985. p.68.
11.   ídem. p.121
12.   ídem. p 267
13.   Hurtado, Oscar. Los Papeles de Valencia el Mudo . La Habana: Ed. Letras Cubanas, 1983 p. 127
14.   Nápoles Fajardo, Juan C. Poesía completa . La Habana: Ed. Arte y Literatura, 1977. p.38
15.   ídem p 59
16.   ídem p. 147
17.   ídem p.202
18.   Oliver Labra, Carilda. Ver la palma abriendo el día . La Habana: Ed. Unión, 1991. p.12-14.
19.   Recio, Marta. A la poesía me abracé . Granma . La Habana. 24 febrero 1998. p.6
20.   Carpentier, A. Ecué-yamba-ó . La Habana: Ed. Letras Cubanas, 1975. p. 40
21.   ————— . Cuentos . La Habana: Ed. Arte y Lit., 1977. p. 29. 22.   ídem. p.102.
23.   Lezama Lima, José. La expresión americana . La Habana: Ed. Letras Cubanas, 1993. p.118.

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MARÍA DEL ROSARIO FLORIDO

Licenciada en Filología. Ha publicado, entre otros textos, Síntesis histórica de Colón