Casa de la Memoria EscenicaDesde que en 1994, a la par que fundaba  Teatro de Las Estaciones, se creó el entonces llamado Centro de Documentación e Información de las Artes Escénicas (CDIAE), dirigido por Lucía Pérez, comencé a colaborar con fruición. Aún me mantengo en esa acción de contribuir, ahora como miembro de la tropa que lidera Ulises Rodríguez Febles. Creo en el valor activo y protector de los archivos, de los registros que marcan los colores del tiempo, las palpitaciones efímeras de los seres humanos, colecciones de lo que se fue, pero que por obra y gracia de instituciones como estas, cobran cierta ilusión de eternidad y verdadera función de utilidad.

XX años parecen cosa menor si comparamos los índices de las bibliotecas mundiales con la humildad del antiguo CDIAE; sin embargo, ni siquiera este corto período de existencia los ha hecho atravesar un mar de rosas. Los que iniciaron el viaje primigenio bien lo saben; de vitrinas anémicas pasamos a libreros engrosados día a día. De actividades discretas y con poco auditorio a eventos con una larga lista de nombres importantes y un crecimiento natural de interesados.

El centro se convirtió en esa gota de agua que horada la roca con persistencia, empeño y consagración. No ha habido descanso, si acaso intervalos regulares que hicieron tambalear los ánimos para luego redimensionarlos en una fe ancestral, transgresora de los límites provincianos.

Nunca en estas dos décadas viví circunstancia más estremecedora que la del obligado cambio de nombre del centro, mudanza debida a fuerzas oscuras, ajenas al espíritu luminoso de un lugar creado con el apoyo de mentes preclaras  -léase aquí de funcionarios e intelectuales de renombre-. De pronto las conocidas siglas de CDIAE dejaron de tener sentido y se transformaron en Casa de la Memoria Escénica. Los hombres somos animales de costumbre, confieso que el nuevo nombramiento, del cual me enteré en inolvidable diálogo con Ulises, me dejó de piedra y apenas pude esbozar una sonrisa de conformidad. Rodríguez Febles me recalcó el valor de la palabra casa, la profundidad del vocablo memoria y comenzó a entretejer ante mis ojos atónitos con la noticia, los nuevos caminos para el proyecto-vida en que ha transformado la actual instalación.

Nada sucede por gusto y para nada. Los oficiantes de la Casa de la Memoria Escénica –ahora lo digo con regusto mayúsculo-, saben de sueños, realidades y futuro. Hasta su propio capitán ha sentido aires de naufragio en la marea contemporánea que vivimos irremediablemente. Quiero creer que Israel Moliner Rendón, Abelardo Estorino, Albio Paz, Ángel Luis Serviá, Xiomara Fernández, Freddy Artiles, y tantos otros que contribuyeron con su ciclo vital a edificar y consolidar este querido espacio, baten buen viento sobre las cabezas de los habitantes profesionales de la Casa…, no existirá nunca protección mayor, ni mejor inspiración. Ante esto, inclino mi cabeza, aprieto fuerte el timón como uno más de la nave, y aplaudo cómplice de todo y de todos.


Por: Rubén Darío Salazar