Charo Guerra. Poesía 2Ojos de Tigre

En su bosque salvaje está brillando el cuenco verde-oscuro
una luz que se expande limitada por puertas y ventanas circulares
que comunican con el mar.

Están acumulándose las lágrimas del tigre
mojando nuestros pies con su flujo constante.
Absorta en la caída,
ya veo cómo avanzan.

Es el tigre, sus ojos, su mirada.
Y voy sintiendo que sus lágrimas
podrían rebosar el universo.

Cierro las puertas de nuestro laberinto.
Condeno las ventanas
y todo orificio que sirva de atalaya.

Sin embargo,
yo bien me perdería en los ojos del tigre,
naufragaría en sus desbordamientos
en esa luz que ha sido su belleza.


Cenital de las Ciudades

                                                                         para María

Nadie quiere ver el espectáculo de la bestia estresada
por la proximidad de la navaja
y el comercio de nervios.

Antes que hieda,
vendrán los empleados
a sepultar despojos en las escarpaduras,
desangramientos múltiples, detritos que contaminan la ciudad.

Los edificios no dejan avistar la periferia
donde el viajero intuye
la intimidad profunda en tonos escarlata.

De humo platinado se alzan las columnas
en las tesorerías y en los palacios de gobierno.
Hay paredes de agua,
pedazos de murales con versiones de historias oficiales
donde domina el áureo.

(Está en el oro la protección del oro.)

Una concentración de lluvia ácida
almacena toxinas en los escurrideros de los bordes.
Ni un grano de impureza caerá sobre el viajero.
Su iris se complace en la epidermis,
en la Biblia cromada que registra el ocio
y muestra sobre la página:
placas de bronce,
fechas, nombres, estilos.


Mercado

En el aroma de la fruta está la clave
ruina de plusvalía con que va mitigando sus razones
el hombre del mercado.

Viejos antagonistas,
adversarios hostiles,
fieles en el delirio de los finales de jornada:
Quienes compran/quienes venden.
Monedas contra el hambre,
contra la vanidad.
Monedas.

Ellos no saben que, de vez en cuando,
la única transacción es el olor.



Mirando un cuadro de Pedro de Oraá

Nube de polvo
habitada por el hombre, levitando.
Estruendos que también habrían de apagarse
en los chorros de sangre que la brisa repartió
lanzadas por la ingeniería
de un sistema energizado,
cada nervio en la boca del vacío.

Lloraban las paredes con los hombres.
caían las cales sucesivas
en diminutas formas y colores.

Era observar la destrucción
un set en retirada,
dejando en ese espacio la posibilidad de otros.
El nosequé posible.

Mucha gente miraba
Miradas renaciendo.
Carreras en medio de la bruma.
Miradas deseando que borren el horror
que se instalaba sobre la tela frágil.
 


Duda

¿Cómo juzgar si el escribano sabe
que su palabra dice más,
si es él quien ejercita,
cada día, la profesión de transcribir?

¿Cómo saber si discrimina,
en favor de nosotros (por nosotros)
mientras esgrime el argumento de la duda?

Si la materia suya es el silencio,
¿de qué modo confiar en la pureza de tales traducciones?
¿Cómo saber si hay culpa en sus verdades tangenciales?
¿Qué calla-que nos dice?
¿Qué dice cuando calla?
¿Qué sabe exactamente de nosotros?
¿Y de él mismo?
Si es sólo un mediador
entre la libertad y la prudencia.
 


Juegos

En la infinita sucesión
estaban escritos nuestros nombres,
junto a los nombres de la historia.
Hablo de todos,
humilde-grande en relación circunstancial.
Ramas genealógicas torcidas,
donde las verdades se mueven
en rangos descritos por los antiguos símbolos.

Imagino los ojos de K.
en el instante en que se despedía con horror,
mirando su caída:
la de un tiempo que sería para él
mil novecientos ochenta y cuatro.

Sus ojos en el pavimento,
visualizando el tránsito a la sustancia etérea,
líquidos, abiertos al vacío.

Pienso en lo que llamaron su elección,
entiendo el gesto,
la armonía del rostro cifrado en un linaje.

Mil novecientos ochenta y cuatro
como miles de años antes,
o el día de hoy y el de mañana.
Hemos estado aquí desde la creación del mundo.
Esa certeza llega ante las almas como K.
almas que marcan la fatalidad más que la suerte.

Es que acaba el espacio que ocupamos,
y la corteza temporal que nos visibiliza
desintegra, disuelve los contornos,
o apuramos el acto de la transfiguración,
y el resto de nosotros sigue vivo.
Vivo un poco más.

Supongo que alguien dobla las hojas
de un gran libro.
Ese alguien cada noche repasa las historias,
y ve cómo se cumplen los rigores de un oráculo
que consiste en darle cuerpo
a una materia breve a la que llaman hombre.

Sí. La existencia es eterna,
del mismo modo la soledad de quien lee ese Libro,
el libro donde estamos todos, sin jerarquías,
ni los rigores vanos de quiénes pueden
o no pueden,
acompañarnos a la mesa.

Sucede que se esconden las ramas,
a modo de árboles genealógicos
–las esconde alguien–
y los dibujos aparecen/desaparecen,
descritos por enigmas,
un lenguaje sencillo para cubrir el pasatiempo.


Funciones del Arte

A trasluz la noticia en el papel dorado:
Orlas rígidas
avales como cuños de agua
tipografía rellena por la cifra.
Escudos,
rúbricas,
números, números, números...

En mis manos enarbolo la obra de un artista
Estrujo en mi cartera este salvoconducto de los dioses
héroes santificados en el poder del número.

A cambio habré de recibir:
cuatro libras de hígado,
dos kilogramos de pescado,
una bolsa de pan,
algo de queso.


Charo Guerra:

Nació en Limonar, Matanzas, Cuba, en 1962. Poetisa y editora. Entre sus obras se destacan Un sitio bajo el cielo (Ediciones Matanzas, 1991); Los inocentes (Ediciones Vigía, 1993) y Vámonos a Icaria (Letras Cubanas, 1998). Poemas y cuentos suyos han sido publicados en antologías de esos géneros en Cuba y el extranjero. Obtuvo en el año 2001 el Premio Dador del Instituto Cubano del Libro con El bazar de las cosas perdidas, y en el 2005 la beca literaria de la Cuban Artists Fund. Editora durante seis años de la revista La Gaceta de Cuba. Colabora con diferentes publicaciones periódicas.