Cintio VitierSi correspondió a José Lezama Lima el dotar a la cultura cubana de un fabuloso “Sistema Poético” que permitiera la reinterpretación de su historia y literatura a partir de las raíces sumergidas del mito, tocó a Cintio ser el más sistemático y completo exegeta de su historia, vista desde la poesía y la eticidad.

Su obra tuvo una lenta y poderosa gestación, a partir de una gran diversidad de fuentes: la teología de San Agustín, el neotomismo, la poesía católica francesa, el humanismo de María Zambrano, el verbo de Martí y la gran tradición de la reflexión ética cubana, recibida directamente a través de uno de sus cultivadores, su padre, el filósofo y pedagogo Medardo Vitier. Todo ello no se convirtió, como podría temerse, en un gran desorden barroco, sino que se presenta al lector de hoy como un corpus vivo, polémico y resistente.A los diecinueve años, en mayo de 1941, fresca aún la lectura de Historia de una pasión argentina, escribe su “Nota en torno a Eduardo Mallea”. Allí ofrece su primera definición de la creación poética como gnoseología y a la vez como purificación espiritual:

Debe encararse el mundo como distancia resistente del hombre a su conocimiento. La criatura humana quiere conocer el mundo por ganar sabiduría de sí misma, porque las experiencias espirituales iluminan no sólo su objeto –la circunstancia entendida– sino el sujeto de las experiencias –el hombre realizado, desplegado y reunido en sus potencias–. Todo conocimiento tiende al orden y todo orden es “unidad jerárquica”. Todo conocimiento es, por eso, religioso, tiende a religar lo caótico, lo desprendido, lo triste, con la alegría de su fuente.

A partir de allí concluye que el hombre puede incorporar el mundo a su lucidez por tres vías: el arte, la ética y la metafísica. Mas, lo fundamental es su ansiedad por estructurar la propia circunstancia dentro de un orden trascendente, de ahí el grito: “Sí, estamos desamparados, mas nos es dable retomar hasta cierto punto el hilo salvador”.

En su ensayo “Mnemósyne” (1953) se produce el hallazgo de una de las claves fundamentales de su sistema: la integración de poesía y memoria. Así dice en párrafo memorable:

La poesía quiere extática penetrar. Siempre lo que no es absolutamente poesía, continúa o se propaga; pero la poesía que escribimos no puede serlo absolutamente, y tiene que resolver ese discurso, ese enlace de su tamaño diferente con el espacio indiferente, a la manera de la generación. La memoria entonces actúa como principio germinativo, es decir, mediador; la memoria es lo nupcial del hombre cuando éste descubre que posee un centro dinámico capaz de penetrar otros centros, otros éxtasis, pero también descubre que lo rodea y constituye como exigencia una extensión indiferente, una sucesión universal por cuya boca será devorado si no encuentra la forma de proporcionar su crecimiento, de relacionarlo con una activa reducción amorosa.
He ahí el presupuesto del primero de sus grandes ciclos poéticos: Vísperas (1953) que recoge desde los textos juveniles de Luz ya sueño (1938) hasta las deslumbrantes Palabras del hijo pródigo (1952-1953). Es preciso dar la razón a Enrique Saínz cuando afirma en su texto introductorio a la reedición preparada por Letras Cubanas en 2007:
 
Estamos ante una poesía fidelísima. Cuando la realidad se torna alusiva para quien la mira –nos dice Vitier–, ha adquirido categoría poética. El creador ve entonces esa dualidad en lo real –continúa diciendo–, según la cual las cosas son a un tiempo concretas y alusivas, inmediatas y simbólicas, ellas mismas y su entidad absoluta. En esa misma línea de pensamiento, la palabra intenta penetrar en la realidad y conocerla, entrar en su esencia última desde esa su existencia carnal, desde su materialidad.
 
Se trata de una poesía densa de significaciones, en la que no se rechazan las efusiones líricas, pero donde se otorga un singular valor al discurrir, al filosofar sobre la realidad y su “extrañeza” y su propio título habla de un límite o frontera entre lo conocido y lo esperado, entre la penumbra y lo luminoso y en última instancia, entre la frágil condición del hombre espiritual y su espera de la plena fusión con lo trascendente.
 
Es cierto que en esas páginas hay muchísimas huellas: las del Juan Ramón Jiménez tardío, especialmente aquel que se abre al contacto con lo divino, con el Dios deseante y deseado, pero también las de César Vallejo y las de los escritores católicos franceses, no sólo el poeta Paul Claudel, sino Jacques Rivière biógrafo de Rimbaud y el novelista León Bloy, sin olvidar, especialmente a partir de Capricho y homenaje, las reflexiones teológicas de un Jacques Maritain y los fragmentos casi místicos de Simona Weil.
 
Pero, más allá de de ese aprendizaje en la escritura y el sentir de los otros, hay una candente originalidad, una voz singular por las implicaciones de su canto y sobre todo, por haber explorado una zona inhabitual de la poesía cubana, esa que linda continuamente con la filosofía, la teología y hasta con esa ruta mística que habían transitado antes los grandes castellanos Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz.
 
Uno de los rasgos que no ha sido estudiado en este conjunto, es la confluencia de varios de sus textos con otras artes. Esto es perfectamente explicable si recordamos que el poeta había estudiado violín y estaba inmerso en un mundo musical, no sólo por el contacto con su suegra la pianista Josefina Badía, sino también por su amistad con algunos compositores notables como Julián Orbón y Gisela Hernández. A esto habría que añadir una peculiar manifestación para descubrir lo esencial en otros discursos artísticos como la danza y las artes plásticas.
 
Ya en uno de los poemas de Luz ya sueño, titulado “Óleo muy triste”, el escritor se vale del pretexto de la imagen plástica, para hablar de la precariedad de una adolescencia, asediada por el tiempo y por la difusa hostilidad de un mundo exterior y que un supuesto pincel podría apresar con su oficio precario, para salvarla del encartonamiento o de la disolución total. La imagen final nunca acaba de cuajar en el texto, es un imposible, porque el pintor es el mismo autor, que se contempla en una especie de espejo interior, sin demasiada autocompasión y se mira como un inarticulado conjunto que no acaba de lograr una unidad, sino aparece como una suma de objetos en un paisaje surrealista:

        Las manos entre la atmósfera
        como palomas de mármol;
        una mirada extraviada,
        negra y roja, muerta en ti.
        Por fondo, tintas, efluvios
        vegetales; lirios, muslos.

Mientras que en “Canción” parece encontrar el lenguaje de las antiguas coplas españolas a las que Manuel de Falla volvió a dar vida Se trata nada menos que del cantar del silencio, de la reverberación de lo aparentemente mudo pero que trae un sentido nuevo:”¡Oh dulcísimo callar / del ángel de mi sigilo!”.

Haría falta un estudio –mucho más prolongado que estas páginas– para detenerse en cada una de las alusiones o apropiaciones de otros discursos artísticos que recorren Vísperas. Unos apreciarían más la sombría majestad del soneto “La música” de linaje baudeleriano, otros se sentirían más cercanos a “La danza”, uno de los poemas de Extrañeza de estar, que funciona como una especie de coreografía personal, donde la elocuencia de la gesticulación tiene que ver con su integración a la vez en el pensamiento y en la naturaleza. Se trata del gesto que quiere sustituir aquello que no puede decirse en palabras, que busca romper un límite:
   

        Pero tú a quien un cariño de hoja leve arrastra
        la frente aherrojada por la arena,
        que tienes tu brazo izquierdo y la imaginación,
        tú ves a esa muchacha y su caballo perla entre dos fuegos
        penetrando hasta que alguien solloza o dicta el sueño
        y nos cubre la danza como un árbol súbito.

Es el cuaderno Sustancia el más denso y rico en esos hallazgos. Cintio inicia la angustiosa mitad justa del siglo XX con un viaje a Europa, donde ahonda en el conocimiento de sí mismo a partir del diálogo con una herencia cultural que ofrece una multiplicidad de expresiones artísticas que son otras tantas posibles respuestas a sus ansiosas interrogantes. Recorre las callejas de Toledo, anda por París y se detiene ante la Gran Ópera, hace apuntes en el Museo del Louvre, por su mirada descubrimos el mosaico persa que trae la imagen del ave fénix y a la que él procura aplicar su particular hermenéutica:

        ¿Qué significas tú? ¿Qué sueño
        rajado y tosco nos devuelve,
        al regresar desiertos por la Tour Vendóme,
        la palma de lo fugaz, la infancia eterna?

antes de aproximarse a La suplicante del frontón funerario con ese vacío de significación que el poeta debe llenar:

        Mutilada contempla la oquedad.
        La multitud aclama el árbol hueco
        reventando y hundiéndose en la súplica.

Estas visiones nos preparan para un ballet. El escritor está en una ciudad donde el bailarín y coreógrafo ruso Serge Lifar es la encarnación mayor de la danza. Otro poeta cubano, Emilio Ballagas, le había dedicado todo un ensayo, en busca de hallar todas las implicaciones de los presupuestos estéticos del creador de Icaro, Fedra y Juan de Zarizza, Cintio, de manera más suscinta, lo muestra en “La Ópera”: “Y un salto pequeño de Lifar, los ojos de carbón, pálido como la luna rebotando sobre los viejos tablones de la Ópera, mide al fondo de la noche gigantesca la nostalgia con sus torres y jardines amaneciendo eterna.”

Mas el poeta compone a continuación su propio “Ballet”. No hay que imitar la danza académica que se contempla en escena, sino descubrir las resonancias que en torno ésta despierta, el resultado es una especie de homenaje a Degas. Ya no se trata del ballet aéreo, sino de su negativo, de la entrada en el mundo de las sombras:
    
        La aspereza de la tela
        y el carbón en los ojos de las pálidas
        componen un jardín huraño.
        El ballet gira inmensamente y yo perdido
        busco la vida entre las rocas
        que dulcemente se transforman en el sueño de Lifar
        levantando su cuerpo con la orquesta.
 
Libro hondo, inagotable, fascinante, Vísperas se nos propone como uno de los volúmenes poéticos imprescindibles en el siglo XX cubano.


Por: Roberto Méndez Martínez