Cobo“Cobo es uno de esos rincones de Matanzas que sólo se descubren en sus cuadros o cuando se está enamorado. Es como un helecho más que tiene la ciudad agradecida”, ha dicho el pintor Manuel Hernández acerca del pintor más anciano en activo de la Atenas de Cuba. Francisco Cobo Pérez, a los 91 años de edad, es un hombre menudo que anda con los ojos perdidos, quién sabe si en el detalle de una fachado o absorto en los detalles del próximo cuadro que le ocupará. Desde el centro histórico hasta la orilla del río San Juan, y de allí a su casa de luceta blanquiazul en el barrio de La Marina , el Pintor de Matanzas es parte viva de su entorno.

“Desde niño sentí deseos de pintar, pues parece que esa era mi verdadera vocación –recuerda–. No he sentido cansancio nunca por haber repetido tantas veces las imágenes de esta ciudad. He pintado sus calles, sus ríos, sus puentes, su bahía y muchas cosas que hacen a Matanzas una privilegiada por la historia y por la naturaleza.”

Hace muchos años, Cobo fue alumno en la Academia Tarascó en su ciudad amada, y luego en San Alejandro, donde tuvo como maestros a grandes de la plástica cubana como Armando Menocal o Esteban Valderrama, y condiscípulos no menos relevantes como Servando Cabrera o Roberto Diago Querol. Tras una primera etapa, donde primaron los cánones del post-impresionismo, transitó hacia otra llena de colorido, de sencillas perspectivas y formas. Admirador de Van Gogh, confiesa que “a él lo acusan de abusar del amarillo; a mí, del azul”.

Cobo“Considero que sólo Cobo puede pintar una marina y que todos al verla identifiquen la playa de Varadero”, asegura una poetisa matancera, hecho que los críticos atribuyen a su pincelada suelta y sus empastes. “No me preocupa reflejar, sino crear el paisaje –dice el incansable pintor–. Hago primero bocetos a lápiz, con cruces donde quiero un color más fuerte, iluminar o un efecto de transparencia. Y así haré nacer y renacer siempre a mi ciudad”.

“Contemplar una exposición de Francisco Cobo es conocer la ciudad de Matanzas sin caminarla, averiguarle la raíz oculta, el misterio de sus noches secretas, la savia ancestral de su embrujamiento”, confiesa la mítica poetisa Carilda Oliver Labra al referirse a este hombre que eterniza los mismos lugares que ella canta, quien “regala reiteradamente estos verdes, estos azules conversadores de nuestra hermosura, ofrece un valle portátil, una loma yumurina que se nos queda en la sala, un San Juan que corre hasta nosotros cuando al romper la mañana abrimos los ojos en el hogar”.

Y es que en casi todas las antiguas casas matanceras, como la suya, sus pinturas nos regalan la ciudad vestida de luces, como las descubrió, en los días de su niñez, ese historiador por excelencia de la Atenas de Cuba que fue Raúl Ruiz: “las márgenes del San Juan, con sus almacenes semiderruidos, sus casuchas y embarcaciones de pescadores y esos increíbles reflejos del agua; la Catedral , mezcla de humildad y señoría; los flamboyanes, restallantes de color; la sosegada Plaza de la Vigía , los románticos puentes, paredones en ruinas y callejuelas marginales. Después lo supe: el autor era Cobo. Y desde entonces a acá algo ha llovido, pero siempre nos hemos guarecido bajo su signo”.

Amarilys RibotPor Amarilys Ribot
Narradora y periodista