MilanesA veces caminamos por la calle Milanés. Pasamos frente a la estatua que lo recuerda en la catedral. Entramos a la casa donde murió – actual archivo histórico – donde aún está la habitación donde vivió alucinado sus últimos momentos, donde quedan las pantuflas que la hermana le dejó de tejer, y no nos detenemos a pensar en el más ilustre poeta y dramaturgo matancero del siglo XIX. El autor de El Conde Alarcos, estrenado en el Teatro Tacón el 9 de agosto de 1838 y del que este año, se cumple 170 años. Obra iniciadora del romanticismo en el teatro cubano, recibida con entusiasmo por el público, que ya tenía su autor criollo.

Un público que recitaba sus versos a escondidas. Una puesta polémica, que dividió a los espectadores y a la prensa en bandos, y al tímido autor nacido en Matanzas en 1814, en “escritor a la moda”, a pesar de no haber asistido a la función, donde los del círculo delmontino lo esperaban para aplaudirlo a rabiar. Obra que ayudó a la irrupción del romanticismo en la Isla, y al florecimiento de la dramaturgia y al afianzamiento de la conciencia nacional. Autor de otras obras como el juguete cómico Ojo a la finca y los doce cuadros de El Mirón Cubano.

En la primera, el tratamiento de lo rural, una comedia que ocurre en Boca de Camarioca en un conflicto entre campesinos y su posible regreso a la tierra que impide un mayoral, un lenguaje sencillo donde aparecen vocablos típicos del lenguaje guajiro. Una mirada a la sociedad urbana de su momento, con gracia y e ironía, la segunda. Un poeta que en sus obras mostró dos líneas fundamentales que van desde el tratamiento de nuestras problemáticas nacionales en un contexto ajeno y con personajes también ajenos a ella, pero definitivamente, alcanzando una eficaz metáfora de la realidad cubana, en el Conde Alarcos, y otra, donde estaba el hombre común hablando, con su particular manera de hacerlo, enfrentado a problemáticas de su realidad, como en Ojo a la finca, o El Mirón.

 

Un José Jacinto Milanés, que ha provocado a autores teatrales como Abelardo Estorino, Virgilio Piñera, Tomás González. Es decir, un Milanés, con un magnetismo especial, como poeta, autor y ser humano, que ellos convirtieron en personaje dramático de sus obras, o en el caso de Virgilio de su proyecto de obra. Es cierto, que a veces el caminar por una calle, traspasar una puerta, sentarte en un banco, no hace que pensemos en un instante en el hombre que desde otra época aún nos acompaña, que escribiendo desde la ciudad de Matanzas, triunfó en la capital. El hombre que tanto influjo ha provocado en poetas y artistas de está ciudad, como si su fantasma alucinado, no quisiera dejar de acompañándonos, de codo en el puente, o caminando las adoquinadas calles de la Plaza de El Vigía. Si ese influjo nos hizo bien, o mal, como muchos afirman, es algo con lo que se puede polemizar. Lo cierto es que es bueno recordarlo, caminar con su legado desembarazándonos de su influencia, para que cada sitio que le perteneció, vibre con todos y podamos recitar en voz baja, por la calle Milanés, en la catedral, o en uno de nuestros ríos, casi rezando y sabiéndolo nuestro: “San Juan murmurante, que corres ligero / llevando tus ondas en grato vaivén, / tus ondas de plata que bate y sacude / moviendo sus remos con gran rapidez, (…) San Juan, ¡cuantas veces parado en tu puente / al rayo de luna que empieza a nacer, / y al soplo amoroso de brisas fugaces / frescura he pedido, que halague mi sien!/ Y después recordar al El Conde Alarcos, imaginar los aplausos habaneros y a Milanés, en su ciudad, la nuestra, lejos de la ovación del público, de los criterios de la prensa, pero con sus personajes viviendo sobre la escena, en su cabeza, vibrando.

Nota: Texto escrito para Indice Escénico de Radio 26. Lunes, 11 de agosto del 2008.


Por: Ulises Rodríguez Febles