Fara MadrigalEl pasado 28 de mayo, en un espacio de la Casa Social de la UNEAC provincial de Matanzas, que no debiera estar nunca vacío, ni siquiera desde la sugerencia metafórica de su convocatoria, le fue entregado el prestigioso Premio Omar Valdés de Teatro a la actriz y titiritera Fara Madrigal.

Este galardón, en mi criterio muy personal, no justipreciado lo suficiente por los mismos que lo crearon y solo envían el certificado para que cada filial a lo largo de toda la isla lo adjudique al artista ganador de la condición, debiera tener una mayor connotación a nivel artístico  e institucional, pues resume en su concepto la trayectoria del artista laureado.

Una hermosa pieza tallada en madera del diseñador y pintor Adán Rodríguez Falcón coronó la concesión del premio. Farita dijo algunas palabras desde su humildad de muchacha espirituana, condición que nunca ha perdido, ni por edad o lejanía de su natal Villa del Yayabo. Luego no debió decirse nada más, pues la maravilla hecha mujer y flor había agradecido desde su verbo cándido el ser y estar.   

Carmen Fara Rodríguez Madrigal, nacida para brillar en las tablas y los retablos, ha dejado y seguirá dejando, si su empeño y pasión dramática no desmaya, una estela que nada tiene que envidiar a las más populares figuras de la cultura de nuestro país. Primero desde la renovada tropa que en los años 80, llegó del Instituto Superior de Arte al Conjunto Dramático de Matanzas para convertirlo en Teatro el Mirón Cubano (hermoso gesto hacia la huella indeleble del poeta y dramaturgo José Jacinto Milanés, más vivo que nunca en su bicentenario, a pesar de algunas desmemorias e insensibilidades). Luego con su paso por la radio y la televisión yumurinas, como locutora o actriz de varios programas de ambos medios, dejando para todos la nobleza de su talento. Gracia, cálida y mutable voz, imaginación desbordada, una risa característica, mezcla de lluvia sanadora y tañido de menudas campanas, más tantas cosas que la han convertido en personalidad entrañable de grandes y pequeños.

No puedo abstraerme de mi condición de director de Teatro de Las Estaciones. Desde la posibilidad que he tenido al dirigirla en más de 15 espectáculos, la he visto transformarse de guajira de monte adentro en princesa enamorada, de personaje citadino en hada de la oscura noche, y así encantar a todos en cada nueva entrega. Su Pelusín del Monte, herencia de otras actrices que lo asumieron en diferentes períodos, le hizo ganar su primera corona Avellaneda en el Festival Nacional de Teatro de Camagüey en el año 2000, y no fue la única, volvió por el cetro en 2008 y en 2010 con trabajos tan diferentes como la Madre de Los zapaticos de rosa o la Vieja gitana de Federico de noche. Varios premios en el Festival Nacional de Teatro de Pequeño Formato de Santa Clara, tanto por su trabajo con títeres para adultos (El guiñol de los Matamoros, La virgencita de bronce) como para niños (El sueño de Pelusín, La caperucita roja o En un retablo viejo) así lo corroboran,  además de varios premios Caricato de la UNEAC y reconocimientos en el desaparecido Festival de monólogos y espectáculos unipersonales del Café Brecht en La Habana. Y no solo por esos trofeos Farita ha sido un punto de luz muy especial en los bronces del teatro cubano, sino también por su afán pedagógico con las nuevas generaciones, por su perenne búsqueda de nuevos caminos, su abnegación por un oficio donde no le han regalado absolutamente nada que ella no haya conquistado a golpe de consagración e infinito amor.

Por todo eso, a pesar de la discretísima entrega del premio, donde no faltaron  su compañero de vida, sus amigos cercanos, y algunos colegas miembros de la UNEAC, aplaudo desde esta breve nota una vida marcada por la magia de la musa Thalía, salpicada de mariposas blancas, piedras de río, guayabas y guitarras trovadorescas que en ese día llegaron desde Sancti Spíritus para tocar acordes creados solo para ella.


Por: Rubén Darío Salazar