Todos los meses atravieso puntualmente un estado anímico que he denominado como “el periodo-Manzanillo”. Son tres o cuatro días durante los cuales me muestro apático, taciturno, ensimismado. Me preguntan qué me pasa y no sé exactamente la respuesta. Todo parece indicar que se trata de una especie de crisis nostálgica, pues durante esos extraños días no dejo de pensar con intensidad en Manzanillo, la ciudad donde nací en 1975, y de la cual me marché hace cerca de veinte años.

Palmas Altas (o San Antonio) que estás en los cielos

No soy del mismo centro de Manzanillo sino de San Antonio, barrio que se encuentra a unos cinco kilómetros de esa ciudad y forma parte de una zona rural que se llama Palmas Altas y contiene a su vez a otros barrios: Las Guasasas, Cuentas Claras, El Callejón de Mario León, Moscú, La curva de Turriaga, El último recurso, entre otros que se le han añadido con el tiempo. No sé cómo me fui acostumbrando a decir que vivía no en San Antonio, sino en Palmas Altas. Acaso fue una renuncia inconsciente a lo preciso de la primera denominación, por lo precioso, lo auténtico de la segunda.

Ante la necesidad de hacer una caracterización física de San Antonio, menciono en primer lugar el callejón que lo atraviesa y lo configura, pues el barrio no es más que casas que se han ido levantando a sus lados. Casas de gente humilde. De campesinos, obreros o técnicos que trabajaban sobre todo en dos fábricas cercanas: la de acumuladores (baterías para automóviles), única de su tipo en el país, y una de tubos para regadíos. A muchos de quienes estaban empleados en la de acumuladores de vez en cuando se les diagnosticaba exceso de plomo en el cuerpo y yo pensaba que la persona entonces se recubría de este metal. Eso me inquietaba tanto que una vez soñé que ya era adulto y traía puesto el overol de la fábrica, me veía caminando con dificultad, rígido como un robot, todo mi cuerpo de plomo.

El callejón,  que en su totalidad no llegaba a los dos kilómetros de largo, se abría a un costado de la carretera central. Inicialmente fue solo relleno de tierra caliza, luego lo asfaltaron, a principios de los años ochenta, lo que facilitó cierta novedad: la guagua de San Antonio. Durante esa época, en Manzanillo pusieron varias rutas de ómnibus Girón desde el centro de la ciudad hasta barrios rurales, entre ellos el nuestro. Al principio, los muchachos, y algunos adultos también, teníamos como entretenimiento esperar la guagua en la entrada del callejón y dar la vuelta al barrio en ella, gritando, saludando desde las ventanillas al resto de los vecinos que desde sus casas hacían lo mismo en un cándido espectáculo. A veces algún pasajero pedía al chofer que se detuviera para dar un mensaje a alguien que acababa de ver por la ventanilla. A la vuelta, ya de salida, nos bajábamos en escandaloso tropel. Pasado el tiempo, faltaría el combustible, desaparecería la guagua y el propio callejón comenzó a deteriorarse, al punto que hoy casi ha vuelto a ser el terraplén de un inicio.

A sus lados, el callejón ha sufrido cambios propios de una comunidad que necesariamente se transforma, evoluciona, crece. Ya no está el cañaveral del viejo Prisciliano donde los muchachos se introducían, a escondidas, a jugar  a “los bandidos y los policías” o a “los alzados” (como parte de este último entretenimiento comíamos tal cantidad de cañas que parecíamos “auténticos” alzados). Ya no están el potrero donde pastaban los ovejos de mi padrino Rondo o la porción de tierra cubierta de breñas que había poco antes de llegar a la escuela. En esos terrenos se han levantado nuevas casas que ya se integraron al barrio, en el que algunas de las construcciones de antes se transformaron y otras desaparecieron.

Ya no está tampoco gente para quienes ese callejón fue su vida. No están el propio Prisciliano, que murió hace poco, con cien años de edad, ni mi padrino Rondo. No están Elisa, Gloria, Nivia, Telli (el que dramáticamente se atoró con un trozo de carne en la garganta mientras comía), Esperanza la Flaca (la diferenciación era imprescindible pues en el barrio había también una Esperanza la Gorda, que todavía vive), Ángela Meriño (que gustaba masticar tabaco), Eloína, Mercedes, Nelio (que se fue para Miami y murió imprevistamente, de un infarto, mientras visitaba el barrio), María Rosa, Antonio Escalona, José Escalona, Luis Vázquez, Miguel el Guagüero, Pedro (pisoteado por un caballo)…

No está la vieja Inés, que vendía durofríos de leche condensada reconocidos como los mejores del barrio, si bien nunca los probé porque como ella vivía muy cerca de mi casa, yo podía oír perfectamente las largas ráfagas de ventosidades que en cualquier momento del día o la noche lanzaba Fengue Zamora, su marido, detalle que terminé asociando con sus durofríos, por lo cual estos supuestos manjares me daban asco. No está X., una síndrome down sobre la que se rumoraba que solía defecar encima de la mesa del comedor y que uno de sus tíos le había sacado algunas muelas defectuosas usando una pinza de electricista, y a sangre fría.  No está José Antonio, mi primo, el que tiernamente capturaba libélulas en el patio de mi casa para regalármelas, el que inesperadamente degolló con un machete a Daisy la Gallega, su exmujer, y una vez consumado este acto, se ahorcó en una mata de mango.

No está Luis Escalona, mi tío-abuelo, que tenía una casita llamada “La tortuga”, en la que se jugaba dominó todas las noches. No está mi tía-abuela Baldomera, espiritista de cordón como gran parte de mi familia, curandera a la que mi madre acudía tan pronto yo enfermaba, lo que me producía cierto desagrado pues cuando Baldomera dándome vueltas me santiguaba con unos gajos de albahaca, yo acababa empapado no solo por el agua con que mojaba estos sino también con la saliva que ella esparcía a diestra y siniestra, como un aguacero, mientras repetía, como parte de aquella “liturgia”, unos extraños sonidos guturales: “Ji, Jan, jia; Ji, Jan, jia”.

No está mi madre, Digna Rosa Díaz, maestra de la escuela primaria del barrio y un ejemplo de persistencia frente a la vida. Desde que cumplí unos meses de nacido, se separó de mi padre, Luis Céspedes, un estibador de la Empresa de Bebidas y Licores de Manzanillo, y a partir de ahí me crió sola por completo. Años después se casó con otro hombre, Román Milán, primero albañil y luego consagrado machetero millonario, con el que tuvo a mis hermanos Yoandris y Kenia, y del que también acabaría separándose en poco tiempo.  Mi madre no volvería a casarse, desde entonces no hizo otra cosa que cuidar de nosotros, vivir para nosotros.

Yo fui hijo único hasta los diez años. De esos tiempos tengo recuerdos muy gratos. Mi madre y yo íbamos todos los fines de semana “al pueblo”, como se decía en el barrio cuando uno visitaba la ciudad de Manzanillo. Me llevaba al cine, al parque Masó (parque zoológico y de diversiones) y luego almorzábamos en la pizzería o en el restaurante del hotel Casablanca, donde me enseñaba a utilizar los cubiertos. En la tarde, casi siempre aprovechaba la estancia en Manzanillo para comprar en el llamado Mercado Paralelo una o dos libras de jamón, queso y alguna otra cosa que se le presentara. Después íbamos al parque Céspedes. Yo comenzaba a corretear detrás de los gorriones, entre los bancos, las fuentes de agua y  la glorieta, uno de los símbolos más representativos de la ciudad.

Frente a la glorieta, construcción de estilo morisco, se apostaba un fotógrafo de cajón con mucha demanda. Con la glorieta ocurría como con el Capitolio, todo el mundo que no era de la ciudad iba a retratarse allí con ella de fondo. Era la foto del guajiro. Yo, por cierto, me hice una. Lamentablemente se me extravió pero la recuerdo muy bien. Tenía puesta una camisa de encaje, azul, y sujetaba contra mi pecho una ametralladora de juguete que mi madre me acababa de comprar. Había una gran sonrisa en mi rostro: lo que se hallaba en mis manos no era un arma cualquiera sino un verdadero trofeo de guerra alcanzado en medio de una cola multitudinaria frente a la tienda El Escudo Cubano, donde se vendían, en una fecha determinada, los tres juguetes que se podían comprar con la tarjeta de racionamiento de productos industriales. ¡Tres juguetes para todo el año!

En esas idas “al pueblo” había algo que me aterraba: un encuentro con Esperancita la Loca. Me ponía los nervios de punta lo que hacía cada vez que estaba frente a un rubio (niño o adulto). Yo entonces tenía el cabello medio amarillento, por lo que calificaba entre los que provocaban en Esperancita tal reacción. Por lo general, digamos que en su actitud “normal”, cotidiana, ella no hacía otra cosa que acercarse a la gente y decir: “Ando perdía, ando perdía”, para luego seguir caminando sin esperar respuesta, sin causar ningún problema. Pero cuando veía a un rubio corría hacia él y apretándose sus genitales con las dos manos, grotescamente,  le pedía una y otra vez, con insistencia: “Rubio, chupámela; rubio, chupámela”.

Acabo de caer en lo mismo de siempre: cada vez que digo “Manzanillo”, “San Antonio”, “Palmas Altas”, comienzo a evocar su pasado. Es algo que durante la infancia consideraba una absurda manía de los adultos. Era una aversión compartida entonces con los demás muchachos. Uno de los peores sucesos que podían pasarnos era que mientras acompañásemos a nuestros padres, estos se encontraran con otro adulto y empezaran a conversar sobre “lo viejo”. Si era a un paseo a lo que íbamos, podíamos tener la certeza de que se nos acababa de acortar en tiempo: las chácharas se extendían más de la cuenta.

Ahora soy yo el que está en el bando de los adultos, rumiando lo que ya fue. Pienso con frecuencia en mi casa, una de las que han desaparecido. Solo quedan algunos restos de ella, y fotos, y la memoria.  Mi casa era pequeña y humilde. Sala, dos cuartos, cocina y afuera, en el patio, la letrina (o “escusado”, como le decían a esta). Paredes de piedra y tierra, techo de guano. La carpintería, de madera. El piso, de cemento pulido, con vetas de colores.

Lejos de la fragilidad que pudiera transmitir a primera vista, el techo de guano era muy resistente y fue puesto a prueba en ciclones. Si bien su armazón traqueteaba, se curvaba dando la impresión de que saldría volando en cualquier momento, nunca cedió. Era además muy fresco, y por los costados, por lo que se denomina la culata, hecha de tablas de palma, entraban en la mañana rayos de sol. Yo golpeaba el colchón y partículas de polvo u otros elementos se veían flotar entre los haces de luz.

No me agradaban del todo los bichos que según se decía eran atraídos por el guano. Los más frecuentes eran los ratones, que corrían ágilmente entre la armazón de madera y de pronto se quedaban quietos mirándolo a uno, quizás sintiéndose intocables allá arriba, aunque a la larga mi madre los eliminaba con trampas o veneno. Hubo unos que se resistían y cierto vecino se ofreció para resolver el problema a su modo: los cazaba con una escopeta de perles. Pero a mi madre el método le pareció demasiado truculento. Los ratones debían salir del cañaveral de Prisciliano, que colindaba con mi casa. De allá también vendría aquel jubito que desde el techo cayó dentro del plato de sopa muy caliente que mi madre acababa de servirle a mi tía-abuela Baldomera. Después de saltar como un resorte y removerse en el aire emitiendo un silbido extraño, el jubito cayó en el piso y como una exhalación desapareció por la puerta de la cocina que daba al patio.

Las cucarachas eran un dolor de cabeza. Mi madre regaba veneno todos los días, uno que llamaban calbaril, pero lo cierto era que no había tregua con ellas. No venían del cañaveral sino del escusado, como descubrí durante un episodio casual. Un día en que mi madre salió, preparé una especie de antorcha y la lancé dentro de la letrina, pues quería saber cómo era eso allá abajo. Además de lo que por lógica puede haber en un sitio como ese, vi que las paredes estaban cubiertas por una alfombra viviente de cucarachas. Tal espectáculo rebasó mi inexplicable curiosidad escatológica y ya al aire libre, en el patio, comencé a vomitar. Entonces me percaté de algo que me hizo entrar en pánico. La antorcha no se había apagado, el fuego se había extendido en el fondo; por el hueco de la letrina, como si se tratara del cráter de un volcán, brotaban el humo, las llamas. Necesité muchos cubos de agua para que todo recobrara la calma.

El piso de mi casa siempre se encontraba muy frío, limpio y sobre todo reluciente, porque mi madre tenía la costumbre de embarrar de kerosene el brillador. Hecho artesanalmente con sacos de yute, lo pasaba con meticulosidad dos o tres veces al día, después de sacudir los muebles, el televisor, los retratos, los cuadros y el espejo, a los que en un abrir y cerrar de ojos se la adhería una fina capa del polvo del callejón.

Durante horas me acostaba encima del piso a jugar con plastilina. En aquellos tiempos la plastilina estaba escasa, no había en las tiendas, pero no faltaban en las escuelas y como mi madre era maestra…, siempre buscaba el modo de tenerme abastecido. Pienso que en la plastilina se encuentra lo que pudiera considerar un antecedente de mi futuro camino hacia la literatura. Más que modelar la plastilina, “escribía” con ella, la utilizaba para representar historias de mi propia “autoría” o reproducían los cuentos infantiles que me leía mi mamá, o los argumentos de los dibujos animados y las aventuras que veía, en blanco y negro, en nuestro televisor ruso Krim 218. El Krim 218 constituía un verdadero lujo, en todo el barrio solo había cuatro o cinco y mi madre permitía que los vecinos vieran en el nuestro la programación, que entonces no pasaba de tres o cuatro horas. Quince, veinte personas, niños o adultos, iban todos los días a aquella especie de cine improvisado en que se transformaba nuestra casa.

Cine… Ya que hablamos de esto voy a mencionar el camión del “Cine Móvil” que se aparecía en el barrio y proyectaba películas al aire libre. Lo hacía cada cierto tiempo, quizás cada quince días o mensualmente, pero sin dudas cumpliendo con un riguroso cronograma que lo conducía ordenadamente por las comunidades rurales.  Sí tengo claro que cuando llegaba el camión los muchachos lo rodeábamos alborozados mientras los adultos descargaban con sumo cuidado el proyector de 35 mm, la pantalla plegable —enrollada como un pergamino enorme—, las bocinas, los cables y muchísimos aparatos y trastes que atraían nuestra atención.

La proyección se llevaba a cabo en el patio de un vecino al que apodaban Negrón. El patio era amplio, tenía un poste de electricidad donde se colgaba la pantalla y había una mata de mamoncillos, con gajos y todo, derrumbada por un buldózer tiempos atrás y que entonces, ya seca, brindaba asientos. Los adultos se acomodaban en el tronco y los muchachos preferían subirse a los gajos, especie de gallinero del improvisado salón de proyecciones. Los que no alcanzaban lugar traían sillas, taburetes o se sentaban sobre una piedra o en la yerba, con cuidado, pues había el peligro de algún bicho, un alacrán pongamos el caso, o de otros accidentes que motivaban las carcajadas: “Carajo, me senté encima de un cagajón de caballo”, se oía decir de vez en cuando.

De las películas que proyectaba el “Cine Móvil” provocaban entusiasmo las sagas de Sandokan, Fantomas y Bruce Lee. Cuando ponían cintas soviéticas por lo general no eran bien recibidas. A veces cuando estas finalizaban quedaba muy poco público. Yo las veía todas, me gustaban muchísimo las de temas bélicos y hay una que me fascinó, como mismo ocurrió con los vecinos. No era de guerras sino de ciencia ficción, y se llamaba Ictiandro, el hombre anfibio. O al menos creo que ese era el nombre. Algo que me gustaba tanto como las mismas películas era el proyector, el ruido que hacía, el movimiento de los carretes y el cambio de los mismos al acabarse una parte de la película, el haz de luz que salía del lente ganando en diámetro hasta casi cubrir la pantalla. Si un vecino necesitaba salir del patio tenía que pasar por debajo del haz de luz, para lo que se agachaba con cuidado, caminando casi en cuclillas. Los de más edad, aunque flexionaran cómicamente las rodillas, nunca lo hacían como era y entonces su sombra se proyectaba contra la pantalla, lo que de inmediato generaba protestas, chiflidos.

Otro “suceso cultural” que se producía periódicamente en el barrio a principios de los años ochenta era el arribo del órgano oriental, también en un camión. Lo desmontaban en el patio de la escuela, donde se organizaba el bailable. Se le llamaba “música molida”, en alusión al modo en que funciona el órgano, con dos maniguetas a las que se les da vueltas, como si se estuviera moliendo algo.  En broma, se decía además que como se trataba de música molida era la música más fina del mundo. El órgano, o el jorocón, como también se le denominaba, solía escucharse los fines de semana en los portales que rodean al parque Céspedes, de Manzanillo. Durante algún tiempo fue así, resultaba habitual en la ciudad y también en las zonas rurales, como mi barrio, pero poco después se hicieron menos frecuentes hasta casi desaparecer. Sé que en la actualidad hay diversos proyectos para rescatar esta tradición.

A mí desde pequeño me interesaba la música. Admiraba a un tío que formaba parte de un grupo de música campesina. Como cualquiera no contaba con el privilegio de tener un músico en la familia, yo presumía de aquello en la escuela, entre los muchachos, y con bastante frecuencia aludía a mi tío el músico, cuyo camino exitoso yo daba por seguro que iba a seguir. El problema era que me hacían preguntas sobre él, específicamente sobre el instrumento que tocaba, y yo no podía dar detalles. Le pregunté a mi madre, a mi abuela, a otros familiares y nadie supo precisarme los datos que necesitaba. MI T se había marchado del barrio desde joven y nunca más lo habían vuelto a ver, solo se sabía de él a través de noticias difusas.

Un día dijeron que el grupo de mi tío actuaría en el programa televisivo Palmas y Cañas. Esperé ansioso frente al Krim 218. Después de la actuación de dos repentistas y de varios conjuntos musicales, le tocó el turno al de mi tío. La cámara presentó a un hombre con el tres. “¡Es él, es él!”, exclamé. No, no era. No era tampoco el de la trompeta, ni el del bongó ni el de las maracas ni el del guayo. Por fin mi madre lo vio y gritó entusiasmada: “¡Míralo, míralo!”. Entonces vi lo que tocaba. ¡Una quijada de caballo! La sujetaba con una mano, y con la otra la golpeaba, usando una varilla de madera o de metal. Ese es un instrumento que empleaban algunas agrupaciones musicales campesinas, pero que a mí no me pareció un instrumento del que habría que enaltecerse. ¡Una quijada de caballo! Mi mamá se asombró de que después de tanto preocuparme por la actuación de mi tío estuviera tan indiferente. Yo no dije una sola palabra. De hecho, nunca volví a mencionar a mi tío, el músico de la familia. Hasta hoy.

Mi afición a la música provocó, en cierto modo, que yo tuviera una pelea “inolvidable”. Todo comenzó en un matutino del viernes, mientras cantaba en el coro de la escuela y una mosca revoloteaba por mi cara, sin que pudiera espantarla con mis manos porque el maestro había dicho que debíamos mantenerlas en la espalda, o recibiríamos dos golpetazos en las piernas con la regla de madera, de un metro de largo, que utilizaba en sus clases de matemáticas y a la vez en la ejecución de sus castigos. Tener las manos en la espalda era parte de la proyección escenográfica del coro, así como inclinarnos todos a la vez hacia la derecha y hacia la izquierda, algo que con frecuencia no se lograba, provocando que los integrantes del coro chocasen unos con otros y que el maestro, por consiguiente, se enfureciera y acudiera ya saben a qué. Pero aquella vez él advirtió que habría “visita” (inspectores docentes), razón suficiente para que no hubiera fallos, a la que debíamos agregar también el hecho de que la letra que interpretaríamos era muy solemne: “A Viet Nam, a Viet Nam,/ A Viet Nam, a Viet Nam,/ A Viet Nam, defenderemos// A los yanquis, a los yanquis,/ A los yanquis, a los yanquis,/ a los yanquis venceremos. // Dicen los americanos, anos/ que Fidel usa espejuelos, elos/  pero no dicen que Reagan, igan/ come yerba en un potrero, ero”.

Como  a la mosca no parecía preocuparle la solemnidad de aquel momento, yo hacía lo posible para mantener la calma por mi parte y traté de quitármela de encima soplándola, moviendo la cabeza y los hombros, pero nada, la muy impertinente seguía en lo mismo y no paró hasta metérseme en la boca. Todos comenzaron a reír. Yo quería desaparecer. Lo peor vino después, una vez que terminó el matutino y entramos a las aulas. A mis espaldas se escuchaban las burlas. Alguien me dijo: “Gordo, tragamoscas” y a uno de los muchachos, que se llamaba M., aquello le causó tanta gracia que rió a carcajadas, sin poder contenerse. Me puse rabioso y le grité lo que no se le podía gritar: “Tuerto, Polifemo”. M. tenía un ojo de cristal, pues el natural lo había perdido de modo accidental mientras jugaba a las espadas con otro muchacho. Siempre se portaba de manera pacífica, a no ser que se burlaran de su ojo. Tan pronto lo hice, se le acabaron las carcajadas y me dijo: “Cuando terminen las clases verás lo que te va a pasar”.

Llegó la hora. Mientras caminábamos hacia el patio de la escuela alguien había comentado que yo me encontraba en ventaja respecto a M., pues solo veía de un ojo, es decir, a la mitad. Pensé con total ingenuidad que era algo lógico y planeé usarlo a mi favor. Después de los momentos iniciales de la pelea, me corrí hacia zona izquierda, la que abarcaba su ojo de cristal, hacia donde  supuestamente él no podía ver, y le lancé un golpe dejando mi guardia descuidada, el rostro a su alcance. Entonces M. aprovechó la oportunidad y me asestó un piñazo en la mandíbula que me lanzó al suelo, en fulminante knock out. Después de varios minutos, y de que me echaran agua en el rostro, oí que alguien dijo: “Cómo lo dejó, y eso que nada más ve con un ojo, si viese con los dos…”.

Por esa época, como seguía con intenciones de convertirme en un gran músico, mi madre me llevó a la Casa de Cultura de Manzanillo, donde se impartían clases de guitarra.  A diferencia de los demás alumnos, que a cada rato se ausentaban, yo asistía sin falta a todas las lecciones y estudiaba concienzudamente en mi casa: nadie podía quitarme el mérito de ser el más persistente del grupo. Sin embargo, la dura realidad indicaba que era asimismo el que menos avanzaba de todos. Mientras los demás ya eran capaces de interpretar algunas canciones de moda con la guitarra, yo en cada clase tenía que volver a los mismos ejercicios elementales que llevaba repitiendo durante casi un año, sin que acabara de dominarlos. Me llamaban “El rítmico”, de forma irónica, porque eso, el ritmo, era algo que no parecía salirme por ninguna parte. Todo siguió así hasta que entre llantos tomé la decisión de no regresar a las clases de guitarra. Mi madre me acariciaba el pelo y me decía: “Llora, no te preocupes, eso no es lo tuyo, verás que aparecerá algo que te guste”.

Poco después los libros produjeron un deslumbre definitivo en mí. En mi casa había tenido contacto con textos de cuentos infantiles clásicos que mi madre me leyó de pequeño y que luego seguí leyendo por mi cuenta. Pero un hecho decisivo en mi inclinación hacia las letras sucedió cuando yo tenía nueve o diez años: en la pequeña biblioteca de la escuela hicieron un descarte y mi madre llevó para la casa varios títulos que me darían una dimensión distinta de lo que eran los libros. Recuerdo que entre ellos estaban El cochero azul, de Dora Alonso;  Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga y Cuentos, de O. Henry. Después que los tuve en mis manos, que los leí y releí, que vi cómo en mi mente se sucedían todas aquellas historias que contaban, presentí que mi camino sería el de las letras.

Esa determinación, por cierto, sería fundamental para mí no solo por una cuestión de mero carácter profesional.  El vínculo con las letras resultaría a largo plazo una manera de preservar, desde el periodismo, desde la literatura, mi memoria, mis raíces. En mi caso esto es esencial. Si en la infancia tenía el presente y no el pasado, ya de adulto terminé quedándome con este último. Perdí el presente del barrio, pues no lo vivo.  El presente me resulta extraño y, lo que es ciertamente paradójico, lejano. Lo que está cerca de mí no es el presente sino el pasado. Ese que trato de sostener letra a letra. Trato de fijar cada mínima remembranza, que nada se vaya a quedar fuera, a riesgo de desaparecer por siempre. Pongo manos a la obra en un proyecto de novela que tiene como escenario a mi infancia y a Manzanillo, a Palmas Altas, a San Antonio; acepto la propuesta de concebir este artículo testimonial para La Revista del Vigía... Escribo, escribo... Recuerdo, recuerdo...


Por: Norge Céspedes