Por el camino de la mar es fruto de la inagotable preocupación del autor por lo cubano, que se ha expresado en sus indagaciones sobre la literatura y la música de su país y, claro, en su propia poesía. Surgido a partir de esa necesidad de conocer el pasado de Cuba y, lo que es más difícil, su porvenir, este libro está escrito con la libertad de la poesía: el lector no encontrará citas al pie de página ni copiosas bibliografías. Se trata de una meditación semejante a la que podría urdir cualquier cubano que necesite conocer quién es y qué va a ser.

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Notas al lector de Guillermo Rodríguez Rivera

Hace un buen número de años escribí un poema que titulé «Cubano». En las escasas dos cuartillas que lo integran, intentaba acercarme a ciertas maneras de ser del ser humano de mi país.

Por el Camino de la Mar o Nosotros los Cubanos. Guillero Rodríguez Rivera. Revista Mar Desnudo

De alguna manera, estas ciento y tantas páginas son consecuencia de aquellas dos; o, mejor, aquéllas y éstas son el fruto de una indagación por saber cómo somos (es decir, quiénes somos), que regresa de cuando en cuando en nuestra historia, supongo que hasta que lo tengamos muy claro. Seguramente entonces dejará de preocuparnos como para hacernos escribir sobre el tema.

O tal vez no, porque no creo en un espíritu nacional dado de una vez y para siempre, y acaso periódicamente tengamos que regresar sobre el asunto.Aunque los he escrito frecuentemente, no quería convertir esta meditación en un ensayo académico, con una copiosa bibliografía y racimos de notas al pie de página. Preferí que mi discurso fluyera libremente, quizá remitiéndome –sálvense todas las distancias necesarias, que son muchísimas– al fundador del género, Michel de Montaigne.

Y es curioso, pero esa libertad entroncaba con la del llamado «ensayo postmoderno», también un regreso a los orígenes.Además de los autores citados en el texto, no quisiera dejar de mencionar un par de libros leídos tiempo atrás, y a los que estas páginas deben lo suyo: Raíces psicológicas del cubano, de José Ángel Bustamante, y El carácter cubano, de Calixto Masó. Y evocar otro a cuya familia el presente ensayo quisiera pertenecer: El laberinto de la soledad, de Octavio Paz. Finalmente, dedicarle un saludo en lontananza, y un guiño de picardía, a mi sabio y alegre profesor de Historia de América, el guatemalteco don Manuel Galich.

Según fue avanzando la escritura, estas páginas se me fueron politizando, pues tampoco creo en la existencia de un «alma nacional» al margen de la historia. La política no es más que la historia confusa: ese maremagnum de acontecimientos, de ideas, que han de ir ocupando su lugar, clarificándose con el implacable decursar del tiempo.

La vida de los cubanos ha estado tan inmersa en los aquelarres políticos de su nación, que es imposible hablar de la una sin ocuparse de los otros. Dejé entonces que, cuando historia y política reclamaban a gritos supresencia,afloraran y contaran lo que tenían que contar. Con todo, este no es un ensayo que quiera asumir un punto de vista esencialmente político. Mas para indagar cómo somos y quiénes somos, se me ha hecho inevitable intentar dilucidar también por qué lo somos.

Hemos vivido tan acuciados por las urgencias de la agotadora manera de vivir que casi siempre hemos tenido, que no está de más detenernos un momento para mirarnos en el espejo. Quisiera que fuera como pedía don Antonio Machado: «no para afeitarte ni para pintarte el pelo». Ojalá lo consigamos usted y yo, lector.

 


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