Volver a la universidadEn carta publicada en 1982, Gastón Baquero escribió a Lydia Cabrera: “No me gusta la palabra homenaje porque casi siempre rima con paliza y con uno de esos discursos que llaman algunos cubiches 'arranque tribunicio'. ¡Solavaya!”. Después de saber esto no queda más que ser verdaderamente sintéticos. Pero aunque conozcamos de antemano la opinión que a Baquero le inspiraban los homenajes, también sabemos que este es inevitable. Podríamos pensar en llamarle de otra manera, pero tampoco ignoramos que no sería posible engañar al poeta. Lo más atinado entonces sería explicar, explicarle, que solo estamos acompañando su regreso a Matanzas. Su regreso a la ciudad que en 1993 y aún inédito, publicara su discurso “Volver a la Universidad” en La Revista del Vigía donde antes, en 1991, había aparecido “Palabras de Paolo al hechicero”, luego de más de cuarenta años de no ver su obra en Cuba. Valdría la pena recordar que antes de las intermitencias de Vigía y antes de este conjunto que hoy ofrece Ediciones Matanzas en su Colección La Madrugada, festejando el centenario del nacimiento del  guajiro de Banes, este solo había publicado en la Isla un único libro de ensayos, en 1948 y anteriormente solo dos cuadernos de poesía.

Reunidos bajo el título  Volver a la Universidad. Ensayos literarios, Alfredo Zaldívar aglutina en esta entrega más de una docena de textos, agrupado en tres secciones: “La poesía”, “Los autores” y “Volver”, fechados en su mayoría en los años sesenta del pasado siglo, a excepción del leído en la Universidad de Salamanca en agradecimiento al homenaje internacional que la sacra institución le dispensara, en 1993. En este tomo aparece la opinión del poeta, su punto de vista sobre la creación poética, la relación entre esta y la nostalgia por lo divino y la necesidad de no regirse por el gran público. En este apartado Baquero llama una vez más la atención sobre ese mismo gran público que crucificó a Jesús, que abucheó a Mozart. 

Si el ensayista cubano acerca el cristianismo a la música, es solo porque ya antes había esbozado la idea de que “la poesía es la prolongación en el hombre de la imagen y semejanza de Dios...”, a la par que concedía a los versos un valioso  carácter antropológico Aquí me permito una digresión para recordar que Noam Chomsky, en algún momento afirmó algo similar cuando subrayó que si se quería conocer la manera de imaginarse la realidad, era importante leer libros de historia, pero si quería conocer la realidad entonces era mejor leer novelas y poemas. No hay parentesco entre Chomsky y Baquero, más bien lo contrario. Si lo señalo esta mañana es justamente para hacer notar esos puntos luminosos en que la poesía puede hacer coincidir a los hombres, allí en las zonas donde la política habría de separarlos. Ese es también el argumento del poeta cubano para acercarse a Vallejo y a Neruda en los artículos que publicara en Escritores hispanoamericanos de hoy y que aparecen en el valioso tomo de Ediciones Matanzas editado por Norge Céspedes y diseñado por Johann E. Trujillo que se suma a otras publicaciones aparecidas en la Isla en ocasión del ya mencionado aniversario del escritor cubano.

Es sabido que somos lo que amamos. De ahí todo el caudal que aporta leer en la actualidad, algunos a más de cincuenta años de haber sido concebidos, estos acercamientos de Baquero a Gabriela Mistral, Ezra Pound, Rilke, Saint-John Perse, Borges, Carpentier, Alfonso Reyes, Huidobro y García Márquez, entre otros. Apuntes estos que muestran por qué misteriosos senderos –a ratos bifurcados y a ratos no– se adentraba en sus tremendas incursiones a las regiones poéticas el autor que en días como hoy: los sábados, se llamaba Alejandro, como el Magno.

Si en las dos primeras secciones de este volumen el cubano focaliza la poesía universal y sus formas de crearla y de leerla, en “Volver a la Universidad” asistimos a un valiosísimo ejercicio de autorreflexión que deviene recorrido personalizado por  su propia obra, con guía de lujo. “Volver a la Universidad es reencontrar la fuente de juvencia. Nos recuerda que siempre somos alumnos...”, expresa el poeta que cree no saber nada sobre sí mismo y que sin embargo alcanza a honrarse de regresar a la cátedra de Fray Luis de León, sabedor de que en la creación poética solo hay espacio para un único protagonista legítimo: el poema en sí mismo.

Don Gastón (como le llamaban algunas de las ancianas que compartían con él la residencia para la tercera edad de Madrid donde el poeta vivió sus últimos días y donde sabían muy bien quién era aquel príncipe abisinio) murió en España, en mayo de 1997. Me consta que en febrero de ese mismo año, en una tarde de lluvia, acariciando la caja de tabacos que contenía la edición de Testamento del Pez que Vigía había publicado, Baquero confesó estar trabajando en una insoslayable figura “que ustedes los matanceros tienen medio olvidada”, dijo. Para luego agregar: “Fernando Lles”. No sé si pudo concluir su estudio, su trabajo. De no ser así, ahora, de regreso a Matanzas, podría dedicarse por entero a ello, en el tiempo que le quede libre cuando no esté descubriendo la ruta de Marco Polo en la aún firme mancha de vino sobre el mantel que cubre esa imprescindible mesa que es la literatura cubana.


Por: Laura Ruiz Montes