Por: Eugenio Vicedo Tomey

Desde el pasado viernes 20 de abril, los apasionados de la historia de Cuba y el lector cubano en general tienen la oportunidad de acercarse a una obra fundamental: Juan Rafael Mora y la Guerra Patria. Costa Rica versus el expansionismo esclavista de las Estados Unidos (1850 – 1860). Su presentación tuvo lugar en el Colegio Universitario de San Gerónimo de La Habana, en un acto que contó con la presencia de Fernando Rojas, Vice Ministro de Cultura, el doctor Eduardo Torres-Cuevas, director de la Biblioteca Nacional de Cuba y presidente de la Academia de Historia de Cuba –quien tuvo a su cargo la Presentación a la Edición Cubana del libro-, el autor, embajadores de naciones latinoamericanas, historiadores y otros invitados, algunos de las cuales visitan Cuba especialmente para esta ocasión.

Cuba y Costa Rica: una nueva oportunidad

Un episodio enmarcado en las luchas latinoamericanas contra el imperialismo norteamericano en formación fue la invasión a Centroamérica a mediados del siglo XIX por las tropas del filibustero William Walker, cuyo objetivo principal era incorporar esos territorios a los Estados Unidos, en el marco de la expansión territorial que venía efectuando esa nación por todos los medios posibles, ya fuera la compra(Luisiana, 1804), la anexión (Texas, 1845) o el simple arrebato mediante la guerra, como sucedió con gran parte del territorio de México en 1853. Esa expansión amenazaba peligrosamente a las Antillas y los territorios continentales.

Sin embargo, no contaba Walker con la oposición de los patriotas centroamericanos, y en particular los costarricenses, quienes con su presidente Juan Rafael Mora al frente,  impidieron la expansión norteamericana por las tierras del istmo americano, expulsándolos definitivamente  luego de vencer  en la Guerra Patria.  

La obra, por su contenido y estructura, desborda el interés local para ser considerada fuente de información valiosa en el contexto latinoamericano y universal. Sabido es que a la “pequeña esmeralda” -como llamó José Martí a Costa Rica- le tocó jugar papel decisivo en las luchas independentistas del siglo XIX. Allí vivió Antonio Maceo durante cuatro años, fundó una colonia agrícola y partió a la guerra de 1895, junto a su hermano José, Flor Crombet y otros patriotas que formaban parte del numeroso asentamiento cubano en ese país  y aguardaban ansiosos el momento de incorporarse a la lucha definitiva frente al colonialismo español. Costa Rica, independiente ya, fue generosa en el apoyo al esfuerzo cubano. Allí  se precian de haber contado con la labor intelectual de Enrique Loynaz y Antonio Zambrana, entre otros.

En esa región, el interés por Cuba y la interrelación mutua no ha sido escaso, ni asunto de ocasión coyuntural sino  permanente y socialmente visibilizado. Dos costarricenses son Miembros Correspondientes Extranjeros de la Academia de Historia de Cuba: Armando Vargas Araya, autor del libro que nos ocupa, desde marzo de 2012, y Luis Guillermo Solís Rivero desde diciembre de 2015, ocasión en que en su condición de Presidente de la República, realizó una visita oficial, la primera de un presidente de ese país al nuestro.

El libro, primera obra de un autor costarricense que aparece por el sello de la Editorial de Ciencias Sociales, realizado a partir de la tercera edición de 2013, se divide en tres partes, además de un Prefacio donde el autor describe la historia de su obra, su alcance y objetivos,  así como el origen de la investigación y la labor en diferentes escenarios a lo largo de cuatro décadas consultando numerosas fuentes en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica. El investigador comenta que en este último territorio “generalmente en tiendas de anticuario, conseguí libros útiles para descifrar el espíritu epocal de la Guerra Patria”. Dichas fuentes, correctamente clasificadas y enunciadas al final de la obra, incluyen, solo en libros, un total de 286 asientos, dato de valor inestimable para cualquier investigador. No se debe pasar por alto, además, las 1439 citas a pie de página, no pocas de ellas con información relevante que demuestran, entre otros méritos, que Vargas Araya no ha ocultado nada: quien desee continuar esta línea de investigación, aquí tiene un excelente primer paso.

Para Matanzas y los matanceros resulta de particular interés el epígrafe incluido en el Capítulo VI “La Brigada Cubana del expansionismo esclavista” y titulado “Domingo Goicuría en la Nicaragua ocupada”, por la connotación de ese personaje en la historia local, cuyo nombre se ha mantenido a través del tiempo al formar parte de la denominación del Centro Escolar donde estuvo enclavado el cuartel asaltado por combatientes revolucionarios  durante la lucha anterior a 1959.

Valdría la pena también  recordar que ya con anterioridad ha sido publicado en Cuba, en más de una ocasión, la novela “Mamita Yunai”, del autor costarricense Carlos Luis Fallas, y que relata hechos posteriores pero de alguna manera interconectados con este libro de Vargas Araya.