El arte de aprender a despedirseEsta vez se adentra Damaris Calderón en el drama del viaje. La verticalidad de las cruces que encuentra a la orilla del camino se traduce en empinamiento -y empecinamiento- de la fe y la voz poética. El grito de las piedras que acompaña a la poeta en su recorrido por el Norte de Chile, no es más que el alarido de las resecas tierras del adentro. Esa vastedad desértica que cualquier región puede ser (y es), las floraciones sumergidas en toda latitud, dan cuenta de un viaje del hambre. El destino de los más amargos líquidos es el pedestal donde se posa la palabra: pájaro que sobrevive pese a la hiel, las sombras, la soledad, la vida oxidada.

Damaris Calderón (La Habana , 1967). Poeta, narradora y ensayista. Ha publicado, entre otros, Con el terror del equilibrista , Duras aguas del trópico , Guijarros, Sílabas. Ecce Homo, Duro de roer, Parloteo de Sombra y Los Amores del Mal. Licenciada en Letras por la Universidad de La Habana. Egresada de Magíster por la Universidad Metropolitana de Santiago de Chile, textos suyos aparecen incluidos en diversas antologías de poesía cubana y latinoamericana. Su obra ha sido traducida al inglés, portugués, francés, entre otros idiomas. Reside en Santiago de Chile, desde 1995.

Ediciones Aldabón. Matanzas, 2007.


 

Damaris Calderón Campos
Fragmentos de EL ARTE DE APRENDER A DESPEDIRSE, de Damaris Calderón. Ediciones Aldabón. Matanzas, 2007.

Sábado, 12 de julio, 2003

Partimos hacia el Norte (María Eugenia y yo). Con un poco de aprehensión por mis pies y por si resistiré las más de 24 horas de viaje. Me tomo los analgésicos (noche previa y la mañana misma del viaje). Salimos, a las 10:30 a.m., bus cama. Resistiré. Resisto. De buzo (plomo), cortavientos (rojo) y botas, me subo al bus. Le digo a mis piernas y a mi columna que “no destiñan”, que no me fallen ahora. Es el viaje más largo que emprendo después de la operación y todavía ando con muletas (dos) y me olvidé de pedirle a San Lázaro y untarme cascarilla antes de salir, pero pienso que, a pesar de mi negligencia, San Lázaro será generoso y me ayudará. Babalú Ayé: aché pa' mí: cabeza y pies. Ya estoy en camino: Yo: (Keroac). Yo: Un pedazo de carne con ojos comiéndome el paisaje.

Hasta Los Vilos, una naturaleza que me es conocida: mezcla de cerros de verdor tupido, otros, con manchas verdinegras, apenas con hierba, pinos y eucaliptos en el camino, piedras enormes, peñascos gigantescos abiertos para que el camino (la carretera) pase. Y de pronto, cactus, en todo este panorama. Y el mar, inmenso, destellante, bahía abierta aproximándose a Los Vilos, olas que vienen (en vilo), amagan y se retiran rápidas, mar que no escucho y sin embargo escucho; resonancia de otros mares (mar tropical de una pequeña isla del Caribe), cubierto de escamas literarias y desescamado por el ojo cuchillo carnicero para mirarlo, escucharlo, a través de la ventanilla, sin metáforas. ¿Sin metáforas? Pez, pescado que ¡lo cogí, lo atrapé, picó! Desde el Caribe hasta el Pacífico: bacalao, merluza, era así de grande. Lo que me queda: el esqueleto.