René Fernández“¡Llegó de paso por este pintoresco pueblecito el titiritero! ¡Con mi fantasía hago hablar animales y cosas! ¡He hecho reír con un ojo y llorar con el otro! (…) ¡Dichosos los ojos que pueden ver tantas miradas sorprendidas! (…) Por si no han oído hablar de mi arte, debo decirles que soy tataranieto de Jean de la Fontaine y biznieto de Félix María de Samaniego. ¡Ah! Federico García Lorca fue mi maestro, me enseñó el lenguaje de los títeres de cachiporra. (…) Los titiriteros somos gente pobre y de gran nobleza, tan honestos como la frente más ancha…”

Como el titiritero andante de su Historia de Burros, René Fernández recorre alegremente, desde hace 65 años, las calles de su ciudad, reinventando historias viejas e imaginando nuevas, buscando personajes, intentando atrapar la vida toda en su retablo. Sea porque la propia Matanzas, tendida sobre sus lomas, es un gran anfiteatro que nace del mar; sea porque, como él gusta decir, todos los caminos de su vida arrancan del teatro y le conducen de vuelta a él (“No elegí el arte de los títeres por casualidad, supongo que ellos me eligieron y cada día me alimentan el alma), René lo ha conseguido: es el único titiritero distinguido hasta hoy con el Premio Nacional de Teatro.

“La alegría al fin toca nuestros retablos. Si alguien tenía que abrir la brecha, como en otras contiendas, tenías que ser tú”, le escribía en ocasión del Premio su amigo Armando Morales, director del Teatro Nacional de Guiñol, reconociendo su larga carrera como actor, dramaturgo, coreógrafo, diseñador, curador de exposiciones, director, pedagogo y promotor por excelencia del arte del títere, mientras sostiene con mano experta los hilos del emblemático Teatro Papalote.

Con casi un centenar de obras dirigidas, escritas, publicadas o adaptadas por colegas suyos de esta y otras naciones; creador de La Mojiganga, primera revista titiritera de la Isla, y de un Taller Internacional que tan amplia convocatoria ha generado desde Matanzas; René se las ha ingeniado para ser considerado al mismo tiempo renovador y clásico, con títulos que han marcado nuestra escena como La amistad es la paz, La guitarra de Felipito, Romance del papalote que quería llegar a la luna, Okin eiye ayé, Disfraces, El Poeta y Platero, Historia de Burros, Los ibeyis y el diablo, Divertimento moderato (Tropisol Show), Jueguipayasos, Feo o Tres somos tres. “Mucha admiración me suscita el nombre de René Fernández, a quien he visto hurgar en lo más puro de nuestras tradiciones, llevar su retablo por plazas humildes y grandes, ganar voluntades para el arte y el teatro; tan ligado a la mejor tradición cultural que aún hace merecer a Matanzas el nombre de Atenas de Cuba”, ha dicho otra amiga suya, la poetisa Carilda Oliver, Premio Nacional de Literatura.

Poeta a su manera; investigador y gran conocedor de nuestras culturas populares, René es un amante de la palabra que bebe de las calles matanceras y la literatura; del teatro y el ómnibus del amanecer; del buen cine y de los tatas de la religión, de quienes aprendió bien un refrán: El que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija. “Yo –dice– me arrimé al árbol de mis maestros”. Muchas veces, sin embargo, se esconde en la modestia, y pide casi ingenuamente que no le encierren en ese título. Pero hace ya mucho que es inevitable llamarle así, como bien sabe Iñaqui Juárez, el director del Teatro Arbolé: “A nuestro René Alberto Fernández Santana lo reconocemos como maestro, convencionalismos aparte, de esa forma en que los aprendices han reconocido durante siglos a la persona que les ha enseñado su oficio”…

Mientras él, sigue soñando por el anfiteatro de la ciudad, y recreándolo en sus historias, como todo buen titiritero.


Por: Amarilys Ribot