En la finca La Matilde, con sus vegas repletas de cafetales al este del pueblo de Artemisa (en aquel entonces la provincia de Pinar del Río), vivía la familia de Julián del Casal a mediados del siglo XIX. En esas vecindades, por azares de la vida, me tocó nacer en la misma fecha que el poeta, aquel “triste ruiseñor del bosque de la muerte” como le llamó alguna vez Rubén Darío, excepto que yo vine al mundo casi ochenta años después. Siete de noviembre. La misma fecha en que aparecieron en el planeta Marie Curie y Albert Camus. Ese ilustre trío de seres me acompañaría por los vericuetos del ir y del venir, del ser y del no ser. Asimismo sus ansiedades existencialistas, sus nostalgias, sus obsesiones científicas, y mis propias inquietudes de niña y de muchacha.

 memorias de una niñez provinciana

Los domingos mi padre nos llevaba de paseo por las cercanías de Ceiba del Agua, en el entronque de la carretera que iba hacia el pueblo de Caimito del Guayabal. No se podía concebir un lugar más pintoresco, un camino menos transitado, que nos permitía andar por la vereda sin sobresaltos, y no tener que hacer caso de camiones raudos ni “guaguas” abarrotadas. A la orilla de la carretera rural crecían árboles que los guajiros llamaban piñones, y de sus hojas—que yo recogía asidua—se alimentaban mis conejos blancos. Los pobres sufrían mucho con el sol porque eran albinos, y recuerdo con gran tristeza que se iban muriendo en el verano porque no aguantaban tanto calor ni tanto resplandor frente a sus ojitos rojos. Cuando desaparecieron todos mis conejos yo tenía siete años, y aquella temporada me dediqué entonces a buscar huevitos de lagartija para ver cómo nacían aquellos animalitos. Les gustaba hacer sus crías debajo de unas frondosas matas que yo sabía nombrar muy bien, pero cuyo nombre casi he olvidado.

Solo sé que los chinos que vendían lechugas en canastas, y que pasaban por la calle de mi casa, se paraban a recoger las fruticas de aquellas enredaderas. Dicen que se las comían hechas dulce; deben haber sido los equivalentes cubanos de los “lychees” (se pronuncia li-chis). Ah, sí, eran los cundiamores o cundeamores, ahora recuerdo. Unas frutas pequeñas y anaranjadas, que al abrirse mostraban semillas rojas en una especie de almíbar natural. Las flores eran muy bonitas, pensaba yo, que en aquellos tiempos no era mucho más alta que la rama superior de aquellas matas edénicas. No es fácil imaginar que aquella niñez paradisíaca fue mía hasta los once años, cuando se impuso el estudio y me enviaron lejos de casa, a un internado donde la disciplina era rígida y donde no habían muchas lagartijas ni abundaban los conejos (y mucho menos los poetas). Y resulta difícil creerlo ahora, pero al otro lado del muro donde se trepaban las enredaderas, en el amplio patio de la casa de mis padrinos, había una cría de venados. Era como un zoológico privado, para placer de los niños que amaban a los animales. Yo caminaba por aquella calle llamada Yara y los miraba siempre por encima de la cerca, aun cuando no podía divisar a los “Bambis”.[1] Por entonces no se me habría ocurrido poner todo aquello por escrito, líneas o versos para contar la historia de venados y conejos; eso no sucedería hasta ahora, si bien rememoro vagamente que en mi año número trece me refugiaba en un aula no usada del colegio que tenía puertas delgadas con vidrios, y mamparas como vitrales. Allí podía garrapatear cuartillas y emborronar cuadernos con versos… aunque mi mamá después me mostró un papelito que firmé a los siete años donde había tratado de escribir un poema dedicado al sol, y la culpa fue de Espronceda o de Heredia, no sé bien. Pero sí recuerdo que me escondía en aquella sala en el año de 1953, el mismo cuando nos fuimos a pasar el verano en una playa de la provincia Habana, cerca de Bauta, donde había una iglesia cuyo párroco se llamaba Ángel Gaztelu y cuando daba misa los domingos venían unos señores de la capital (uno grueso, otro con el pelo prematuramente gris y con su señora) a conversar con él. Decía la gente que eran poetas muy conocidos… a mí me llevaría unos cuantos años comprender que había visto, en un ambiente pueblerino, a los Origenistas.

Lo de la poesía se me había pegado de un libro que me regalaron cuando apenas cumplía seis años, Lo que sabía mi loro, publicación española que me cautivó con los dibujos y los versitos y las fábulas que encerraba en sus páginas. Creo que fue en ellas donde primero vi las rimas de La canción del pirata, y muchísimos años más tarde, a bordo de un vaporcito en el Bósforo, pude recitarlas a voz en cuello para asombro de los turistas que me escuchaban repetir lo de “Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente, ¡Estambul!” Por supuesto, tuve que explicar en inglés lo que significaba todo aquello, porque los compañeros de excursión eran austriacos y árabes.Bienvenida a la globalización, me dije yo en ese momento: la niña de Artemisa paseando por Turquía.

Pero antes de los primeros versos y del internado, en el barrio La Matilde había calles sin pavimentar, llenas de tierra roja que nos manchaba los zapatos blancos, y yo asistía a una academia de música y de baile, donde primero aprendí a reconocer las notas negritas en una partitura, a cantar solfeando todas aquellas melodías que me fascinaban, y donde los sábados venía una muchacha alta y esbelta desde La Habana a darnos clases de ballet. Se llamaba Josefina Elózegui, y bailaba muy lindo, en la tradición de la danza clásica cubana que se había alimentado de la rusa. Yo no sabía mucho de ello entonces, pero sí recuerdo que para el recital de fin de año cuando tenía yo once tuvimos que bailar el Vals de las Flores de Tchaikovsky (Suite Cascanueces) y la alumna más adelantada (llamada Ada, una rubia alta y pecosa) hizo el papel de lobo para el número de Prokofiev que nos montó Josefina. Todavía anda por ahí una foto mía con el traje azul lleno de florecitas y las zapatillas de punta color rosa…. Y qué pena, para cuando volví del colegio capitalino se habían muerto los venados, no habían muchas lagartijas que cazar, y los cundeamores se habían secado. Entonces decidí que lo único que quedaba en mi vida eran los poetas y la música del piano, los libros de historias encantadas y otros paseos con mi padre y mi madre a los manantiales de Soroa… ya no hacía falta recoger hojas de piñón para los conejitos, y nos podíamos deleitar con las orquídeas que crecían en los invernaderos tan bien cultivados en aquel entonces, fundados por un isleño de apellido Camacho (hoy la Wikipedia lo identifica como “el Orquideario de Soroa en el municipio de Candelaria, provincia de Artemisa, Cuba. Se accede mediante la autopista Habana-Pinar del Río”).

Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía (citando otra vez a Darío, para consolarme). La verdad sea dicha, en aquellos tiempos lejanos yo amaba a los conejos y otros animalitos casi tanto como amaba los libros. La letra impresa era fascinante, pero igual lo eran las orejas y las patas y los bigotes (o escamas o cuernos) de aquellas criaturas que yo veía crecer y desaparecer en mis patios infantiles. Mis libros me llevaban a otros reinos y otras dimensiones, donde de repente aparecían duendes y hadas y geniecillos, y donde una niña curiosa como yo, llamada Alicia, probaba un pastelito que la esperaba encima de una mesa y que decía “Cómeme” con letricas de pasas. Yo me desaparecía debajo de las camas, en los últimos cuartos de la casa, leyendo todo aquello (todavía me resuenan en la memoria los versos del rigodón de las langostas, y los que decían “En mitad de una vuelta carnero está el sabio Santiago Belén…”, nombre que muchos años después, cuando me tocó leer a Lewis Carroll en inglés, supe que era Old Father William). Ah, y por supuesto, en aquellas páginas encantadoras había un conejo que hablaba y se vestía elegantemente, hasta con leontina y reloj de bolsillo, desapareciendo con prisa en un agujero por donde Alicia lo seguía. Qué casualidad, ese era también mi nombre de pila, ya que me habían bautizado con dos el 25 de diciembre: era niña de Pascua y lectora, y pianista y aficionada a los zoológicos, con iniciales EASR. De ahí mi horror al entrar un día en la cocina de mi abuela, en la calle Baire del pueblo, y encontrar una jutía completa asada, lista para que se la comiera la familia.

La probé, y jamás he podido sobreponerme. Muchos años después, en un congreso de poesía en Poitiers, Francia, nos sirvieron en el banquete de clausura “chevreau à l’ail vert” y todavía me estremezco al recordar aquel cabrito asado adornado con cebollinos y manzanas, listo para ser devorado por comensales que aplaudían al orgulloso chef. Nunca más…Nada de eso, misericordiosamente, me hacían probar en mi país natal (despuésdel episodio de la jutía, dudaba yo de cualquier plato que aparecía enla mesa, no fueran a ser conejos, que también me habían servido en Francia. Así y todo, sucumbí a la tentación una vez y probé una carne que resultó ser de tortuga. Pobrecitas, pensaba yo). Pero por lo general, allí en Artemisa seguíamos la ruta del congrí y el lechón asado (menos mal que nunca me dio por compadecerme de los puerquitos), y yo me obstinaba en leer versos y en aprender los secretos de álgebra, que se me antojaba hermana de la música con sus signos y sus ecuaciones. Las claves de fa y de do me hacían pensar en las incógnitas de Pitágoras. Pero previos a mis años de bachillerato, los regalos de cumpleaños y de Reyes (no había Santa Claus en mi infancia pueblerina) eran muñecas, patines, jueguitos de tazas, y muchos libros, entre los que se encontraba el que verdaderamente me abrió de par en par las puertas de la imaginación. Tanto lo leí, que al año siguiente pedí que me lo compraran de nuevo porque mi ejemplar original estaba descosido, con algunas hojas colgando de los hilos. Las Mil y Una Noches. Leyendo sus páginas me creía la Scherezada tropical, escuchando e inventando narraciones que liberaran genios, donde Aladino volaba en su alfombra mágica, Alí Babá contaba a sus ladrones en la cueva hasta llegar a cuarenta, y Simbad el marino naufragaba por los mares del Oriente porque una isla mágica, con gigantescas piedras de imán, lo atraía misteriosamente y hacía estrellar su nave contra los acantilados. Qué tiempos aquellos. Entre el solfeo y las mandarinas que me compraba abuela, las clases de lectura en que me hacían repetir los versos de las silvas de Andrés Bello y “La fuga de la tórtola” de Milanés, el carro del carbonero que pasaba por mi casa pregonando su mercancía, las bailarinas del Lago de los Cisnes, los cusubés y dulces de almendra que traía el vizcaíno vendedor ambulante, las noches de lucha libre con La Amenaza Roja y el Chiclayano los viernes (en una televisión que comenzaba a transmitir a principios de la década del cincuenta) y las zarzuelas que cantaban Marta Pérez y Manolo Álvarez Mera los sábados (lo mismo la madrileña Verbena de la Paloma que la criollísima Cecilia Valdés), se pasaba mi niñez y comenzaba mi adolescencia.

Los años que siguieron, en el pensionado habanero, fueron un tiempo de intenso aprendizaje y agridulce nostalgia por los vericuetos de La Matilde, los piñones de Ceiba del Agua, los conejitos y las lagartijas y los venados de mi infancia.Los años que transcurrieron dentro de aquellos claustros son, no obstante, dignos de ser anotados por la memoria. Una presencia de uniformes azules y un agudo sentimiento de “saudade” por mi casa y mis papás son recuerdos tan vívidos que a veces, todavía, aparecen en mis sueños. Yo me sentía privilegiada, no solo porque me convertí en primer expediente de los colegios incorporados al Instituto de Segunda Enseñanza de Marianao (estudiaba demasiado, creo yo), sino también porque—según se rumoraba—las monjas me favorecían, ya que mi padre les llevaba jamones y cajas de frutas abrillantadas y turrones españoles para las fiestas. Nada de favoritismo, pensaba yo; bastante trabajo y disciplina que me costaba sacar notas de sobresaliente en todas las asignaturas (por poco saco Notable en álgebra de segundo año, pero al fin me dieron una calificación de noventa en el examen oficial de fin de año). La presión era tremenda, y me había pasado las vacaciones con una tiza en la mano y un pizarrón, solucionando ecuaciones, en un cuarto de estudio que monté en mi casa.

En aquel colegio conocí a los primeros italianos que vi en mi vida (sacerdotes que fumaban cigarrillos americanos, marca Chesterfield), comencé clases de inglés en serio con maestras entrenadas en los Estados Unidos, y seguí mis estudios de música con una monja mexicana que había sido concertista en su juventud. Ella nos contó una vez que entró al convento en contra de la voluntad de sus padres, después de un concierto; llegó al claustro con un traje largo y elegante y nunca más se fue. Muchísimos años después me asombraría la coincidencia: esa maestra mía de piano en el colegio de La Habana había crecido en Hermosillo, Sonora, de donde han venido tantos de mis alumnos a lo largo de mi carrera de profesora, y entró a la orden monástica en un noviciado de Tucson, Arizona, ciudad donde hoy escribo estas líneas. Todavía veo a veces el Convento de Santa Ana, edificio blanco y hermoso entre las colinas que rodean a este “Old Pueblo”, como le dicen. Por allí pasaron en su jubilación la Sister Dorothy y la Madre María Luisa, mis maestras de inglés y de música (piano y canto) en aquel colegio de Miramar. Y yo transito ahora enfrente a aquellos recuerdos cuando manejo rumbo a casa de mi amiga Marta, que vive en Tucson parte del año, y que también estudió piano en La Habana, en el mismo Conservatorio Internacional donde yo rendía exámenes finales con manos temblorosas: ¡no era fácil tocar Ahí viene el chino y todas esas danzas del maestro Lecuona de memoria a los catorce años!

El piano me apasionaba, y yo pedía permiso para estudiar en uno grande que había en el aula de primer grado de primaria. Tanto golpeaba al pobre teclado, aprendiendo a tocar todos los bemoles y sostenidos, las teclas negritas de todas las danzas de Cervantes, los arpegios de Debussy y los ejercicios de Czerny, que mis compañeras de curso me pusieron el sobrenombre de “Beethoven”. Después me enteré que tenía un doble sentido el título: no era tanto mi aptitud musical la que merecía el nombre, sino más bien la melena que portaba y el pelo que se me agitaba en torno a la cara cuando me entraba el frenesí del molto allegro. Cuando volvía a casa una vez al mes para visitar a mi familia, me perseguía la sensación de que debía buscar otra vez a las lagartijas, pero nada más encontraba ranas (que me inspiraban pavor entonces), cocuyos y pajaritos en las ramas de los árboles que rodeaban la casa de mi abuela paterna. Debo decir, sin embargo, y no es exageración alguna, que el animalito más exótico que logré ver en mi pueblo fue un oso hormiguero: inexplicablemente, propiedad de los vecinos de mi abuela materna, que lo soltaban en un solar yermo junto a su casa para que cazara hormigas. Muchos años más tarde, al llegar a Miami en los años sesenta, vi de noche en un solar vacío un animal similar que se escondía entre las yerbas: era un hurón, también existente en las islas del Caribe, pero que yo no lo había conocido como cazador de huevos de pájaros o lagartijas.

Creo que mi vocación de música o de poeta o de científica (estudié Ciencias Físico-Químicas en la Universidad de La Habana por un breve tiempo, entre 1959 y 1960, recordando a Madame Curie) fue de alguna forma moldeada por mi contacto con las criaturas de la fauna tropical con las que me tocó encontrarme; también me apasionaban la zoología y la botánica, y muchos nombres hubo que aprendí en latín según la clasificación de Linneo…mi preferidos eran el de la codorniz insular, Colinus virginianus cubanensis, y el del arroz, Oriza sativa (¿indicación temprana, quizás, de mis aficiones culinarias?). Una de aquellas criaturas, quizás la más graciosa, era la cotorra de mi prima Miriam, a la que le gustaba comerse el grafito de los lápices, y cuando mi tía le quería dar una nalgada a su hija, aquel pajarito verde y chiquito se le tiraba encima gritando…. Y cuidado, porque mordía duro con su pico encorvado. Entre los chiflidos de los pájaros, el ronroneo de los gatos de mis vecinos en la calle Yara, los gallos de pelea que criaba el señor Adalberto (que comenzaban a cantar desde las 5 de la mañana, llueve, truene, o relampaguee), el perro ladrador de Pancho y su mujer, las jicoteas (calladitas, eso sí) de mis otros primos, las palomas que hacían cucurrucú en los tejados cerca de la iglesia, y los pescaditos dorados que cuidaban en casa de mi madrina, pude olvidar en parte a los pobres conejos y las lagartijas de mis siete años.

A veces hubo interludios capitalinos en años aún más tiernos. Y para hablar de eso hay que aludir a los tranvías habaneros: en el año 1945, niñita de pelo alborotado e imaginación curiosa, yo montaba en uno que iba por Belascoaín hasta el Malecón. Mi tía Angélica, quien me tenía de visita en su casa cuando papá y mamá estaban de viaje, me llevaba en él para llegar al muelle de las lanchitas que iban a Regla. Yo tenía apenas cuatro años, pero los recuerdo vívidamente, especialmente el zumbido que hacían las ruedas por los rieles y la campanilla que tocaba el conductor, con su gorra. También me llevaban en tranvía a la Iglesia del Sagrado Corazón en Reina, al Tent Cent (Woolworth) de Galiano y San Rafael (al que todos nosotros llamábamos “Tencén”, y donde había una barra donde servían sándwiches y helados deliciosos), a las tiendas El Encanto y La Época, al Teatro Martí y al Teatro Payret, al cine América, a los cafés al aire libre en el Paseo del Prado cerca del Capitolio, donde tocaba la orquesta Anacaona, cuyos músicos (o mejor dicho músicas) eran todas mujeres. En una temporada vi escenas imborrables del teatro vernáculo cubano en el Martí, con su gallego y su negrito (en la actuación de unos actores llamados Garrido y Piñeiro, que después fueron muy famosos), y sus mulatas y sus personajes chinos. Yo no entendía todo lo que decían, pero me gustaban mucho los chocolates Nestlé que me compraban para entretenerme.

Imborrables asimismo eran entonces los olores de La Habana, en aquel barrio de calles con nombres como Neptuno, San Rafael y San Miguel (donde vivían mis tíos, en el tercer piso del número 562). En la esquina de Belascoaín y San Rafael había un restaurante y cafetería propiedad de isleños, llamado EL GUANCHE (como los nativos de Canarias). Allí me llevaban a comer arroz con pollo y unos sándwiches planchados que eran especialidad de la casa. Mi tío político, Pedro Évora, era isleño, como mi abuelo y tíos abuelos paternos, y a él le gustaban mucho esos platos. Recordar todo eso es como ver imágenes fílmicas en la cabeza, pertenecientes a otro mundo y a otra vida.  Pero en medio de todo ello, nunca logré olvidar a los poetas y a los cuentistas. Algunos domingos mi familia iba manejando hasta su pueblo natal de San Cristóbal para visitar a los tíos viejos de la familia Suárez, los canarios que habían venido de Hermigua en La Gomera, y que se sentaban en el portal grande con sillones de mimbre a hacer sus cuentos de vegas de tabaco y ríos crecidos. Eran unos grandes cuenteros esos tíos de mi padre, mis tíos abuelos isleños, famosos en el pueblo por sus narraciones entretenidas. Tan así era que los vecinos se congregaban frente al portal, sentados en la baranda, para escucharlos. A veces también me llevaban a Candelaria, un pueblo aún más pinareño que Artemisa, por donde pasábamos a ver otra rama de la familia, los Rivero y los Martínez. Qué casualidad, también allí había cuenteros como mi abuelo materno y sus hermanos, que nos hacían reír con sus ocurrencias y que nos compraban barquillos de helado para merendar. De vez en cuando, hasta cantaban algunas décimas de las que habían aprendido en el campo cerca de Herradura y el entronque con nombre imposible, Tacotaco, lugar verde y sembrado de yuca y maíz, donde vivieron mis bisabuelas cubanas y donde por primera vez aprendí a subirme en una mata de ateje y a bañarme en un río. Hasta allí llegaban los versos del Cucalambé y los puntos guajiros que se acompañaban con tiples y güiros: “Mañana me voy, mañana, quien se acordará de mí/ solamente la tinaja, por el agua que bebí” (muchos años después me tocaría escuchar las voces de Pototo y Filomeno, los cómicos cubanos, cantando en Miami y en México algunas de esas décimas con sus grabaciones de “Yo pico un pan”, que hasta mi hija cubanoamericana llegó a aprenderse).

Todo ello parece hoy pura ficción, poética o no, historia memorada por quien envejece recordando su origen. Pero todo sucedió como se cuenta, en el correr de los años republicanos que constituyeron la mayor parte de mi infancia y mi adolescencia. Música y poesía no faltaban nunca: el piano se quedó atrás pero el verso continuó su curso. Emocionante visitar al Niágara por primera vez en 1977 (y varias más: 1978, 1997, 2006) para recordar a José María y sus himnos desterrados y las palmas que añoraba “alrededor de tu caverna inmensa”, a Martí en la Babel de Hierro con sus noches neoyorkinas que le servían de cobija y de segunda patria, a Tula la magna y sus versos andaluces de amor desposeído, a la tórtola de Milanés y a la golondrina de Zenea, a Ballagas con sus elegías, a Lezama con su mulo rapsódico, a Dulce María y su jardín, a Cabrisas y su lágrima infinita (y por qué no decirlo, a Buesa con sus versos radiales), a Carilda y su garganta matancera, a la Luisa Pérez elegíaca, a Fina y sus flores en la sien. Y ahora, por milagro de la vida, ha vuelto la música a llenar mi día y leo las notas y recuerdo a los maestros que se fueron, y acaricio un teclado con dedos que rememoran a los clásicos y a los populares, que piensan en los ruiseñores y en los venados, por qué no, y que no se cansan de oír aquel rumor de las celestes esferas pero también repican en un danzón, siempre cantando en lo hondo del alma. No en balde se celebraron mis quince años en el salón “Bajo las estrellas” del cabaret Tropicana, amenizados por la orquesta de Antonio María Romeu, hijo. Había rumores de ranitas y de pajarillos nocturnos aquella noche habanera de noviembre, que hoy día se revive en una tarjeta con la estatua de las Tres Gracias que adornaban la entrada, firmada por mi querida abuela con una inscripción familiar y amorosa: “Hoy cumple los quince mi nietecita”. Nada de ello invoca tristeza, no, todo lo contrario. Amor y dulzura de lo vivido a plenitud, y recordado en la letra viva de una página.

Hoy por hoy, contemplo los gorriones, tomeguines y pájaros carpinteros que vienen a la fuente de mi patio y pienso en aquellas otras aves revoloteando en la memoria. Siempre me intrigaron las bijiritas, quizás símbolo de las insurrecciones mambisas, y el vuelo de las torcazas aliblancas que (horror de horrores) mi padre y mis tíos y sus amigos cazaban en las inmediaciones de Guane, región pinareña de bajíos costeros y playas fangosas. Una vez todos llegaron a casa contando el incidente acaecido a mi tío Antonio, a quien una iguana le saltó a la espalda y trató de morderlo. No sé bien cómo terminó la peripecia, pero esos saurios no eran tan mansos como las lagartijas que yo casi criaba. En mi recinto del presente, hay unos camaleones hermosos, de pecho color azul turquesa, que se calientan al sol. Quién sabe si instintivamente me agradecen que no perseguí a sus parientes lejanos en una isla del Caribe, porque no huyen tan rápido como los pájaros que se escapan cuando abro la puerta, a pesar de las semillas y los granos que llevo en la mano para darles de comer. También hay tortugas por todo el lugar: copias de cerámica de Talavera o de piedra japonesa, no vivas, pero con nombre: Manuelita, Gertrudis, Chinita, Azul. Viene un colibrí (zunzún de mis niñeces) y se detiene en el aire, moviendo aceleradamente sus alas frente a mí. Una mariposa de alas transparentes, negras y amarillas, llega a saludarme, y su revoloteo siempre me hace sonreír. Esa sonrisa es portadora de deleites, de memorias persistentes, de recuerdos de infancia entre la flora y fauna de aquella isla verde y lejana, que hoy día se dibujan con colores más ciertos en los años dorados del atardecer humano.

Epílogo: entre tortugas y lagartijas y flores y pájaros descansan asimismo en el patio de mi casa las cenizas de mis padres, que no pudieron volver a los palmares junto al río San Cristóbal de su propia infancia, sino que hicieron su hogar permanente en el desierto de Arizona. A veces me siento en un banco frente a la urna de porcelana color turquesa y marrón y recuerdo versos de Julián, o cuando veo a una paloma aliblanca en el muro del patio le pregunto, como José Jacinto: “¿Ver hojas verdes solo te incita? ¿El fresco arroyo tu pico invita? ¿Te llama el aire que susurró? ¡Ay de mi tórtola, mi tortolita, que al monte ha ido y allá quedó!”



[1] La película de Hollywood había llegado al Teatro Martí, en la calle República del pueblo,durante la década de los cuarenta, y yo lloraba con la cierva Falina y reía con Tambor, el conejo que hacía un rítmico ruido pegando con la pata en una piedra; muchos años después,cuando volví a ver la película en inglés, me enteraría que su verdadero nombre era Thumper


Eliana RiveroPor: Eliana Rivero

Texto originalmente aparecido en La Revista del Vigía, núm. 32 y 33, año 23, marzo 2015.