derbys el libreroLos seres humanos, acostumbrados como estamos a regirnos por un orden organizativo que se contraponga o equilibre al real desorden que somos, en muchas ocasiones nos convertimos en método, o estamos obligados a propiciar conductas metódicas, corriendo el riesgo de convertir la existencia completa en dogma. No es otra cosa lo que persigue el ejercicio de la cultura, sino generar o producir un orden posible entre las personas, los objetos y la naturaleza, pero sobre todo entre las personas como sujetos que se intercambian sentimientos, saberes, poderes, afectos y desafectos a través de los objetos y la naturaleza misma. 

Sabemos, no solo porque lo dicen los libros, sino porque lo comprobamos diariamente, cuando miramos al cielo, contemplamos el mar o asistimos al nacimiento de una flor, que ese orden es uno de los signos privilegiados de la naturaleza, acercándola al más bello y sorprendente concepto de divinidad. Sin embargo, entre nosotros los humanos esa búsqueda adquiere el carácter de una obligación, la forma de una pesquisa con ribetes de responsabilidad, un ejercicio constante, agónico, un trauma calculado, una praxis permanente, en fin, un trabajo en el que se dan cita de manera peligrosa orden y desorden para crear un método, una manera de hacer, una sabiduría.
 
Constreñir lo humano en un contexto social determinado no solo cuesta el proceso  completo de la construcción de la cultura, sino la producción misma de la idea de cultura, donde  historia,  economía, ideología, religión, ciencia, arte, etc, se erigen en métodos pertinentes con sus funciones precisas, o sea, instituciones cerradas que deben desembocar en un fin objetivo concreto, alcanzable. Quizás sea la política - desde el fondo de nuestros infiernos cotidianos - la institución que con mayor responsabilidad debe cuidar por el desarrollo práctico de ese orden al que aspiramos los seres humanos; como quiera que sea debemos cuidar de no quedar obnubilados ante nuestros empeños, puesto que de la manera más ingenua podríamos quedar engañados; ella sola  no puede acercarse a ese deseo de perfeccionamiento, tiene que contar con la posibilidad real de un intercambio permanente entre todas las instituciones sociales, y ella como centro aglutinador.  
 
Con el mismo impulso que clasifico libros, y entrego información a cualquier estudioso interesado en la historia del teatro, desde hace dos años, y dentro de las actividades que ha generado La Casa de La Memoria Escénica en función de la cultura matancera, ejerzo el oficio de librero, al frente de La Librería de La Casa, surgida en colaboración con La Empresa Provincial del Libro y La Editorial Tablas Alarcos, especializada en la venta y promoción de libros de teatro, dando muestras de resultados sorprendentes, pues dicha librería - no creo ocioso decir esto - en dos años ha vendido un total de 4 800 libros haciendo entrega al Estado Cubano de 21 940 pesos.   
 
Constantemente me pregunto, si habrá un método que se pueda enseñar y compartir con los demás libreros, o sea, cómo pudiera convertir mi práctica de venta en método, o metodología útil para los demás libreros. Sería difícil porque en el caso mío, además de haber estudiado artes escénicas, ese placer está sustentado por el amor que siento hacia los libros, más la necesidad que me urge de escribir, para que los demás comprendan ese algo fundamental, ese conocimiento que hay encerrado en cada libro; cómo puedo a través de mis palabras crear un mundo de ilusiones en el otro que le fascine, conminándolo a leer. Quizás este sea el único método factible en el desarrollo y los triunfos de una empresa editorial que se apoya fundamentalmente en el librero como enlace entre el libro y las personas que habitan la sociedad cubana.
 
Convertir ese sentimiento en método sería algo difícil en el momento de ser usado por personas que no compartan los mismos intereses con los libros. Sin embargo, un poco en broma y un poco en serio me gustaría trazar, a modo de boceto, un grupo de ideas a las que se les podrían llamar decálogo del librero, o guía, pasos a seguir para convertir al libro en objeto deseable, un objeto moderno deseable que busca su espacio fijo, conversando con los sujetos armónicamente al lado de internet, la pantalla digital, el televisor, los videojuegos, los  teléfonos celulares, sin conflicto o contradicción alguna. Son lo que de una manera inconsciente está presente en mí en cada experiencia de venta.
 
  1. El librero está obligado a ser una persona culta, dominando no solo la historia de las literaturas sino la mayor cantidad de información posible que fluya en el mundo.
     
  2. El librero es alguien que ama los libros y a los autores por naturaleza, demostrándolo en cada intercambio; sabe que cada libro y cada autor son un aporte de sabiduría, un legado del contexto social y cultural al espacio humano que habitamos.
     
  3. El librero está obligado, por desprendimiento natural, a ser una persona educada,  portadora de patrones educativos, de valores morales, capaz de conversación inteligente, disciplina, disposición para saber escuchar y sobre todo atender el reclamo del cliente. 
     
  4.  El librero está obligado a establecer un diálogo franco con el comprador, animándolo a adquirir determinado conocimiento, convenciéndolo de que tiene algo importante para su desarrollo cultural como individuo: un libro.

     
  5.  El librero tiene la obligación, dentro de sus principios éticos, de preguntarle al cliente si está buscando algún libro en específico, y ayudar a encontrarlo. Si tiene el libro en cuestión se  lo entrega, haciendo un adecuado comentario del autor y de la obra. En caso de no tener el libro, es importante indicarle al cliente dónde puede encontrar ese libro, sin dejar de hacer el comentario pertinente,  señalando la importancia de ese libro, su aporte y valor real a la cultura, sin dejarle de preguntar, además, por qué está buscando ese libro en específico. Esta pregunta es fundamental, así puede comentar el libro en función de los interese del comprador, además de sugerirle un grupo de libros que son familia de ese que busca y le pueden ser útiles al cliente necesitado. En el caso nuestro, muchos libros de los que se buscan en la librería forman parte de la biblioteca nuestra,  y de esta manera la librería se convierte en (un) espacio promocional de la biblioteca.
     
  6. El librero tiene que estar convencido de que siempre que alguien se acerque a la mesa de los libros, es una oportunidad única para dialogar, o sea, transmitir cultura literaria. Si el cliente se acercó solo por curiosidad, no desaproveche la  oportunidad para dialogar. Sin temor alguno pregúntele ¿Qué le gusta leer?, y aproveche para mostrarle los diferentes libros que tienes. Si dice no, no busco nada, solo es curiosidad, sugiérale algún libro. Tome un libro, y entrégueselo para que lo hojee. Si se acercó a los libros es por alguna razón. Él quiere algo, conmínelo a decirle lo que es. Se acercan a la mesa de los libros muchas personas que nunca han leído página alguna y es una oportunidad única que tiene el librero para introducir a una persona en el maravilloso mundo de la literatura.
     
  7. El librero está convencido de que cualquier tema se puede relacionar con los libros. El libro es - o puede ser - un puente para hablar de cualquier tema. Siempre es recomendable tomar un libro de los que están en oferta, y leer fragmentos, poemas,  frases o pedazos del texto a las personas que se acercan interesadas. En el caso mío, acudo a determinados diálogos de personajes.
     
  8. El librero tiene que saber que casi siempre, excepto cuando son obligaciones de la escuela o trabajos de tesis, las personas están buscando libros que los ayuden a entender lo que les está pasando en sus vidas, libros que los ayuden a comprender entender y resolver sus problemas. De algún modo el librero es un psicólogo que cura con libros y recomienda ciertos títulos con amabilidad y sencillez.  En este caso las preguntas ¿Qué deseas leer? ¿Qué has leído de este autor? ¿Qué  necesitas? ¿Conoces a este autor?, son fundamentales, pues las respuestas de esas preguntas te permiten tener una visión del universo cultural del cliente para poder ayudarlo, guiándolo en el encuentro del libro que necesita.   

     
  9.  Lo más importante no es convencer al cliente de que tiene que comprar determinado libro, si no de que hay libros abundantes en el mundo esperando por él.
     
  10. Es preciso que en la librería, o en el espacio donde se ofertan los libros, reine  el orden, el buen gusto, y la belleza, pues ese recinto es un espacio cultural donde prevalecen  el conocimiento y la sabiduría. Sea como sea el espacio está obligado a ser acogedor, agradable, cálido, amable. Si es posible, como en el caso de La Librería de La Casa se recomienda música especializada y exposiciones de arte en las paredes, si no es posible son suficientes el orden y el buen gusto.    
El librero no es un sujeto independiente o aislado que vende libros en una librería flotante, forma parte de un proceso cultural, en realidad es un campo cultural muy amplio, que se llama Literatura, (empezando) que empieza en el autor, incluyendo editores, correctores, diseñadores, ilustradores, y (acabando) acaba en el libro, pero en el libro que entra en la sociedad y se pierde en los lectores desapareciendo en forma de conocimiento. 
 
Sería absurdo crear un tratado sobre cómo vender libros, lo mejor es que cada librero tenga su propio método, este es el mío, a partir mi modesta experiencia al frente de La librería de La Casa, que tiene como particularidad la venta de libros de teatro, (un) universo difícil en el momento de ser leído.
Si el librero reúne estas características, o al menos algunas de ellas, sin lugar a dudas tendrá éxito. Un libro es una persona con la que siempre alguien querrá conversar.
 

Por: Derbys Domínguez