Edelmis Anoceto Vegala búsqueda de la belleza más oculta, esa que de no ser por el verso quizás no veríamos, se entroniza a la vieja usanza de los poetas malditos decimonónicos – o de cualquier época – a quienes el autor dedica este libro, en cuyas páginas merodea aquel espíritu, junto a una cubana acérrima, perentoria, a las más filosas aristas de la realidad tras la cual encuentra la belleza – maldita o bendita – que nos entrega mediante la “palabra sangre hembra luminosa”, la palabra hombre en sus virtudes y defectos, la palabra peligro de los malos sueños donde el poeta permanece, “ va de sus silabas a la carne, de sus miedos a los portales grises” edificando un universo propio, para eludir quizás otro, donde “se puede morir y hacerse el muerto” pero no basta.

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Selección de textos del cuaderno de poemas “Desertor del Cielo” *
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Penitencias

A verter en la fuente
dedico lo que sobra de estos días,
lo que estos días simulan.

Termino donde comienza el agua su curso,
y bajo mis pies no se adivina
la entraña de la tierra.
Podría si quisiera cruzarme de brazos
y ver pasar los autos, verlos alejarse
con sus ruidos a otras provincias extraviadas.

Si no tuviera esta visión intacta entre los ojos,
si no escasearan ahora aquellos domingos de viaje,
que vienen a ser como un alivio
para los penitentes,
no podría quedarme entre dos aceras,
entre dos noches, entre dos palmas reales
viendo al agua nacional caer sobre los adoquines.

He pronunciado una palabra inútil,
pero me llena de regocijo saberla a mi lado,
una niña que camina hacia la escuela,
inconsciente.
Una palma real entre dos noches.

Ha sido muy difícil entrar en ese estado.
La magia es a veces un soplo contra el rostro,
un color que se pierde
como un tatuaje falso.

Otro domingo sin costumbre antigua
sería demasiado.
Un sueño a medias no sabe en que lecho posarse.
Hay ruinas,
frialdades que la fuente no quisiera entregar,
un gesto, un roce imperceptible
guardado desde siempre para mi.

Yo no comprendo lo que significa una ciudad,
no comprendo
que el viento sea siempre otro,
como acabado de nacer,
no puedo descifrar lo que es visible.

Solo siento pasión por esos días
en que se acude a una cita frente al cine
para comer la fruta prohibida.

Yo que no doy conmigo en los portales,
me sobrecojo.

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Decadencia del solo

Mirad las decapitaciones,
las negaciones en el rostro del ángel.

Aquí nació la flor
para luego marchitarse sin sentido.
Los pasos no son pasos
cuando la arenisca atormenta desde el norte.
No habrá certeza más promisoria que el ayer.
El ayer disuelto sobre los lechos pecaminosos.
Los trenes atraviesan las soledades
y en el aire no queda más que una pregunta.

Mirad esas dedicatorias en los manuscritos inservibles.
Arden sus páginas
a pesar del aliento adolescente
y de los entusiasmos.
Lo único descubierto es la carne propia
bajo las sábanas,
una porción minúscula para alimentar la bestia,
la estridencia de los años sucedidos
como en una premonición.

La esfinge vela en los acueductos de la noche,
es amigable su mirada,
pero el sólo no traslada a sus ansias
una estación como la lluvia,
en ella se realizan las versiones de la eternidad,
día a día,
como el barro fraguado contra los espejos.
Esa prehistoria ha de fundarse
con la urgencia que el polvo deposita en los siglos
estáticos, ruinosos.

Alas de ángel que se guardan en la trastienda,
entre los escupitajos de los ancianos
y los bombillos rotos,
para ser sacadas a la luz,
para comenzar las reparaciones,
como si el tiempo pudiera cosecharse en el jardín,
una semilla más
que palpar en el bolsillo,
moneda acariciada por los niños,
sin el reflejo que alivia las fiebres.

Mirad los arados de los hombres,
cuyas palabras quedan en la tierra.
Mirad las mutilaciones y las perdidas.

El ángel ha callado
y su silueta resucita lentamente
cuando la luz se apaga
de una vez en los pasillos.

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Arenas cotidianas

Era una música amarga, arrancada del paisaje
y era su espejismo a lo lejos, era el vacío
con que se vislumbra una ola
perdiéndose sobre el cuerpo del mar.
su aroma hacia algún espacio irreconocible,
violado solo por las aves
y por su canto infiel cada día
en las arenas cotidianas.
Porque cada día atraviesa los umbrales esa música,
que será, para observarnos sentados,
ciegos, y de una vez ser un rostro mugriento
posando sobre la piel, allí.

Pero quisimos construir un muro
como un documento que mostrar
y fue un beso en las entrañas,
hundiéndose temible en las entrañas de la noche.
Y vimos caer la partitura que decía adiós
desfallecida.
Una música sólo comparada a si misma,
esparcida como los restos de un barco en el desierto.
Era el polvo que las generaciones de aves hacen confluir,
después del miedo, después del nacimiento,
en el silencio de las casas,
el polvo viajero de las notas antiguas
en los labios del ahogado, después de las libertades.
Vamos a ser los ciegos y vamos a preguntar
esa música que significa bajo el agua.

* Estos poemas pertenecen al cuaderno “Desertor del Silencio”, Ediciones Loynaz, 2007


Edelmis Anoceto Vega.
Santa Clara.1968. Poeta, traductor literario y editor.
Ha publicado – entre otros - los cuadernos de poesía “Cantos del Bajo Delta”, 1998, “Imago Mundi”,2002.