Para mi madre y mi abuela

El derecho de nacerDomingo 27 de enero de 2008, a las ocho treinta de la mañana, en muchos hogares cubanos se vio la película mexicana El derecho de nacer, basada en la radionovela homónima de Félix B. Caignet, nuestro escritor, dramaturgo y compositor santiaguero. Precedida por un notable éxito entre los radioescuchas cubanos, México en 1952 realiza una versión cinematográfica. La historia de Albertico Limonta y la dulce Mamá Dolores otra vez entraron en el imaginario del cubano como una noción de lo auténtico: ya se había llorado con los avatares creados para una soap opera radial.

Nadie tiene derecho a desvirtuar los posibles valores de una propuesta que escrita con la misma premura con que se responde una llamada telefónica ha entrado al imaginario nacional. Mientras veía a mi madre y mi abuela sentarse enternecidas a recordar, en el caso de mi abuela, o volver a ver un filme ya puesto otras veces, pensé en las peculiaridades que tiene llorar para nuestra idiosincrasia. Y pensé además en toda la parafernalia del llanto presente entre nosotros.

En Cuba soñamos el amor en tiempo de bolero, escuchamos terribles historias de muertos y aparecidos del mismo modo que damos peso a estrafalarias leyendas de amores imposibles o de luchas por el honor: o como sucede con la historia de Manuel García, Rey de los Campos de Cuba. Estamos a merced de una cultura manipuladora del llanto, y de la risa. Un llanto que vive en otras particularidades y que se neutraliza con nuestra propia alegría de analizar las cosas de este mundo. Nuestra novelística piensa diversos espacios de representación en los cuales, incluso en Lezama Lima o Alejo Carpentier, algo de lágrima se avizora en algún entresijo de la historia.

Pero no por lágrima debemos pensar que la cultura cubana tiene sólo dos matices. Las peculiaridades del llanto cubano no deben ser vistas del mismo modo en que construye su imaginario las industrias del entretenimiento. El llanto cubano de El derecho de nacer, y otras propuestas, si bien tiene un origen precisamente en la constitución de una manera de ver el fenómeno radial, ha pasado a constituirse en tradición y ruptura. Es tradición porque se aprende a llorar. Es ruptura porque ese recuerdo, que con el tiempo se va perdiendo, se va descontextualizando, y lo que en algún momento tuvo un referente directo se convierte en frases del imaginario y el saber populares desprovistas de un referente directo. (Recuerdo cómo la abuela de mi hijo, en época de crisis, cuando se resolvía un problema decía: “Por fin habló don Rafael del Junco”, quien era uno de los personajes de El derecho de nacer .)

Así vamos construyendo los arquetipos de una cultura y una mirada al llanto, al dolor, a la tragedia, desde perspectivas que pasaron de lo institucional a lo popular, ¿o es que están instituidas en el imaginario nacional popular también las nociones del llanto como marca de identidad? Esas mismas miradas se adentran a fenómenos actuales de las telenovelas. Y por eso quizás tenga gran popularidad el fenómeno del alquiler de las telenovelas mexicanas actuales. Porque también es cierto que día a día las mujeres, y muchísimos hombres cubanos, se sientan a ver qué sucede con la telenovela de turno. Y a las etapas gripales damos el nombre del personaje negativo en boga dentro de la telenovela, sea nacional o extranjera, y en el caso nuestro generalmente brasileño.

Sería plausible deconstruir esas nociones de nacionalidad que se verifican más allá del célebre Contrapunteo cubano entre el tabaco y la caña de azúcar para ser el contrapunteo entre el llanto y la risa. O mejor repensar qué de nosotros es significativo a nivel universal para todos los cubanos. La realidad nos dice que vivimos una superficialidad en la cual el uso del llanto o de la risa adquiere profundidades más allá de la piel del cubano. Decimos que el cubano se ríe de todo, pero también que después de la risa viene el llanto. En ese suceder no se escatiman esfuerzos para dejar ver lo que de alegre tenemos, y esa alegría prospera como sinónimo de éxito, de arraigo, de mirar al otro como quien debiera reír también. No damos cabida al dolor y sin embargo es adorado en las telenovelas y en la tradición de una radionovela multiplicada hasta la saciedad por otras tantas propuestas. Somos los reyes del choteo, y a tal punto que tenemos, escrita por Jorge Mañach, nuestra Indagación del choteo . ¿Y quién escribirá nuestra Indagación de la tristeza ?

Domingo 27 de enero de 2008, a las ocho y treinta de la mañana en muchos hogares cubanos se vio El derecho de nacer, en un espacio hecho para recordar, para el cine que nuestros padres y abuelos iban a ver a los cines. Cine del llanto, pero también de la alegría. Establecimiento, y reestablecimiento, dentro del imaginario nacional, de una filmografía que ha ido conformando nuestro modo de ver el llanto o la risa, las marcas de una idiosincrasia establecida además, ¿y por qué no?, por un fenómeno que tuvo en la radio, al que se suma ahora la televisión, un signo de indeleble cubanía: el derecho a llorar.

Por: Gaudencio Rodríguez Santana
(Perico, Matanzas, 1969). Ha publicado entre otros, los libros de poemas "Accidentes", (Ediciones Matanzas, 2003), "Teatros vacios", (Ediciones Matanzas, 2003), "En la moviola", (Ediciones Avila, 2006)