Documentar. MemoriasEspecialmente para Enrique Ríos Prado

He imaginado un texto dramático, donde  Carlos Villanueva (Villita) salva de un ciclón todos los libros de la biblioteca del Castillo de la Fuerza. Lo veo entre las olas, los azotes del viento, custodiándolos. La idea fue de mi amigo y colega Enrique Ríos Prado, cuando le envié mis Apuntes del Aleph, un libro aun por terminar, que habla de bibliotecarios, de archivistas, de documentos y de memorias de la ética. ¿Por qué no escribes un texto sobre Villita? – me incitó.

En 1999 escribí un texto para títeres donde Pedro Esquerré, amarrado con cadenas a las columnas del Palacio de Junco, lo defendió de la destrucción. Después he imaginado – tras los terremotos, los tsunamis y las explosiones nucleares de Japón; las bombas cayendo sobre Libia -  otro texto, donde un bibliotecario, un archivista intenta salvar, casi en el Apocalipsis la memoria de una nación, que puede ser cualquier rastro del hombre sobre la tierra. 

A veces, esos rastros que algunos creen innecesarios.
 
Son situaciones límites, imaginadas; pero reales, para otros, en muchos rincones del planeta.
Es un drama que ha perseguido a las civilizaciones humanas desde su surgimiento hasta hoy. Una cuestión que hace preguntarnos dos preguntas claves: ¿Por qué perdimos la Biblioteca de Alejandría? ¿Cómo llegó hasta nosotros ese poema monumental que es la Biblia?  En ambos, el único responsable fue el ser humano: lo irracional por una parte y la virtud, por otra.
 
¿Por qué cada biblioteca o archivo se hace paradigmático de los conocimientos del ser humano y constituye un símbolo?  
 
El tiempo que acumula tesoros de sabiduría. El cuidado de cada tablilla, pergamino o libro de seres anónimos; la investigación rigurosa y el celo de generaciones y generaciones que han perpetuado esa sabiduría para el futuro, como monjes.  Pero conocido es, que incluso, entre ellos, se filtran los que comercializan, manipulan y destruyen.
 
Cuando se salvan los restos de Ambrosio de la Concepción Sauto – el principal auspiciador de su existencia -  y se conservan para la posteridad, con fragmentos de sus zapatos y ropas, estamos contribuyendo a iluminar nuestro paso por la tierra, junto a los que iniciaron el camino.

Cuando Enrique Ríos Prado ha rescatado de los rincones documentos valiosos, olvidados en pasillos de ciertas oficinas estaba contribuyendo a salvar documentos de la destrucción y la perdida irreparable. ¿Qué se hace en un caso como ese? O recogerlos, conservarlos y protegerlos. O la más fácil de las opciones: Olvidarlo. La esencia de la cuestión está en ese acto de conciencia, vocación o fe. O en la falta de ella.
 
- ¿Para que quiere ese loco esos papeles viejos? – dirían algunos.
 
Una pregunta sobre esta escena:
 
¿Son más los que lo recogen los documentos o los que pasan desapercibidos por su lado, sin importarles: ingenuos o cínicos? ¿Es una cuestión de leyes, resoluciones patrimoniales o seres humanos con esa conciencia, vocación o fe? ¿Y después que están bajo nuestra custodia, lo conservamos, protegemos y difundimos? ¿De qué manera, bajo que códigos éticos, con qué cientificidad y metodología? Esa es la segunda de las cuestiones: la ética. ¿Qué es la ética? ¿Por qué me persigue y asedia? - pregunta Villita, bajo el agua.
 
¿La ética de un bibliotecario la inventaron o es mía, vive conmigo? – sigue preguntándose Villita, el personaje de mi drama,  mientras la central nuclear de Fukushima sigue constituyendo un peligro letal para los japoneses y hasta para el planeta tierra.  Y esta sería otra de las situaciones escénicas:
 
Hay una clara y definida coherencia de instituciones de largo historial, que trabajan sobre un basamento legal; y otras, de instituciones que comienzan e inician un proceso de aprendizaje, concienzudo y paciente; pero que hay que afianzar esa conservación, protección y difusión sobre nuevos fundamentos éticos nacidos de la experiencia nacional. ¿Hasta donde lo existente y visible ha dejado de existir? ¿Hasta dónde en esa trayectoria vital no ocurren actos de destrucción, abandono, daño, y hasta robo de nuestro patrimonio? Los conozco: carteles únicos perdiéndose entre el polvo y el agua, delante de muchos de los que habitan esta ciudad. Incluso, ante los ojos de los que hacen el cuento, critican, pero tampoco toman una decisión, y no se lo llevan – por ejemplo – a su casa como Ríos Prados, para un día hacerlo patrimonio de todos, que debe ser parte indisoluble de la cuestión: lo que importa no es el individuo, sino la sociedad; aunque sea esencial en esta historia. 
 
¿Hasta donde aprendemos de las experiencias pasadas y de lo que nos depara el futuro? Tengo mis dudas, porque el ser humano, a veces es más individualista, que altruista y aún hemos aprendido muy poco de leyes, resoluciones, propiedad intelectual y de ética sobre el tema.
 
Otras preguntas que persiguen al personaje Villita y que tienen su origen en su propia vida:
 
¿Hasta donde logran los fundadores mantener la continuidad de su legado? Me asusta y es complicado responder. Ciertas experiencias demuestran que no siempre. El archivo de María Lastallo en el Teatro Nacional de Cuba,  es un ejemplo. ¿Dónde está? Hablo de la visibilidad de su existencia.
 
Esta anécdota de Ríos Prado sobre la huella de Villita me estremece y casi me hace llorar, por qué hace preguntarme, y quizás también a Jesús Ruiz: ¿Por qué tanto desvelo si al final, alguien lo demuele todo en un instante? Son dudas, incertidumbres que asedian a quien hace este trabajo. Escuchen, que cito textualmente el email de Ríos Prado:
 
“Carlos Villanueva (Villita) Invirtió muchos años en la confección de un catálogo de materias, que el público podía consultar hasta hace unos 20 años y hoy se haya reservado solamente a los referencistas. De ello me enteré cuando solicité revisar el "catálogo de Villita", como todos lo conocían, y obtuve una respuesta muy ácida y arrogante, de la responsable de la sala: "Aquí no existe eso que usted pide. Usted querrá decir "catálogo factográfico", pero no está a disposición de los usuarios". Termina escribiéndome en su email, el amigo Ríos Prados: Para mí, y me consta que para muchos otros, seguirá siendo el "catálogo de Villita", como en tu caso la "biblioteca de Pepe"  - y aquí habla de la biblioteca de la calle Matanzas, entre Medio y Ríos - conservará por siempre ese nombre afectivo, no oficial ni técnico”.
 
¿Hasta donde el Estado es responsable de ello, y de lo que va a acaecer en el presente y el futuro? ¿Les importa? Parece. Solo eso y hablo de archivos de la escena. Las iniciativas son individuales: el patrimonio de Papalote desde los sesenta ha sido labor de René Fernández Santana y no por una estrategia institucional, que vaya más allá de la preocupación directriz del Consejo Provincial de las Artes Escénicas.
 
El cuidado y protección del patrimonio titiritero  y de la Galería El Retablo, es la labor de Zenén Calero y Rubén Darío Salazar. La labor de conservación y difusión del patrimonio que inició el Teatro Sauto, comenzó con la imprescindible sensibilidad de Danerys Fernández, su historiador, que reunió a su alrededor un equipo, y especialmente de la conciencia patrimonial de Cecilia Sodís.
 
Pregunto de nuevo:
 
¿Le importa a alguien más allá de nuestras propias conciencias? En ese aspecto somos independientes. A nadie les interesamos, nadie nos controla, ni rige la política patrimonial de las artes escénicas, más allá de nosotros mismos: que somos individuos, ciudadanos,  y a la vez representantes del Estado.
 
A veces, ni están en el lugar donde debían escucharnos. Solo escucharnos. Compartir criterios y viabilizar. ¿Me importan ellos? ¿0 el futuro de la identidad cultural de este país? Lo segundo, porque en mi caso, como en la de muchos de los que están aquí, la suerte está echada. ¿Es importante lo que conservamos para los demás o forma parte de una necesidad individual, egoísta u egocéntrica que no importa a todos y solo a los que la promueven? ¿Somos privilegiados o no, con respecto a otros países que también conservan su patrimonio escénico?  ¿Cuáles son esas experiencias, la mayoría individuales o de agrupaciones en esos países, salvo ejemplos, que son paradigmas de esa preocupación gubernamental?
 
Ejemplifico con lo que sé, por experiencia: La existencia de La Casa de la Memoria Escénica, desde hace dieciséis años, por ejemplo es cuestión del Estado, porque es él, quien lo garantiza todo: tecnología, estrategias, presupuesto, política cultural…, pero, ¿qué sucedería si no existiera Mercedes Fernández Pardo que la procreó  junto a otros, y la defendió hasta el día de hoy, de los que creen - o mejor creían - que no era importante?
 
De los que desean después de que el tiempo y el trabajo la han alimentado y hecho crecer: desaparecerla.  ¿Ha sucedido lo mismo en otras provincias? ¿Por qué? ¿Existiría la Galería Raúl Oliva, sin el apoyo, de Julián González, el Presidente del Consejo Nacional de las Artes Escénicas?  Lo digo, pensando, en las palabras  de elogio de Jesús Ruiz, en la Conferencia Científica del ISA del año 2008. Los directivos viabilizan la labor de otros. Apoyan sus sueños.
Sigo pensando en la magnifica combinación del ser humano,  con la política cultural de un país.
 
Para las guerras y los desastres de la naturaleza, por ejemplo, nosotros, como Casa de la Memoria Escénica, realizamos las salvas y  copias de nuestro patrimonio. Para que al menos, quede algo después de la hecatombe, si llegará a ocurrir. Hay alguien responsable de hacerlo en el momento indicado, para guarecerlo de los proyectiles apocalípticos. Esto es una práctica nuestra, de la política patrimonial, que la asimilo como algo natural e imprescindible, y casi me miraron con asombro en Montevideo, durante el Encuentro Iberoamericano de Archivos.
 
- ¿Y eso? – dijeron.
 
Es una estrategia del país proteger ante situaciones límites ese patrimonio. Un patrimonio, que a veces, cruza nuestras fronteras y van a parar a los archivos de otros.
 
A veces lo dejamos en la puerta de una oficina, a veces hacemos que circule, sin protección, sin cuidado de la propiedad intelectual, del respeto al patrimonio; pero tenemos esa virtud: el de crecernos ante las grandes catástrofes, y tener claras nuestros objetivos, basados en las experiencias durante siglos de tantas guerras de rapiña.
 
¿Por qué tanto celo en protegerlo?
 
El hambre, después del destrozo, es algo que pasa. Las trágicas muertes de los seres humanos, también, aunque no se olvidan, y permanecen. Pero las pérdidas de la identidad cultural, esas son insalvables. Recordemos que si la Varsovia destrozada por la guerra pudo reconstruirse fue a partir de los documentos y fotos conservados.
 
Pero, ¿qué hubiera sucedido si esos documentos hubieran caído en las manos equivocadas? Si también hubieran desaparecido junto a los edificios.
 
¿Adiós Varsovia?  - pregunta Villita.
 
¿Qué quedó de la monumental Biblioteca de Alejandría?
 
El recuerdo de que una vez hubo una Biblioteca de Alejandría atormenta.
 
Otras interrogantes nacen de la práctica cotidiana, que por suerte hemos – nosotros los de la Casa de la Memoria Escénica – dejado atrás:
 
¿Por qué creadores y artistas entregan o no sus documentos a instituciones culturales? La respuesta es la duda y la desconfianza. Es algo común aquí, y en otros lugares del mundo. Lo importante del intercambio con colegas cubanos y del mundo es que uno aprende y reconoce virtudes y defectos de nuestro trabajo y de otros. Ese intercambio también debía interesarle al Estado, para dignificarnos en nuestra soledad y  enaltecer al país que amamos por encima de egoísmos individuales o colectivos.
 
¿A quién entrego mi memoria? ¿A quién? – preguntan los creadores.  Esa es la pregunta. Solo la respuesta te hará depositarlas en alguien, testamentar, confiando en un  espacio que defiende, protege, difunde y sociabiliza el patrimonio documental.
 
¿Los cuidaran? ¿Los perderán? ¿Harán uso adecuado de él?  - se preguntan muchos y lo digo desde la práctica de once años, que es… solo el inicio de algo, en lo que constituye una carrera de larga distancia, con bajo presupuesto.
 
¿Hacemos siempre lo correcto después que están bajo nuestro resguardo? – pregunta Villita y reflexiona sobre zonas sencillas, cotidianas, de la labor a la que dedica su existencia.
Entonces juntos, analizo aspectos, que no parecen importantes y son esenciales para la supervivencia de estos espacios, de la memoria y el honor de un archivista.
 
Hay aspectos cotidianos que aun no hemos aprendido por que las leyes de derecho de autor, de propiedad intelectual y de protección del patrimonio no las conocemos, no las enseñan, no las concientizamos. Y eso es algo que debemos ir aprendiendo y que alguien debe hacernos respetar.
 
La intención de la Red Iberoamericana de Archivos de la Escena tenía ese objetivo, pero alguien – una organización internacional como la UNESCO tal vez, debía habernos procurado una existencia coherente. La intención de la Red Cubana de Archivos también quiso concretar objetivos, pero debe existir el apoyo que vaya más allá de la formula prestigio personal e institucional, y que se concreta en la sensibilidad del Estado. O mejor de los que los representan. Otra vez vuelve a mi análisis la fórmula individuo, ciudadano y Estado.
 
¿Hacemos lo correcto? Vuelvo y pregunto. ¿He hecho lo correcto? – pregunta Villita, personaje. Reflexionemos con algo en lo que la rutina de las prácticas cotidianas nos hace caer, ingenuos, ignorantes, egoístas y hasta cínicos.
 
Por ejemplo: 
 
Generalmente, aunque no lo sabemos, se promociona de una obra en materiales de difusión cultural, solo unos tres minutos. Es lo permitido, y no difundir el material completo, en toda su extensión. Hablo de una puesta en escena. Solo se trabajan tres minutos como promoción.
 
¿Se puede circular textos dramáticos digitales y de archivos, bajo nuestro resguardo para ser utilizado por otros sin el permiso de los autores o de las instituciones responsables de su protección? ¿Pedimos permiso al autor, respetamos las leyes de propiedad intelectual y los herederos?  ¿Conocemos lo que es una versión o una adaptación y lo que es imprescindible hacer legalmente ante esta situación?
 
¿Se pueden ofrecer servicios de imágenes digitales – de manera irresponsable – sin tener en cuenta el coprig, la fuente que lo conserva o protege? ¿Todos tenemos la ética del investigador, del archivista y el bibliotecario profesional?
 
¿Podemos permitir los archivistas y bibliotecarios la piratería de los archivos, el uso de imágenes de archivos personales o institucionales?

Ejemplifico – entre otros muchos -  desde la práctica, y desde lo que es común y aceptado en la Cuba del siglo XXI:
 
La catalogación y el fichaje, con marca de agua de las imágenes del último evento teatro callejero muestran una lucha contra la desmemoria. Contra la memoria que nos pasa la cuenta, constantemente, cuando no identificamos fotógrafos, hechos, personas y debemos iniciar una rigurosa investigación.   
 
Dentro de un mes no sabremos a que evento perteneció, a que grupo, que día y quien fue el fotógrafo que la perpetuó.
 
La sociabilización de los archivos debe usarse desde estrategias que permitan su conocimiento y divulgación; pero jamás al uso indiscriminado e inescrupuloso.
 
¿Qué sucede si Pepe Murrieta, la imagen de la escena cubana, reclama su derecho por el uso de una de sus fotos en el periódico Granma que divulga un evento cultural? ¿Qué sucede si de pronto una foto de El Gato y la Golondrina es usada en un afiche promocional de un evento internacional sin mencionar a su fotógrafo Ramón Pacheco?  ¿Qué pasa si ese fotógrafo es europeo? ¿Qué pasa si la serie Títeres de la Agrupación Venezolana de Muñecos, en nuestros archivos se pasa por la televisión yumurina, si pasa de mano en mano, como si fuera una telenovela de las que en Cuba todos admiran, violando constantemente cualquier propiedad intelectual vigente en el mundo? ¿Podemos hacer con los archivos de nuestros creadores un uso inescrupuloso del mismo después que no es entregado sobre la base de la confianza mutua? 
 
La promoción y la divulgación de nuestros archivos tienen leyes, resoluciones, una especializada catalogación, y fichaje adaptada a las particularidades de nuestras instituciones, y especialmente el conciente uso de la ética. Es respeto a los creadores, al trabajo de las instituciones y al de nuestra nación, a la que nos debemos. Jamás traicionaría el celo, por ejemplo de Pedro Vera con sus archivos, en nuestras manos: fotos, cartas, documentos, videos… O con la donación de Pedro  Quiroga, de sus archivos de fotos de personalidades de la escena. O con los regalos históricos de Ríos Prados.
 
Es una propuesta a la reflexión de nuestra labor, especialmente, cuando vemos en un documental del 2010 el tráfico de títeres autóctonos en un país de África, que sobrecoge a unos, les impacienta el pudor; y a otros, los deja sin remordimientos ante un acto vandálico, en que se funden lo ético y las estrategias políticas de defensa del patrimonio.
En casos así, uno pregunta: ¿Cuál es nuestro drama?
 
Este texto solo intenta una propuesta a la reflexión de los sueños que nos persiguen. Un texto dramático sobre Villita me sumerge en la lectura de la Biblioteca de Babel y El Alep, de Jorge Luis Borges. Me lleva a El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco. Al Secuestro de la Bibliotecaria, de Margaret Mahay y al Orlando, de Virginia Wolff. De esas muchas lecturas, y de otras, recogidas en libros y revistas nacerá el texto dramático que ensayo en este; pero especialmente de lo que he experimentado en esta labor.
 
El drama de Carlos Villanueva (Villita) no comenzó con su actitud de arriesgar la vida para salvaguardar el patrimonio, de las inclemencias del tiempo. El drama de Villita está entre otros muchas subtramas, en la anécdota de mi amigo Ríos Prados y en las vicisitudes y sueños de archivistas y bibliotecarios, en la decepciones y en los anhelos de la perfección del trabajo y del ser humano. Está en el amor al pasado y al futuro de la nación, en los anaqueles polvorientos y sus secretos que hay que salvaguardar. En lo trágico de la soledad y la incomprensión, en las amenazas de los desastres provocados por la naturaleza y el hombre. En la constante pregunta: ¿Para qué sirve todo esto que hoy hago?
 
Y hasta en su respuesta:
 
Cada uno de los fieles, de los monjes, de los personajes de esta tragedia vivimos el dolor y la pasión de escribir en el viento la huella permanente (o no) de nuestra civilización.


Por: Ulises Rodríguez Febles.
Dramaturgo e Investigador. Dirige La Casa de la Memoria Escénica. Adjunta al Consejo Provincial de las Artes Escénicas de Matanzas.