Este es el mejor libro de poesía escrito por Gaudencio Rodríguez Santana, un poeta que domina el oficio y los demonios del idioma español. Su título —una conspiración contra lectores de portada— es una puerta simbólica hacia el interior de la complejidad humana. Economía Nacional fue escrito para dejar memoria; la huella de un proceso entrópico que desensambló la existencia física y psíquica de la industria nacional. Al leer estos poemas, la comunión con La Zafra de Agustín Acosta es inevitable; son como alas cortadas que ya no pueden volar sobre el verde de los cañaverales y caen sobre la sangre mestiza del olvido.

Por: Abel G. Fagundo

Selección de poemas del libro "Economía Nacional" de Gaudencio Rodríguez Santana


 

Economía nacional

Lo que nos hace ricos también nos hace pobres.
Es de ver la nación como un viejo molino
adonde iban a parar los días de invierno
la gloria del azúcar ahora en el olvido.
Las paredes ya truncas, el hierro y el rigor
de unas cuantas personas
que dormitan al pie de los centrales
la adversidad de olores ya perdidos.

Yo miraba el humo, el silencio y el ruido
que cada madrugada abría sus dos puertas
a un bullicio de hombres que ahora
son apenas vecinos de una fábrica
en medio de la herrumbre.
Yo sentía aquellos olores palpitantes
que hoy son largos bostezos, o torres de vapor
hundidas en una niebla ajena.
Lo que me permitió el orgullo
de ser parte de un sueño ya muy viejo
se fue como las aguas de una nación pobre.

El pueblo contempla chimeneas sin humo, el extraño
recuerdo del hollín en esos lugares
marcados por un muro y una rueda dentada.

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Por la ruta

 

En el muro de la casa
donde alguna vez viviera
Agustín Acosta
oriné largamente.
Junto a la vieja pared de una escuela
abracé a mi hijo. En lo mudo      
de una noche entre naranjos
al fin colmé el sueño
de los viejos cruzados.

Hombres de Dios, vean
cómo transcurre la felicidad
por aquellos senderos
que pasan alrededor
de los árboles. Lugares
donde a descansar se sientan
las frutas podridas. Árboles
rotos para siempre.

Cual una eternidad
habremos de cumplir
las palabras que siguen
a lo que fue. La palabra
también es el camino.
Alguna vez puse ese espacio
que aprende a continuar
ahora que al pie
de los viejos caminos transitables
regresan los demás, obra de caridad
o simple delirio, roce de las manos
en las viejas paredes.

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La marca del azúcar

No es con agua que arrancamos
ciertas huellas.
La cicatriz a veces se disfraza.
Algo de alcohol
raspa la última superficie
y en los vidrios
vinagre y petróleo
lo que deshace
la marca del agua.

¿Cómo deshacer ahora
la marca del azúcar?
Huellas que la maleza cubre,
¿cómo hacer para que vuelvan
las cañas? (…iban y venían,
desesperadas…)* ¿O cómo
sembrar ahora
árboles para el final
de tanta hambre?

¿Cómo deshacer la marca del azúcar?
Y sueño los herrumbrosos
caminos a través de la tierra
manchada por las mieles, la purga
de orfandad. Y veo
las eternas ruinas
despedazarse sobre el polvo,
sobre esta sobriedad del paisaje
que es una marca absurda
en la memoria.
 

* Nicolás Guillén.: “Elegía a Jesús Menéndez”

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Viejas carretas

Ciertas carretas arrastran tras de sí
el símbolo, los júbilos finales
que retardan el camino
al fondo de esa paz que se cruza en nosotros.
No más el polvo final de las carretas,
las últimas reencarnaciones
de este poderío regalado al azúcar.

La familia se redistribuye
en el mismo epitafio.
Las ruedas
rechinan blandamente,
hasta que un último esfuerzo del animal
las hace callar en un símbolo eterno,
como si la humanidad
quedara en el camino de las viejas carretas.       

Muchos me han pedido dejar suspendida
toda referencia a las carretas.
Han querido evocar
ciertas palabras que ahora
olvidas en un sitio
que largamente se derrumba. Bostas de animal
y sombra de la lluvia
apenas queda en los libros. Y la historia misma
se escurre por el embaldosado
de patios y oficinas.

Miro el paso de las mentadas carretas,
cómo crujen los hierros, la piel
que atenaza las carnes del buey
en el último esfuerzo, un hálito
que inunda la festividad de la mañana.
Del olvido vuelven y hacia allá
han dejado dos líneas, una marca en el espacio
que ciertas lluvias de estación
apuntalan con un invierno
hecho para la profecía.

Pasan, llegan o regresan
las viejas carretas en la noche.
O se desmoronan
viejas calles de un espacio
donde olvidé el amor por las viejas carretas.

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Trabajos elementales

Sobre el vacío de la tarde los hombres
hacen labores cotidianas. Hunden el cuchillo
en la carne. Lavan la ropa con sus mujeres.
Dan forma a la madera con un golpe.

Mancho con añil ciertas cuartillas.
Lo diferente es igual de cotidiano
y el pulso de unos dedos  en un cuchillo,
o de la madera que huye en cada golpe,
es una acción de fuerza.

Trabajos elementales se suceden. Tibios soplos
del aire cuando el sol
acude a su trazo, al tiempo elemental que emplean
los hombres en armar oficios que no tienen.
Con la seguridad de una línea que traza
postales de la tarde, hechos que gastan los vecinos
creyendo hallar la solución.

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Gaudencio Rodríguez Santana