Festival de Ediciones VigíaTodavía recuerdo cuándo fue la primera vez que hablé públicamente de Ediciones Vigía. Estaba en un programa de televisión, como parte de la difusión de la colección Pinos Nuevos, donde publiqué mi primer librito. Hablando de la idea de los Pinos, y de las ilustraciones de los artistas, pasamos casi sin advertirlo a la discusión del panorama editorial cubano. Eran tiempos oscuros para las publicaciones en Cuba, corría el año 1994 y la crisis había devastado nuestras ambiciones editoriales; el gesto de los animadores de Pinos Nuevos era precisamente una mínima tabla de salvación para que quienes empezábamos por entonces a escribir no tuviéramos, añadida al trauma de la iniciación, la experiencia de la impotencia de no poder ver nada publicado.

Mencioné, como cada vez que hablo de ediciones cubanas, el ejemplo singular de Vigía, y tratando de explicar qué era, tuve que sortear varios malentendidos: yo misma no pasaba del deslumbramiento de unas pocas visiones, así que no sabía a derechas de qué estaba hablando todavía, e intentaba explicar que los de Vigía no son libros de arte propiamente dichos. Ignoraba entonces que el proyecto tenía ya 10 años de existencia, aunque parecía haberse consolidado despaciosamente.

Cuando una habla de Vigía, sin un objeto a mano con que demostrar cuál es el trabajo de esta editorial, concita siempre un interés tremendo, pero es difícil explicar cuáles son las calidades del trabajo de esta editorial, por qué muchos de los mejores autores cubanos están en su catálogo, con cuánta laboriosidad acumulada se arma cada ejemplar. Y claro, nadie imagina tampoco qué significa tener un libro que es casi un ejemplar único, aunque el diseño sea similar a sus otros 199 hermanos. Un ejemplar único donde dejaron su huella unas cuantas personas, todas comprometidas con el destino de Vigía. Ya sabemos, a estas alturas, cómo nació el proyecto, forman parte de su leyenda esas noticias de su fundación mítica y real; muchos imaginamos que pervivirá siempre, porque ya se ha convertido en un icono de la cultura matancera, y nos parece tan permanente como los puentes de la ciudad o la música de Faílde. Es fácil, con tanta dedicación, salvarse de cualquier naufragio cierto o imaginado, pero ir construyendo día a día una tradición con la elegancia que lo ha venido haciendo Vigía no lo es.

Mis recuerdos son breves, más bien escasos, pero siempre entrañables. Veo a Cintio y Fina con Laura, en la biblioteca de la Casa de las Américas, presentando algún libro de Vigía, y luego veo a Laura en algún congreso, o a Estévez en la feria, a todos recibiéndonos en la casa de Ediciones Vigía para darnos una de tantas emocionadas bienvenidas a Matanzas, y descubro que Vigía es ya una tradición irrenunciable. Mi colección de Vigía es más bien escuálida, casi familiar: algunos amigos me han dejado algún ejemplar o lo he comprado yo en sus presentaciones, y Vigía no suele anunciarse mucho, no se prodiga. Como su trabajo diario, silencioso, sus presentaciones se avanzan más familiarmente; la noticia circula lenta y sencillamente de un amigo a otro, de un admirador a un nuevo acólito. Y va creciendo la familia, cada vez más ancha.

La calidad artística de los libros es ya el sello de esta editorial. La invención de un objeto cada vez distinto, suerte de poesía matérica armada con fragmentos, con pedacitos, con migas de vida, promete en los libros de Vigía, con la elegancia de lo inesperado, el encuentro con una huella casi escolar –la del rasgado, la caligrafía, los dibujos a veces imprecisos, infantiles- con un trabajo ceñido a la elaboración más complicada. Hay libros envueltos, con guardas de tela, redes, papel plegado y vuelto a plegar; los hay de diseño sobrio y otros que parecen un historiado lienzo medieval. La irrepetible calidad impar de lo único está en cada artefacto salido de las manos de quienes laboran en Vigía: digo artefacto porque los de Vigía parecen artilugios que pronto, si desatamos este lazo, o abrimos ese sobre, echarán a andar; algo puede echarse a volar en ese instante: siempre parece que estamos descubriendo, que no acabamos de descubrir qué esconde cada una de esas invenciones creativas. Y lo mejor, lo que prefiero, es la sensación de que ese libro ahora en nuestras manos, aún antes de haber sido leído por su primer lector, ya ha recorrido un largo camino de una mano a la otra; esto, que ocurre, claro está, con el libro industrial, es apenas visible en esas ediciones de miles de ejemplares; pero en Vigía, en los 200 ejemplares que cada vez salen acompañándose, está la huella perceptible, visible y, claro está, palpable, táctil, del recorrido de una mano a otra mano, y es como tener en las nuestras un testimonio de solidaridad entre la gente. Lo hermoso del trabajo de Vigía es, para mí, ese testimonio del trabajo común, de huella compartida, en cada una de las producciones del taller. Y la elegancia de sus diseños, la consciente selección de su catálogo, donde conviven autores matanceros de todas las edades y los tiempos con talento de todas partes, hace que la irradiación de Vigía, de su quinqué de luz a veces mortecina, llegue lejos y hondo.

Pero no hay que enseriarse demasiado. Estamos celebrando un cumpleaños, y a los cumpleaños se viene con regalos. Cuando recibí la invitación a acompañarlos estos días le ofrecí a Laura Ruiz una idea algo loca: sugerí que Ediciones Vigía invitara a quienes participaríamos de estas jornadas a compartir el regocijo de la creación común: participar en la confección manual de algún libro en curso, devolverle a Vigía la alegría que nos ha venido entregando permanentemente en estos 25 años. La verdad, pensé que no tendría nada mejor que mi propio trabajo  para ofrecerles. Y así es, en efecto. Y aunque la sensatez de Laura impidió que los celebrados tuvieran que estar dedicándose a orientar a los neófitos en cómo mejor recortar aquí y pegar allá, he venido hoy para ofrecerles mi trabajo. Es un hallazgo reciente que me ha colmado de satisfacciones y quiero compartirlo con ustedes hoy.

Hace unos años que vengo trabajando la obra de Dulce María Loynaz, cuya ejecutoria literaria nos dejó algunas joyas. Sin embargo, sólo tenía vagas noticias acerca de su trabajo como traductora, hasta hoy desconocido. En una carta a Aldo Martínez Malo, de 1982, ella le mencionaba como al paso una traducción que hiciera en Italia de la novela Ella no responde, de Matilde Serao. Aunque Serao fue una escritora bastante conocida, muy prolífica, fundadora de varios periódicos, cuyas obras fueron prologadas por Paul Bourget o traducidas por Valle Inclán e incluso resultó propuesta para el Premio Nobel, en Cuba permanece aún inédita. Perdónenme la digresión, que no lo es tanto: he encontrado, en los papeles de Dulce María recientemente adquiridos por el Ministerio de Cultura, la versión original de esa traducción. Y resulta curiosa, por varias razones: En la portada se anuncia como una “novela escrita por Dulce María Loynaz, comenzada en Italia en 1938 y terminada en Cuba en 1941”, algo que no consigo explicarme bien todavía porque la traducción incluye una nota al lector firmada por Serao. Quizás DML estuviera aludiendo a todo lo que, según su propia declaración, debió poner de sí misma en esa traducción. Quizás ese entregarse explique por qué hay varios puntos de contacto entre la historia narrada por Serao y una de las tramas de ese tapiz magnífico que es Jardín; la novela es una sucesión de cartas de un amante no correspondido, donde se narran los vaivenes de esa relación que nunca pasará de ser una posibilidad. Quienes recuerden Jardín encontrarán rasgos comunes entre esa historia y la del amante desconocido cuyas cartas descubre Bárbara en el pabellón del jardín. Pero no voy a extenderme más sobre este hallazgo desconcertante; prometí un regalo por los 25 años de Vigía, y aquí está:

Les ofrezco la novela traducida por Loynaz para que publiquen un fragmento, si se animan, como primicia.

Es sólo este testimonio de trabajo lo que puedo ofrecerles, pero lo hago, por supuesto, de todo corazón. Muchas felicidades a todos, y sobre todo, gracias.



[1] Leído en el Festival de Ediciones Vigía, en celebración del 25 aniversario de su fundación.


Zaida CapotePor :Zaida Capote Cruz
La Habana, 1967
Especialista en Estudios de la Mujer por el Colegio de México, Doctora en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana, Con el libro de ensayos Contra el silencio. Otra lectura de la obra de Dulce María Loynaz, obtuvo el Premio Alejo Carpentier 2005 y el Premio de la Crítica en ese mismo año. Es autora también del libro Tres ensayos ajenos (Letras Cubanas, 1994)