Callejón de QuintanalesEra lunes, bien temprano. Le sorprendió que aquel negro curtido se le parara en frente proponiéndole con insistencia la venta del machete. En la calle ya había algunas personas y bastaba una simple mirada –sobre todo una vieja y endurecida mirada como la de aquel hombre- para descartarlo de entre los compradores potenciales. Enseguida se acordó de Lombroso -rarísima trastadas de la mente- Apenas había escuchado a su vieja hablando del italiano positivista y de sus irracionales teorías sobre el rostro de los delincuentes, como para  acordarse de pronto,  en aquellas circunstancias. No lo pensó mucho más y saco los 80 pesos de la cartera. Recordó que allá arriba en la zona de los edificios nuevos, el reparto de los peloteros como ya lo conocían popularmente;  las cosas se estaban calentado y que su viejo hablaba con insistencia de la necesidad de protegerse, ante la actitud impredecible que pudieran adoptar  los vividores que se la pasaban merodeando. El machete era de cabo rojo, marca Bellota, grande, nuevo y brilloso, con el filo aún virgen. Un objeto bello  que tenía a la vez la condición de infundir temor.

Lo más sensato era regresar loma arriba por el callejón de quintanales y dejarlo en el apartamento. No iba dar todo ese viaje hasta la escuela con aquello en la mano, la prudencia no se lo aconsejaba. Subir la loma era del carajo, ya veía la parada de la diez. Lo volvió a pensar y comenzó el ascenso. La idea del machete por alguna razón lo había emocionado. Ya era un hombre aunque en algún lugar todavía cercano a la superficie, el niño a veces pujaba por mostrarse Trato de envolverlo en unos pedazos de nylon negro para basura que encontró a su paso, justo antes de la cuesta empinada que saca el aire hasta a los más jóvenes. En el auricular derecho comenzaba la canción de Raúl Paz “no me digas que no” un tema pegajoso que había escuchado decenas de veces pero que no terminaba por aburrirlo, colocó el otro extremo en el oído izquierdo y “pero yo no les temo demasiado” tarareo sin percatarse por la hermeticidad de los audífonos del tono alto de su voz.

No pasaron unos segundos y detrás de una reja que cortaba el paso a la entrada de un estrecho y sucio pasillo, salió un mulato joven, visiblemente borracho pese a la hora – oye blanquito eso yo te lo meto por el culo – No lo escuchó por la música y  ni siquiera movió un musculo de su rostro, ni giro la cabeza para mirar; lo que irritó al tipo embriagado que en segundos le cortó el paso, mientras se podía oír la revoltosa voz de una mujer joven – ese es el mismo hijo de puta  que estaba chacaleando anoche, arrástralo por ahí pa´ bajo  – Cuando se percató del asunto,  ya el tipo estaba a menos de dos pasos, pudo ver de refilón que unas manos delgadas con marcas azulosas se alzaban para golpearle y la gritería de la mujer ruidosa silenció su música de fondo.

El golpe fue en la zona derecha del cuello, con la mano abierta. Un golpe tonto de un guapetón novato y embriagado, que tenía más la intención de amedrentar y de consentir a la gritona de la mujer, que la de causar un daño ventajoso. Un golpe estúpido que no tuvo en cuenta ni el tamaño del muchacho que subía, ni la presencia de un arma blanca entre sus pertenencias.

Quizás en otras circunstancias hubiera echado a correr, no tanto por miedo como por el instinto de auto preservación al que lo hubiera llevado una situación sorpresiva como aquella. Pero el animal que cada uno lleva dentro hizo alianza con la razón y enseguida comprendió su ventaja. En este caso ante las dos opciones posibles que se le presentaron, enfrentarse o huir, escogió la primera. El otro estaba ahora en la peor posición y no supo aprovechar la ventana de tiempo en que las cosas hubieran podido ser diferentes.

El muchacho se movió con agilidad. Solo unos pocos alcanzaron a ver el brillo del metal en el aire, antes que el primer golpe tumbara en el acto al mulato. La sangre broto primero del feo ojo de serpiente que tenía tatuado en el brazo, después ya no se supo con claridad de donde venía el segundo y el tercer chorro enrojecido. Solo se detuvo cuando una voz alta y  autoritaria grito desde uno de los portales – No le des más, no le des más, te vas a desgraciar muchacho, ese tipo es un mierda, para ya coño, para – y paró, mientras a la distancia de un coche una mujer curtida en años le gritaba – corre, corre, mandate, que no te cojan- Estuvo quieto por un tiempo muy breve, recogió algo del piso y hecho a correr loma arriba como uno de esos deportistas que guardan en sus cuerpos la enorme energía de la competencia.

Llego a la entrada de las escaleras, limpió el machete con el paño de la señora del primer piso y tiró luego el trapo ensangrentado hacia la zona de las fosas. Apretó el metal  del lado izquierdo, contra las costillas y el largo de sus piernas. Subió los escalones lo más rápido que pudo. A duras penas consiguió abrir la puerta con sus temblorosas manos y sin tomar en cuenta los desbordantes saludos del perro, entró como un rayo a su cuarto, escondió el machete entre las cajas de libros viejos que su padre nunca terminaba de desempaquetar. Lanzó la ropa por los rincones hasta quedar en calzoncillos. Se puso los audífonos, se tiró en la cama y poco a poco,  mientras escuchaba el estribillo de Raúl Paz  “agua salada entre mis ojos claros…” se fue quedando dormido, lento, como si en toda la mañana se hubiera levantado de aquella cama suave.


Por: Abel G. Fagundo