El caso manzanoHay figuras que no pertenecen a ninguna literatura regional, porque, sencillamente, no encajan en espacios cerrados. Carecen de paisaje ceñido, estrecho, y visten un traje nacional que los mantiene a flote sobre el escenario de la isla. Tal es el caso de José María Heredia, la Avellaneda o Martí, inútil resultaría incluirlos en historias parciales cuando ellos se forjaron una estatura total, que no admite rodeos, ni sendas paralelas, ni reclamos tribales.

Manzano no es exactamente eso; pero tiene misterios que lo tornan inasible, resistente a adentrarse en el traspatio provinciano. Sobre él se cierne todavía buena parte de la oscuridad de hace cien años. El humilde silencio de su existencia ha impedido a varias generaciones penetrarlo mejor. Milanes y Placido son poetas legendarios; él es, simplemente misterioso. Muchos de los intentos por biografiarlo no han pasado más allá de novelones calcados de su autobiografía, texto que siempre seguirá siendo más radiante y valioso que cualquier melodrama compasivo escrito sin sus ostensibles faltas ortográficas. En 1977 Roberto Friol publicó el mejor estudio cubano sobre el autor de “Zafira”; pero en las propias palabras introductorias hizo mención de “los frecuentes escollos, algunos insalvables”, que concluyeron por hacer de su obra “libro, por tanto, incompleto y fatalmente desigual en la calidad de los hallazgos”
 
 
 Y en definitiva , ¿hay suficientes argumentos para sustentar su matanceridad?
 
Como simple ciudadano no es necesario discutirlo. Desde muy pequeño crece en el molino de los Jústiz, a escasa distancia de la ciudad yumurina. Hacia acá se traslada algún tiempo después de obtener su libertad a expensas de la colecta que hicieron Domingo del monte y sus allegados para librarlo de su esclavitud. En este escenario lo sorprende la conspiración de 1844 en la cual se ve implicado. Hecho prisionero por las autoridades españolas, se mantendrá tras las rejas hasta 1845. Su silencio poético – causado por los horrores padecidos en medio de tan arbitrario proceso – será total.
 
Sin embargo, su obra literaria es casi del todo habanera. En la capital ven la luz sus primeros versos en páginas de periódicos y revistas, se editan sus volúmenes poéticos, su drama “Zafira”. Allá se encuentran sus verdaderos amigos, a quienes – como Domingo del Monte e Ignacio Valdés Machuca – dedica los frutos de su inspiración. Su afamada autobiografía se redacta en tierras bañadas por el Almendares. Su entrada al mundo de la literatura y sus nexos y relaciones en este terreno giran en torno a ese ámbito.
 
Lo que une al poeta con Matanzas es, en verdad, ínfimo, reducido, escaso. Legendaria resulta la afirmación de que las décimas de Manzano – aquellas que aseguran fueron compuestas cuando era niño – circularon manuscritas por todo el vecindario próximo a la hacienda de los Jústiz. Sus Romances cubanos aparecieron en “El Pasatiempo”, en 1834; mas eso no índica que el autor residiera entonces en la población y que mantuviera amistad con editores o periodistas. Lo que ocurre es que en esa fecha ya está aquí Del Monte, su amigo y protector, quién si tiene suficiente influencia para entregar a las prensas los versos de su protegido, que aún mantenía la condición de esclavo.
 
La indiscutible matanceridad de Juan Francisco Manzano – digámoslo sin más rodeo – la que nos lo entrega breve, como un soplo y sin remedio, viene dada por el espíritu vital que emana de su soneto “A la ciudad de Matanzas después de una larga ausencia”:
 
Testigo un tiempo, campo venturoso,
de tu maleza fui: manglar y uvero
en ti mecerse contempló el viajero,
que frecuentó tu seno montüoso.
 
Ya en vano busco desde el puente añoso
tus uvas, mangles, y el pajizo alero
de la batida choza, do el montero
su indigencia oculto, mendigo, ocioso.
 
Todo desapareció: tu plaza crece,
y a par huyendo déjante poblar
selva, maleza y campesina sombra.
 
Tamaña variedad júbilo ofrece;
pues quien te abandonó tan desmedrado,
hoy con placer filial te ve y se asombra.
 
De la misma manera que basta un verso para descubrir a un poeta, este soneto es suficiente para trasmitir todo un sentimiento que no aparece en otras muestras de su obra, el manglar de su memoria es el de la orilla del San Juan, visto por el infeliz esclavo desde los Molinos. Por eso, en su versión citadina no pueden faltar: Selva, maleza, campesina sombra.   
 
Todo visto ahora con júbilo y placer filial. Hay nostálgica evocación, pero vencen el asombro y la serenidad sentimental.
 
En otro poema suyo – “ un sueño”, publicado en 1938 – Manzano ofrece una aproximación bien diferente. Es una hermosa composición en la cual el esclavo sueña que le brotan alas y levanta el vuelo. Entonces:
 
Desciendo con tino
de  Matanzas al seno,
de dó la vista fijo
a aquel lugar tremendo.
 
Donde yertos reportan
los miserables restos
de aquellos nuestros padres
que el primer ser nos dieron.
 
Su vista me horroriza,
vacilo, me estremezco,
recordando la causa
de nuestros males fieros.
 
El escenario yumurino es evocado esta vez con desgarradora entraña, con el mismo abatido animo con que se arrastra el grillete. A esa luctuosa remembranza volverá el autor en su oda “En la noche de mi cumpleaños” donde también trae a colación la muerte de sus progenitores y exclama:
 
Tú, Matanzas, le has dado sepultura,
en tu reposan las cenizas frías
que amor filial en arrasante lloro
que en vano enmudeció…
 
En los dos últimos ejemplos, la ciudad se siente como deuda trágica. Sólo en el soneto escrito “después de una larga ausencia” se respira un poético ajuste de cuentas. Es un retrato del poeta de frente a sus sentimientos, reconociendo que aquel espacio no es el de su vida; pero que si es una parte importante de ella.
 
 
* Tomado del libro “ Los puentes abiertos” Ediciones Matanzas, 2008

 
Por: Urbano Martínez Carmenate.