Hegenmonía FiccionalLas tradicionales fronteras entre la producción dramatizada de ficción y la representación de lo real, escenificada en teatros o productos comunicativos contemporáneos  -en verdad una apariencia de lo real- ha cambiado a través de los siglos y en el actual parecen anular los límites establecidos en el universo audiovisual. La información e incluso la investigación televisiva -antes consideradas veraces o rigurosas científicamente- asumen cada vez más recursos dramatúrgicos-expresivos, códigos comunicativos, efectos visuales-sonoros digitales; estructuras y  lo ficcional; homogeniza disímiles productos de la cinematografía, la televisión, el video e Internet en escalada creciente. 

Pese a estas realidades irreversibles a veces insistimos en clasificaciones y feudos que amparan conceptos y enfoques, que resultan cada día más ambiguos, dinámicos, inexistentes o en el mejor de los casos, inoperantes porque se distancian de las especificidades que en cada momento histórico-determinado dieron lugar a su origen.  

En el principio fue el Verbo -dice la Biblia-; pero en los tiempos de la Revolución francesa, de efervescencia revolucionaria popular y derrocamiento de la monarquía,  ocurrieron cambios sustanciales en las representaciones escénicas y en sus públicos, tanto en sus clases sociales como en su masividad.

Aunque la síntesis lleva generalmente a la simplificación,  recordemos que entonces:

Surge la acepción más conocida del Melodrama como expresión de contenidos y rituales escénicos creados, no para la elite aristocrática o la pretensiosa burguesía en ascenso sino, para grandes masas populares.

Las obras teatrales estrenadas o adaptadas en las tablas ante espectadores sin instrucción alguna, obligatoriamente se reconvierten en su relación contenido-forma y con ella, los códigos y recursos expresivos que marcarían esta tendencia y mirada.

De tal trascendencia fue este proceso que a estas obras se les llamo melodrama, vocablo que une las  raíces etimológicas de dos de sus componentes esenciales: el drama y la música,  (melo) esta última, con gran impacto en esos públicos, en tanto lenguaje universal al que pueden sumarse quienes los presencian, incluso formando coros.

El folletín impreso, surgido poco tiempo después, ansioso de  ampliar sus lectores en una población donde predominaban los iletrados; toma muchas prácticas del melodrama, sobre todo sus temas y recursos expresivos dramaturgicos. Pero eso no basta, crea los suyos en correspondencia directa con el soporte impreso y los utiliza todos como recursos comunicativos-mercantiles.

Entre otros, el tamaño y forma de las letras; la segmentación de los relatos  que publica y el énfasis del suspenso narrativo para avivar la expectación en los lectores -en su mayoría convertidos en oyentes de quienes podían leer- y  relacionados particularmente con el tema que hoy nos ocupa: la incorporación de leyendas populares, casos trágicos o personajes truculentos famosos en su entorno y la fusión de  la realidad con la ficción en la información.

En muy corto tiempo para la época; el Romanticismo, deviene matriz cultural del  melodrama y este del folletín, formando una mixtura difícil de deslindar a simple vista. Con la misma celeridad; estas influencias se vierten a la ficción en América Latina. 

El auge de la televisión comercial en EE.UU., desde los años cuarenta del siglo pasado, sustentada en el patrocinio y gestión económica-simbólica del capital mediático, las firmas productoras, los anunciantes y los publicistas; configuraron las estructuras y contenidos de diversos productos mediáticos masivos.

Entre los más evidentes se encuentran: la estructura en bloque para insertar sus mensajes, el ritmo y el lenguaje. Gradualmente se suma el paradigma del show o espectáculo para captar la atención; primero en lo escénico y musical, y finalmente,  en la  información, donde hoy se funden como nunca la ficción y la realidad.

La producción actual de ficción televisiva transnacional y hegemónica, en los últimos años incorpora a estos códigos ya habituales, otros que gradualmente invaden como denominador común la mayoría de las propuestas. Nos referimos a  lo sobrenatural o  irreal

Este rasgo, hasta el siglo pasado, servia de elemento definitorio para distinguir formatos y géneros de productos simbólicos, pero esa línea divisoria entre realidad y ficción, y las clasificaciones genéricas de la producción audiovisual, tienden a desaparecer.

Lo sobrenatural o  irreal en mis tiempos, se buscaba de forma expresa en ciertos filmes y series catalogadas como de horror, ciencia ficción e incluso en la programación infantil, por el consenso del uso de la fantasía, lo mágico, incluidos entre ellos los magos, las hadas y los duendes.

El resto de la producción mediática era un bloque monolítico que se esforzaba seriamente en hacer creíble las historias, en lograr una reproducción realista y verista de ellas, en  representar fielmente la vida cotidiana de cualquier época -aunque todos conocemos los matices de esa ficción de la realidad y la realidad de esa ficción-, en tanto los medios solo reflejan una parte de la realidad concreta. 

Hoy la irrealidad y lo sobrenatural lo encontramos sin buscarlo expresamente y es cotidiano hallarlo en personajes, procesos, aptitudes y capacidades no propias del hombre común en la cinematografía, series televisivas para jóvenes y adultos; documentales con pretensiones científicas y hasta en las telenovelas.

Pululan variantes mitológicas de dragones parlantes con poderes especiales; hombres convertidos en vampiros o lobos; humanos con poderes sobrenaturales, familias donde  las mujeres heredan la condición de ser brujas; premoniciones, visiones, hechos materiales,  visibles, realizados por personas muertas, fantasmas o fallecidos materializados corpóreamente capaces incluso de contacto físico con los vivos y un universo infinito de modalidades expresivas.

Ya es habitual ver a un personaje -real-  transitar sin máquina alguna de forma espontánea, del presente al pasado y al futuro; la introducción de un ser real en el universo cibernético y otras cadenas de fenómenos hasta hace poco exóticos. 

Todos ellos convierten en remembranza ingenua e infantil nuestros asombros pasados ante los comportamientos de humanos poseídos por el demonio y necesitados de exorcismos; las facultades del Yedi o los horrendos personajes de otras civilizaciones galácticas; a ET, los dinosaurios vivos y hasta los robots humanizados. 

Las posibilidades de la digitalización, y en  los últimos años, la tercera dimensión en  los diseños de personajes y figuras digitales inimaginables; funden la capacidad creativa, la carrera mercantil y el impacto emocional.

Tal como van las cosas, el ser humano está condenado a no ser capaz de disfrutar en sus ratos de ocio con situaciones, conflictos y sentimientos realmente humanos.

La competencia desenfrenada de los especialistas por superar al otro, en los efectos especiales, es desenfrenada e inédita. Si Parque Jurásico,  marcó un hito tecnológico-creativo ahora los creadores de Avatar; tras imponer su  nuevo hito y lograr otro nivel en esta espiral efectista; anuncian que retrasarán el estreno de la segunda parte por tres años, para dar tiempo a alcanzar el desarrollo tecnológico necesario que permita realizar efectos especiales digitales superiores a los ya utilizados.

Disfruto la fantasía, los efectos especiales, la ciencia ficción pero me preocupa  que los hombres, los creadores que conciben hoy los productos audiovisuales y sus relatos; en busca del sumun de la fantasía, de lo inédito y del logro tecnológico; impongan la pérdida de la capacidad de hallar encanto y disfrute en lo natural, en la cotidianidad, en lo humano. 

Si el parámetro para alcanzar el triunfo y el impacto mercantil-comunicativo-económico es solo la tecnología, ponemos en peligro nuestra capacidad de fantasear, sorprendernos, asombrarnos y soñar -desde la vida real- con la vida misma. Por ese camino, lo normal será lo paranormal.  

Tras esta tendencia se esconden el paradigma tecnológico, la desaforada competencia por el mercado global y las ganancias millonarias; la evasión social; el rechazo o escepticismo ante el mundo actual  y la filosofía del super héroe sofisticado que ya no tiene la  exclusividad como el Supermán, del siglo pasado, sino que se expande en una legión de elegidos muy distantes a los hombres y mujeres de carne y hueso que poblamos el planeta tierra.

Cuando en el orbe tantos sufren y carecen del acceso a lo elemental para vivir y disfrutar las nuevas tecnologías; esa nueva pero devastadora clase de los elegidos con facultades, poderes y dones especiales se compacta y ejerce su dominio cada vez más.


Por: Mayra Cue Sierra

Tomado de: www.cubarte.cu