Mundo BinarioBlanco y negro, cero y uno, Dios y el Diablo, el ajedrezado infinito de las posibilidades. No existe fenómeno, de cualquier naturaleza, sin que su contraparte este presente, todo está sujeto a las leyes de la dualidad. Entonces, ¿por qué lidiar con los contrarios? ¿A que obedece la intención de preponderancia de una facción sobre otra?

La respuesta es simple: Nadie anda sobre una sola pierna sin ayuda de muletas; psicológicamente, todos tenemos un alter ego; y un átomo (intuido y nombrado por Leucipo y Demócrito, alrededor del 410 ane), posee en su núcleo atómico, cuando menos, un protón (+) y un electrón (–). Vale decir, como en el sospechoso caso del átomo, que también existe el tres (toda estructura atómica posee tres elementos, a saber, protón, neutrón y electrón), pero concentraré mi atención en los principios básicos de dualidad. De semejantes compensaciones, que suelen ser incalculablemente circunstanciales y variables, se arman los vínculos no antagónicos de la materia. El antagonismo, en cambio, conduce irremediablemente a la quiebra del balance. Llegado este punto, la antigua forma de equilibrio conduce a un nuevo esquema de relaciones.

En principio todo gravita sobre el filo de una navaja: a un lado, el orden; al otro, el caos. Conservar el balance de la materia en suspensión es tarea de todos los días, y ofrece el mismo grado de complejidad que cuando se cree estar defendiendo alguna causa.

Aunque las ciencias exactas pudieran argumentar este criterio con un sencillo experimento de laboratorio, sus homólogas sociales, en cambio, trastabillaran veinte veces por cada acierto de las primeras. Pecaría de reduccionista si intentara explicar la Ley de Flujos Migratorios con la de Conductividad Electromagnética, pero ya a mediados del siglo XIX los clásicos del Marxismo encontraron una evidente analogía entre los diversos fenómenos de la naturaleza y la sociedad, como para concebir un sistema filosófico que permitiera escrutar el mundo desde una perspectiva equivalente, cuando no única.

La profundidad y versatilidad del conocimiento, sin embargo, conduce a la espantosa creencia de que el mundo es tan diverso y heterogéneo que carece de conexiones. Los más recientes criterios del saber humano se mueven en esta vertiente de lucubraciones, olvidando, por solo citar un ejemplo, que la teoría física de los Fractales es perfectamente compatible con la de Postmodernidad. Aunque ambas hacen abluciones en el baño de la aleatoriedad, es imposible sustraerse a la idea de que responden a un patrón común de interpretaciones. Por consiguiente, pésele a quien le pese, seguimos andando sobre dos piernas.

Lo caótico suele asociarse con la fragmentación. Suponer que no existe la historia, porque la línea del tiempo físico puede darse a saltos y hacer lazos en su curso, es una idea fabulosa para atontar hasta las mentes más lúcidas de la intelectualidad contemporánea. Por supuesto, la materia (que también contempla al espíritu, quizás como su contraparte) es la mayor incógnita que articule nuestra existencia; pero posee un curso, cuando menos, sujetivo y necesitado de una cuerda para continuar existiendo en alguna dirección de interpretación humana. Está claro, nada puede darse por sentado hasta que la rotundez de los hechos lo demuestre. Pero hay asuntos que pueden sopesarse sin demasiadas complicaciones filosóficas:
Hasta el S. XIX y principios del XX, nadie hubiese sospechado que la cualidad cromática de la materia, en cualquiera de sus estados, es resultado de un fenómeno combinado de refracción luminosa y particularidades intrínsecas a la naturaleza del objeto que refleja la luz. En ausencia del más veloz fenómeno físico, no podríamos decir que la hoja de un árbol es verde. Esta verdad científica, descubierta hace relativamente poco tiempo, es un ejemplo fehaciente y harto conocido de una realidad con la que coexistimos sin que perturbara sensiblemente nuestro discurrir cotidiano. La Antropología, La Economía Política y otras esferas cognitivas directamente aplicables al bienestar y entendimiento de nuestra especificidad como entes bioculturales, han alcanzado loables resultados en sus investigaciones de campo, pero el efecto concreto de sus logros rara vez se aplica sobre su objeto de estudio: el ser humano.

La razón es bien simple y perfectamente demostrable: observe su cuerpo sin distinción de género; si es igual que el mío, se percatará de una simetría evidente. Aunque la propensión de la cultura y el entendimiento se encuentren en franco y desigual proceso de “globalización”, ello no implica forzosamente que hagamos una interpretación dual de la realidad, de lo contrario perteneceríamos a dos partidos políticos, a dos religiones y dos etnias o culturas, como si fuésemos ambidiestros. Regularmente tomamos parte por una u otra posición (casi siempre la que logre imponerse, al margen de lo que pueda resultar mejor o peor para el bienestar comunitario). Sin embargo, para seguir en el juego de las coincidencias, con dos ojos acostumbramos a tener una sola visión del mundo físico, y con una sola boca ingerimos la materia comestible, sin mencionar otras singularidades de nuestra anatomía.

Usted mismo, que ahora lee sin sorpresa lo que todos sabemos, es la más elaborada proyección del universo conocido. ¿Sorprendido? Somos el código genético de todas las catástrofes y beneplácitos, accidentes y concurrencias de todo lo que nos rodea, de nosotros mismos. Los más aventajados pensadores en este sentido, desde tiempos inmemoriales, fueron los orientales. Pero aun en Oriente nadie pudo librarse de conflictos y pugnas, de armas ensangrentadas y tronos usurpados. Hoy en día se reconoce al Budismo, que en sus inicios fue una corriente de pensamiento y no una religión, como una de las más tempranas manifestaciones de sosiego y balance entre las partes antagónicas de nuestro “yo”. Historiadores y filósofos contemporáneos han reconocido articulaciones de semejante lucidez mucho antes de la aparición del Budismo; otros, han descubierto la “arista oriental” en muchas otras formas de pensamiento, en Occidente, e incluso en el Nuevo Mundo, antes de otorgársele el engañoso calificativo.

Todo parece indicar que llevamos bastante tiempo al tanto de lo que somos, negociando o querellando nuestra propia diversidad interior. La maqueta del cosmos que escribe estas palabras, se las ha tenido que ver no pocas veces con la indecisión de tomar una decisión. Sí, no me lo diga, se que usted también. ¿Por qué para tomar un solo camino debemos pensar cuando menos una vez? ¿Por qué no podemos tomar dos decisiones al unísono? Hasta aquí el ejercicio reflexivo lleva un curso medianamente coherente y comprensible, pero las cosas pudieran complicarse: La Teoría de las Cuerdas, polifónicamente interpretada por la física de nuestros días, pudiera dar una versión notablemente más laberíntica; ni que contar con el “Tercero excluido” de la lógica más antigua. Mejor se lo dejamos a quien concierne, y continuemos con el 0 y el 1, la unidad y la nada, la materia y la antimateria.

Todo está ahí, a la vuelta de la pupila. Su discordia interna lo hace reflexionar, aun cuando no quiera hacerlo, porque tiene un cuerpo que posee una memoria más antigua que la que ejercitó en la escuela; no solo una memoria animal, sino una memoria cósmica. Recordarla, que parecería un dislate, podría ayudarnos a decidir, cuanto antes mejor, que la renovación energética a escala global, por ejemplo, puede ayudar a que una importante porción de la humanidad, o del medio ambiente, o simplemente nuestro hemicuerpo izquierdo, sobrevivan a la extracción y consumo de petróleo. Una cosa es evolucionar y otra bien distinta desaparecer: Un punto crítico en el progreso del equilibrio, puede conducir a la aniquilación de nuestra contraparte, llevándonos indefectiblemente a la aniquilación de todas las partes posibles.


    
Por: Amilkar Feria Flores