El señor de las tijerasHe decidido crear una obra que se salga de lo normal, que haga ruido y que permanezca en la tierra cuando yo ya no esté, escribe Choderlos de Laclos de su novela epistolar Las amistades peligrosas, publicada en 1782 y llevada al cine en 1988 por el director británico Stephen Frears, con los protagónicos de Michelle Pfeiffer y John Malkovich.

No pretendo escribir sobre las epístolas que sirven de soporte a la historia del vizconde de Valmont y la marquesa de Merteuil, me detendré, y quienes hayan disfrutado el filme lo advertirán, en ese sensual poder que ejerce la seducción, en su acepción de cautivar el ánimo, sobre los seres humanos.Cuando leí el Señor de las tijeras, un cuento de Ulises Rodríguez Febles escrito a principios de los años noventa, junto a un grupo de escritores noveles,  reunidos en esos encuentros provinciales de Talleres literarios, bajo un bosquecillo de almácigos, entre casuchas de paredes de palma y techo de guano, a unos cincuenta metros del Abra del Yumurí, descubrí que detrás de cada supuesta pincelada, en la efímera existencia del objeto, yacía cautiva la palabra.
 
Frente al lienzo, en blanco como la hoja de Mallarme, existe para el creador - lector un principio bien defendido: la imantación. El centelleo, la extrañeza, antes del desgarramiento. Nada hay de milagro en esa pócima que hemos de beber, el hechizo está en el corte, la laceración, el éxtasis del ahogo, los límites entre la cordura y el ensimismamiento.

Platón relata que toda persona razonable debe recordar que son dos las maneras y dos las causas por las cuales se ofuscan los ojos: al pasar de la luz a la tiniebla y al pasar de la tiniebla a la luz[1]. La vida, como la luz, se presentaba en un ruedo con disímiles puertas invisibles que saltar, llena de emociones, motivaciones. Cada opción debería estar precedida por esa frialdad del inquisidor que discrimina lo veraz de lo aparente.
 
Era yo un lector abstraído y a la vez embaucado por esos atajos, que corregían el curso y desmontaban una vida de otra. Tras la ilusa mansedumbre de las aguas el chas-chas-chas de las tijeras, inacabable, cercenaba la escena, ahora un brazo, el cogollo de una palma, las hojas sueltas revoloteando sobre nuestras cabezas, chas-chas-chas, repetición del mensaje, repetición del mensaje, los ojos tras los ojos en busca de la puerta-luz, un sonido tácito en mi oído que todavía hoy, en el asueto de las tardes, lastra el sueño. Algo había cambiado en mi forma de interpretar la existencia, desde ese segundo me sentí cómplice, verdugo y cómplice, por el resto de los años.
 
No te confíes de la belleza, me repito desde entonces, puede llegar el bastardo y clausurar una por una cada puerta, entonces ¿de qué valdría saltar? ¿Cuáles serían las fronteras entre el inquisidor y el suicida? ¿Podría, así tan fácil, inventarse el sensor otra historia? Me abordan en el hastío tantas preguntas que he preferido guardarlas, con sobresalto, como puntos de partida para evadir el encierro.
 
Trato de transbordarme en el tiempo, olvidar los troncos secos sumergidos, las gallinuelas picoteando boronillas de pan, la última ronda de vino casero, en vasos plásticos antes del café recalentado, pero, no puedo. Allí, entre mis libros de consulta, en las notas de trabajo, en el borrador chamusqueado, está el señor de las tijeras, invisible y profundo, husmeando cada movimiento, lo sé.
 
Ulises, sentado sobre un pedrusco ocre, regurgitaba un pedazo de níspero en su pañuelo de cuadros, y aplaudía la crítica soez sin extraviar ese olfato de hortelano para las frutas. Era este su primer tropezón con la dura benevolencia del arte. Empezaban los estudios de magisterio y ni siquiera concebía escribir obras de teatro tan comprometidas con la sociedad cubana actual como Beisbol o Huevos. Quizás, simple deducción, el cuento, que todavía conservo en la memoria, fuese el preámbulo de personajes ya antológicos para el teatro cubano como ese barbero que entre corte y corte, se adentra en el ir y venir de la avenencia humana.


[1] Platón. La república. Introducción de Manuel Fernández—Galiano. Traductor: José Manuel Pabón y Manuel Fernández—Galiano. Madrid: Alianza Editorial, 1998.

Por: Yovanny Ferrer