García Barrientos En 2011 pasé casi un mes en Cuba con motivo del estreno de mi obra A trozos, tragedia del hombre soloen el Teatro Bertolt Brecht de La Habana. Sentía cierta inquietud sobre cómo iba a recibir el público cubano mi texto, puesto que plantea una exacerbada situación de enclaustramiento y desolación. Y esto en una isla, geográfica y metafórica, como Cuba se me aparecía cuanto menos delicado. Sin embargo, los espectadores cubanos se comportaron exactamente igual que el público español. Luego, conversando con los compañeros de allí, asistiendo a diferentes funciones en los numerosos teatros de La Habana, me di cuenta de que el teatro cubano no es muy diferente en lo esencial, tanto en la forma como en el contenido, al nuestro. Al fin y al cabo, todos –aquí y allá– somos islas.

Dice José Luis García Barrientos en el prólogo que abre este libro sobre la dramaturgia cubana actual que el país caribeño, más allá de cuestiones ideológicas, siempre ha ejercido una extraña atracción sobre nosotros. Si bien la afirmación parece cierta, también lo es que el teatro cubano nos es prácticamente desconocido. Quizás al nombre de Virgilio Piñera, dramaturgo de personalidad arrolladora y padre poético de la dramaturgia cubana contemporánea, sea al que más nos hayamos acercado; quizás también el nombre de Alberto Pedro Torriente, el autor afrocubano cuyas obras (entre ellas las descomunales Manteca y Mar nuestro, estrenadas en festivales españoles) pusieron voz crítica al llamado “período especial” por el que atravesó la isla tras el desmembramiento del bloque soviético, resuene aún en los oídos de investigadores y público en general; quizás también el nombre de Matías Montes Huidobro, veterano dramaturgo y novelista de la diáspora, genere cierto eco. Pero poco más. Si nuestra mirada no se ha detenido lo suficiente en los autores históricos, la dramaturgia cubana de hoy, de ahora, se nos aparece absolutamente inexplorada.
 
Por ello un libro colectivo como el que dirige José Luis García Barrientos, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), viene a completar ese vacío de forma oportuna y, sobre todo, precisa. La obra se inserta en los trabajos del proyecto Análisis de la dramaturgia actual en español (ADAE), al frente del cual se encuentra el propio García Barrientos, y que forma parte del Plan Nacional de Investigación y Desarrollo del Ministerio de Ciencia e Innovación de España. El proyecto aborda la investigación de la dramaturgia actual en la mayoría de países de habla hispana. Este volumen sobre el teatro cubano es el primero que se publica, al que seguirá en breve otro sobre la dramaturgia española actual. En el proyecto participan investigadores de diferentes países y universidades, algunos de ellos dramaturgos también, que utilizan un único método de análisis en sus trabajos, el llamado análisis dramatológico, concebido y desarrollado por García Barrientos en diferentes obras teóricas que se han convertido en auténticos clásicos de los estudios teatrales. Esta homogeneidad del método se muestra como fundamental para realizar futuros estudios comparativos.
El libro que nos ocupa se abre con un afortunado resumen del método con el que se introduce al lector en los fundamentos que rigen el trabajo que seis investigadores de diferentes nacionalidades han realizado sobre seis obras de autores cubanos actuales y sobre las claves de sus respectivas dramaturgias. Los seis autores seleccionados han nacido entre 1960 y 1980 y en el libro aparecen ordenados por edades, aunque la mayoría nacieron alrededor de 1970. Son Amado del Pino, el mayor de ellos, del que el también dramaturgo Ulises Rodríguez Febles analiza el texto El zapato sucio; Ulises Rodríguez Febles, del que el propio García Barrientos aborda Huevos; Nara Mansur, de la que Chistophe Herzog se ocupa de Ignacio & María; Lilian Susel Zaldívar de los Reyes, de la que el también autor Abel González Melo se ocupa de Retratos; Norge Espinosa, del que Federico López Terra estudia La Virgencita de Bronce; y Abel González Melo, el más joven, del que Laura Ruiz aborda Chamaco. Sus propuestas son diferentes, a veces opuestas, pero hay una necesidad compartida de mostrar, de reconstruir en escena ciertas situaciones que se ciernen sobre la isla a través de una poética que une las tendencias contemporáneas (la fragmentación, la intertextualidad y el valor expresivo del silencio) con la tradición cubana (Piñera y, en menor medida, Alberto Pedro sobrevuelan muchas de las propuestas de estos jóvenes autores). Omar Valiño, director de la Casa Editorial Tablas-Alarcos del Consejo Nacional de las Artes Escénicas de Cuba, desmenuza en uno de los prólogos del libro los distintos temas que afrontan los dramaturgos seleccionados: la figura del padre, la ingratitud, la ruptura entre padres e hijos, la familia, el poder…  Leyendo los diferentes estudios, uno sospecha que todos estos temas podían ser reducibles a uno, que se impone a través de un efecto metafórico compartido: el padre y el enfrentamiento con un nuevo modo de concebir el futuro y quizás también el presente. En estos autores formados tras la revolución, el padre se nos aparece como un modo de concebir el mundo, una tradición, un pasado presente, que a veces duele, pero a la que no se renuncia porque ha conformado una forma de ser, aunque se muestre insuficiente para resolver los deseos de cambio de los hijos. Aquí, en España, y allá, en Cuba, el teatro se fija en lo real para transcenderlo, para buscar respuestas y también para ofrecer preguntas. Es la lucha contra el iguandrago, ese ser mítico al que se enfrentan los protagonistas de Mamá (aquí madre en vez de padre), una obra de Raúl Alfonso, autor y director cubano de dilatada trayectoria y afincado en Madrid desde hace casi diez años.
Leer este libro es volver al olor de La Habana, ese olor penetrante a fruta bomba (que nosotros conocemos como papaya) y gasolina quemada que lo impregna todo, desde Línea a la Habana Vieja, atravesando Habana Centro por Neptuno. Es reconocerlo como propio, igual que este teatro cubano actual, tan cercano en sus formas, tan reconocible en sus temas. Al fin y al cabo, como ha quedado dicho, todos somos islas.

Por: Gustavo Montes
(Dramaturgo y profesor del CES Felipe II. Universidad Complutense)