René FernándezLlegar a los 80 –por ejemplo- cruzar la meta y decir: Confieso que he vivido, como Pablo Neruda. Y René no es un poeta a la imagen y semejanza del chileno, pero es un poeta titiritero de la estirpe de Villafañe o de Lorca. Aunque lo vean caminar sudado, por las calles húmedas, agujereadas de la ciudad, aunque haga colas, cargue jabas de naylon para vivir, aunque pida el último para subir a un ómnibus, o monte un coche de caballos, desde cuyo asiento admire el San Juan o las luces del Victoria de Girón.
 
Él, que ha viajado el mundo, que ha escrito libros, que lo han aplaudido y vitoreado en varios idiomas, con acentos diferentes del español, que ha vivido cerca del Kremlin, la belleza de Sevilla o la Torre de Eiffel, para mencionar solo tres lugares de los muchos en los que ha desembarcado, curioso, como un niño que cada día apaga más velas.
 
Setenta años son el acopio  de una vida, dedicada a inventar el teatro nuestro de cada día, con todo lo que lleva el acto de inventar: estético, ideológico, económico, social. Dedicado sólo a eso, como profesión, sin tiempo de aprender a manejar, por ejemplo, el Moskovik que una vez le dieron, que después fue un Lada, creo. Cuando se los daban a los vanguardias, a los que se destacaban, a los profesionales del socialismo.
 
No quiero escribir teoría, ni del otro René, el que aparece en libros –hasta de la dramaturgia española, donde hablan de algunas de sus obras y las analizan-, en revistas especializadas, en antologías, en sus más de sesenta libros publicados, y quizás me quede corto; en las carteleras de festivales de Cuba y el extranjero.
 
Escribo sobre un hombre que se levanta cada mañana y toma café, bastante y varias veces; que  veces camina de El Naranjal hasta el teatro, por las noches, y pelea con los actores y les enseña su libro personal de qué es el teatro, ese que ha vivido, el que lo acaricia y lo magulla, lo enaltece y lo aplasta, lo resucita de una depresión, lo empuja a caminar un día hasta alcanzar las décadas que ha dejado atrás.
 
El hombre que está en desacuerdo con muchas cosas –y aplaude otras- y sin embargo resiste y avanza, sabio, con su pelo y barba, cada vez más blanca, como corresponde a un personaje de esta estirpe.
 
El hombre que se quiere demasiado –como escribió su discípulo más prominente, Rubén Darío Salazar-, se arregla los dientes para aparentar tener 15 años y confundir a Lea; el hombre que va al otorrino y hace el amor, como todos los de la especie, lo que no sé con qué regularidad.
 
Al que le gustan los homenajes y detesta –orgulloso y vanidoso- quedar fuera de la historia de cada día y la del teatro nacional, del cual forma parte por talento, entrega, aporte, sensibilidad; pero tampoco quiere quedarse fuera de la Hispanoamérica o el mundo, y tiene razón y méritos.
 
No descansa,  cada día sueña algo y después lo lleva al escenario, sentado en una butaca de la sala de Daoiz, que como él se ha transformado, así como se han transmutado los que han trabajado con él y su público.
 
Los que un día fueron niños, ahora son hombres y mujeres que llevan a sus hijos o a sus nietos. Isabel, mi hija, no hablaba aún (o sí, ya había repetido la palabra rana) y lloraba a los diez minutos de una función, y dos meses después se deleitó completamente con “Ikú y Elegguá” y luego (durante cuatro años) ha visto las obras de René más de tres meses (insaciablemente) y no exagero. Las puestas de esta década, las de su etapa de la niñez; pero quien les habla –con 45- una de las primeras obras profesionales ¿para niños? que vio –además de “Bodas de sangre” de Bertha Martínez- fue “El gran festín”, de Papalote, y jamás la he olvidado, hasta hoy.
 
Pero, insisto, ya he escrito ponencias, prólogos, presentaciones de libros, una vez –allá por el año 96- fundé una cátedra en la Universidad de Matanzas con su nombre. Y ahora quise hablar del ser humano que dejó el cigarro, que le gustan las cervezas, que habla como un torrente indetenible –a veces- y mueve las manos sin cesar; al que, como algunos de los que Dios les concedió un don, lo que ha sabido aprovechar, y es posible que tenga enemigos, y gente que habla regular o mal de él, incluso de su obra, ingenuos y necios con o sin argumentos, y también (porque se lo merece) tiene que lo defiende con pasión, y es fácil hacerlo, porque se demuestra con sus textos, sus puestas, sus diseños, su labor de promotor, de maestro incesante, porque con su biografía y estela creadora nos ha dejado el legado de un artista y la esencia de un maestro.
 
Este es un hombre que con tres de sus obras –y puedo mencionar mi selección, restringida, limitada- es sin dudas un clásico, y también puedo mencionar mi selección personal.Lo cierto es que René, aunque el sol le abrace caminando, no logre alcanzar el ómnibus, ni las papas en la placita; aunque el carretillero le robe unas libras y tenga que resistir los gritos de sus vecinos en el edificio, aunque tena que guapearla como otros más en nuestra Cuba tropical, es, y a veces no nos damos cuenta, no nos detenemos a analizar cosas tan obvias, porque están ante nuestros ojos, un paradigma, un símbolo del teatro cubano, un dotado de dios; alguien a quien los niños agradecerán siempre con una sonrisa a la salida del teatro; un hombre que será sin dudas inmortal y eso –estoy seguro- no lo logran todos, aunque lo deseen, y eso –René Fernández Santana- basta para estar feliz y seguir corriendo a alcanzar otras metas, para celebrar un día los 80, y ese sea el motivo para reunirnos todos, de nuevo, a conversar sobre él y el día en que echó a andar.

 
Por: Ulises Rodríguez Febles