MatrioshkasSi para otros -u otras- escribir sobre la poesía que se cosecha desde el otro lado de su cama, les resulta comprometedor, incómodo, parcializado quizás, a mí me es absolutamente honorable. Nadie como yo para hacerlo porque nadie como yo observa, escudriña, suspira, friega y sobre todo critica al lado del poeta y al poeta que concibió los casi treinta textos que componen Matrioshkas (Ediciones UNIÓN, 2010), el libro por el que Karel Bofill Bahamonde obtuviera el premio David en el 2009.
 
He visto romper cada cascarón de los 8, que como partes, levísimos capítulos, nada inocentes en sus temas, componen el poemario. Pulí, tallé algunos versos y sé cuánto pesa la poesía y cuánto cuesta la aceptación.Matrioshkas se concibió, y cito a la poeta Laura Ruiz, quien formó parte del jurado del David, “como raciones de una vida marcada por entrecruzamientos culturales, a ratos entrañables y a ratos desgarradores.” Conozco el parto de cada poema y puedo vislumbrar tras ellos al mutilado hombre joven de la Cuba actual, puedo oír de continuo ese grito que se expele desde la poesía que llora, y no siempre tengo la opción tranquila de taparme los oídos.

Detrás de las muñecas rusas de este libro se atraviesan calles, estatuas, patios y una bahía que solo pueden –geográfica y espiritualmente hablando- localizarse en una ciudad que, en mi presente y en el de Karel, de tantos otros poetas matanceros, le hace galas a su nombre.
 
No es la primera vez que advierto ¡OJO avizor!, que Karel Bofill no es una voz en el desierto, para suerte de la literatura. Amén de su nacimiento en la desaparecida Checoslovaquia de 1986, forma parte indisoluble de esa isla dentro de la isla mayor que es el robusto conjunto de poetas, narradores, dramaturgos…creadores en su totalidad, con abordajes en común: el desarraigo, la escasez de cuerpo y alma, el éxodo, la desidia social y otros no menos variopintos momentos que confluyen en el corpus artístico de los cubanos de la contemporaneidad.
 
Karel se distingue, eso sí, por el descomplicado uso del lenguaje. No busca neologismos, no le interesan las metáforas enrevesadas. Lo que se comporta mordaz, sardónico (ya se venía apuntalando desde su primer libro Escala en Naxos (Ediciones Matanzas, 2009) y complica, magnifica desde la aparente sencillez de su propuesta, cada asunto desde una perspectiva a ratos psicodélica, otras brutal.
 
También me queda claro que quien pueda acercarse a Dios desde una partícula en la llave del agua, o pretenda romper almendras con el busto de Martí, sabe cómo instalarse en la poesía cubana. O mejor, buscar una hendija para llenarse de luz dentro de la siempre lumínica literatura nacional.

Por ahora, hasta los venideros libros, no me queda otra cosa que ofrecer a Karel una vez más mi palabra compañera, como él a mí y a los demás sus versos, para tratar de hallar (ardua tarea) el gozo ante sus muñes –que no cartoones- cuando escuche el nu pagandi o lea el koniec en una revista Misha.


Por: Maylan Álvarez