Vicente RebueltaTodo el teatro cubano se ensombrece ante la pérdida de uno de nuestros principales maestros en el arte de las tablas. De entre los fragmentos de un libro de próxima aparición, rescato esta entrevista que data del año 1999, para mi sorpresa hallé a un Vicente ligado al mundo de los títeres, prueba de que su obra creadora estaba presente en todas las zonas de la escena nacional.

Una conversación sin nada de particular

Esta conversación con el maestro Vicente Revuelta, destacado actor y director escénico del teatro cubano, data del año 1999, cuando preparaba mi investigación sobre el mundo creativo de los hermanos Camejo y Pepe Carril. Una y otra vez aparecía su nombre en esa nada primera del teatro de títeres nacional, no solo como fundador junto con su hermana Raquel del mítico grupo Teatro Estudio, en los años 50, sino como dramaturgo de teatro para niños, animador de figuras, iniciador en el país de la técnica de muñecos de varillas.

Con la imprescindible ayuda de la amiga Yanisbel Martínez pude dialogar con Vicente. Fue un pequeño pero fructífero encuentro. Se lo agradezco desde entonces a ambos, me ayudaron a esclarecer detalles esenciales de la historia titiritera de la Isla, y sobre todo a conocer personalmente a un hombre que ha vivido para las tablas con toda la pasión de este mundo, y que tuvo también una breve pero significativa relación con el ámbito de los retablos.

¿Cómo llega Vicente al teatro de títeres?

Es curioso, recientemente he notado que por los años 1945 o 1944, estando en la calle Galiano, me llamaron la atención las vidrieras de El Encanto, pues se exhibían unos trajes que iban a usarse en la obra La zapatera prodigiosa, en un estreno de ADAD1. Valoré ese recuerdo como la primera vez que supe de la existencia  del teatro ―aún muchas personas no saben de su existencia―, en ese momento yo tendría 14 o 15 años. A partir de ese encuentro con los trajes de La zapatera… ―texto que, curiosamente, ahora he montado―creo que quizá fue la primera vez que oí hablar de Lorca; eran unos trajes muy vistosos.

Enseguida traté de conectar con la ADAD a través de mi hermana Raquel que los conocía. No sé cómo nos relacionamos con ellos, porque ofrecían muy pocas funciones. Tenían alrededor de 300 socios que ayudaban a pagar al escenógrafo.

Casi inmediatamente a mi entrada en ese mundo, se puso el Retablillo de Don Cristóbal. Nunca había visto un títere en mi vida. Me pareció muy gracioso, pero no le di ninguna importancia, no sabía de su historia ni de su valor. Me parece que la puesta tuvo un sentido de facilidad. Me atrajo el hecho de que los muñecos tenían voz de muñeco, y creía que no debía ser así.

¿Y cómo cree usted que debía ser la voz de un títere?

Después de mucho reflexionar sobre eso, me di cuenta de que me resultaba redundante. Las mejores cosas que he visto en cuanto a la representación de los títeres son muy pequeñitas, obras en las que el títere adopta una situación muy personal, allí la voz es muy propia, se crea una situación muy cómica, pero eso lo he visto muy pocas veces, un trabajo con la voz donde no se pierdan los valores de la actuación.

¿No vio esos valores en el trabajo del Teatro Nacional de Guiñol que dirigían los Camejo junto con Carril?

Evidentemente quienes ahondaron en ese género fueron los hermanos Camejo. Ellos empezaron jugando en su casa. Una nochebuena hicieron ellos mismos los títeres y les encantó. Eran hermanos con una vocación y una capacidad artística muy grande, se enamoraron del trabajo en el retablo2. Eran el motor de esa manifestación en la Isla. Crearon sus espectáculos con un sentido plástico especial, hicieron los muñecos de varillas por primera vez…, bueno… recuerdo que en Teatro Estudio hicimos El retablo de Maese Pedro con títeres de varillas y actores.

Vicente RevueltaHáblenos un poco de esa experiencia.

Es curioso, pues existe hasta una crónica del espectáculo escrita por Alejo Carpentier, eso fue al principio de la Revolución. Quizá nosotros usamos primero las varillas. Los títeres eran magníficos, los hizo una muchacha llamada Laura Zarrabeitia, quien nunca había creado títeres. Eran de papier maché, con unas caras muy bien dibujadas y muy graciosas. Recuerdo  que los títeres se encontraban en un retablo donde estaba la posada y los actores que cantaban. Raúl Oliva diseñó un mecanismo escenográfico muy interesante. A Carpentier le encantó. Dijo que eso de títeres y actores era una innovación en la puesta y que había que contar con eso en lo adelante, le dio mucha importancia. Sí, en aquel momento usamos títeres de varillas.

Esto pone en tierra temblorosa lo que se ha dicho hasta ahora: que las varillas las trajeron los rusos en 1963, para el montaje de Las cebollas mágicas en el Teatro Nacional de Guiñol.

Pues ese mismo año hicimos Fuenteovejuna, lo del Retablo… debe haber sido antes, en el 61. Era un momento de mucha apertura en que no se hacía más porque no se sabía. Yo había hecho títeres, pero en un programa de televisión, durante muchos meses, se llamaba Los títeres criollos. Titón3 y yo hicimos el primer títere que hacía falta para el programa. Era tallado, grandísimo, un personaje político.

Sigue usted aportando datos sobre los cuales se ha hablado poco. Conozco del programa de televisión La casita de azúcar, con Teresita Fernández; El Jardín de maravillas, que animaba María Antonia Fariñas, y Las aventuras de Pelusín del Monte, que hacían los Camejo y Carril con libretos de Dora Alonso, pero no de Los títeres criollos…

Representábamos de manera paródica a Grau San Martín, Batista, Chibas, Prío, entre otras personalidades del ambiente político de la época. Nosotros creamos el primer modelo de títere  pero no gustó, luego apareció una persona que lo hizo en papier maché. Trabajaba Tito Hernández, que imitaba perfectamente muchas voces. Yo sabía que cuando Tito decía: “¡Ay mijito!”, tenía que mover los muñecos. Eso era horrible, no había ningún estudio, no leíamos ni el libreto. Aunque era todo político, nunca nos pasó nada, creo que todo estaba tan manipulado como los títeres. Antes de eso a la gente que hacía teatro bufo y algunos que hacían radio, le dieron Palma Cristi4 para que se calmaran.

Usted representó con títeres el personaje de Don Cristóbal del Retablillo…, de Lorca, uno de los sueños de cualquier actor que ame el mundo de los títeres. ¿Considera que hay un Vicente titiritero?

No soy titiritero. He hecho títeres, pero siempre ha sido muy superficial. Me acuerdo del Retablillo…, era tan solo hablar como el muñeco, con una voz inmediatamente colocada, que me parece como una convención. Ni tenía mucho conocimiento ni investigué nada. Me  parece que siempre los títeres se hacen con poco rigor cuando se hacen así, muévete para aquí, muévete para allá. Fue Andrés Castro quien dirigió el Retablillo… y Titón hizo los títeres de guante con las cabezas talladas en madera balsa, yo ayudé, pero no tenía su habilidad. Ahora recuerdo una función del Retablillo… que hicimos en la sala de Los Yesistas, era una combinación entre el grupo Las Máscaras y Nuestro Tiempo.

Su relación con los títeres se fue perdiendo. Por ejemplo, en su último montaje La zapatera prodigiosa ―Lorca de regreso―, aborda ligeramente la escena del zapatero como titiritero, ¿por qué?

Por una incapacidad para ese tipo de teatro, también por el poco tiempo de que disponía para el montaje. Tenía que resolver muchas cosas antes de que pudiera lograr un buen trabajo en ese aspecto. Esa parte de la obra se pensó de muchas maneras, pero al final se quedó en la posibilidad real del grupo, en lo que verdaderamente se podía hacer.

En la actualidad, ¿ninguna relación con el títere?

Estuve en un taller muy interesante que impartió en La Habana la compañía francesa de Phillippe Genty, fue una labor muy inteligente con papeles, objetos y otros materiales. Asistí al espectáculo Abdala, de Armando Morales y me pareció serio. He visto a jóvenes que buscan nuevos caminos en solitario, pero en general los títeres que he visto son muy ñoños. He visto titiriteros con trabajos unipersonales con algunos méritos. No los he apreciado a todos, pero una buena manipulación solamente no es una gran genialidad ni una maravilla, resulta más bien lo convencional, lo que es obligatorio hacer. Creo que el teatro de títeres merece y puede hacerse mejor. Bueno, seguramente no he dicho nada de particular.

Fue ese el final del diálogo. Vicente tenía otras gestiones personales que hacer. Nos pusimos de acuerdo para revisar la revista con el artículo de Carpentier sobre el Retablo de Maese Pedro, de Falla. Se alejó entre los árboles del jardín de la Casona de la calle Línea, en El Vedado. Iba tranquilo, sin el aura de su personaje Galileo Galilei, que pude verle en los años 80, tampoco llevaba consigo el demonio de Lalo, su personaje en La noche de los asesinos, de Pepe Triana. Recordé su bufón Festes, en su propia puesta de La duodécima noche, de Shakespeare. Vicente hacía un uso muy especial de la máscara, prueba de que alguna conexión vibró alguna vez entre Vicente y el teatro de figuras. Lo seguí con la mirada hasta que se perdió. En 1999 se le entregó junto a Raquel, el Premio Nacional de Teatro en su primera edición. Que bueno saber que dentro de todos esos años de duro e incansable bregar de Vicente sobre las tablas, también estuvieron los títeres.

Notas:

1- ADAD. Academia de Arte Dramático.

2- Carucha y Pepe Camejo, pioneros del arte titiritero profesional en Cuba, fundan el Guiñol de los Hermanos Camejo, en 1949. Luego junto con Pepe Carril, joven procedente de Mayarí, provincia de Oriente, fundan en 1956 el Guiñol Nacional de Cuba. Esa misma tríada funda en 1963, en la etapa revolucionaria, el Teatro Nacional de Guiñol. Además de Carucha y Pepe, Bertica y Perucho Camejo, los hermanos más jóvenes, también se sumaron a la actividad titiritera.

3- Tomás Gutiérrez Alea, destacado director cinematográfico cubano ya fallecido, amigo personal de Vicente Revuelta.

4- Especie de aceite de ricino, utilizado como castigo por el régimen de Batista antes de 1959.


Por: Rubén Darío Salazar