Rubén VázquezTres días antes de que hicieran la presentación oficial de Caza Mayor (Letras Cubanas), la última novela policial de Rubén Vázquez (Matanzas, 1940), me dejaron una invitación por debajo de la puerta de mi casa, aquí, en la ciudad de Matanzas. Ocurriría en la sede de la Uneac, en horas de la tarde, si mal no recuerdo. Ya tenía un compromiso para esa fecha al que no podía faltar. Pero además no me interesaba ir especialmente a la presentación. Era una novela policial, género literario que leo poco, y del autor solo conocía lejanas referencias. Así que no fui.

Hacía más de dos décadas que Rubén Vázquez no publicaba nuevos libros. Algunos ya pensaban que había abandonado definitivamente la literatura, a sus 73 años. Después que ganara el premio de cuento del concurso policial del Minint en 1977, se había colocado entre los más conocidos escritores del género en el país, al dar a conocer en la década de los ochenta numerosos títulos, entre los que se encuentran las novelas El caso Ivonne Isabey (1980), Aventura peligrosa (1982) y La venganza del muerto (1983). Tras la publicación de Caza Mayor, son ocho los libros con que cuenta en su currículo, dos de cuentos y los demás novelas.

Como mismo habían dejado de salir nuevos títulos, el propio autor había desaparecido de los escenarios públicos. Se había alejado por completo y parecía inactivo pero en realidad trabajaba, en silencio. De hecho, en estos momentos redacta otra novela, aunque “muy lentamente, no al ritmo que quisiera”, debido al escaso  tiempo libre que le dejan algunas complicaciones familiares y su labor de siempre, la de optometrista.

Rubén Vázquez reapareció en mi agenda no hace mucho, cuando Tita, la mujer que cuida a la hija de mi esposa, me mandó a decir que por favor le consiguiera Caza Mayor. Pensé que no había problemas, pues me parecía haberla visto en una de las librerías de la ciudad, pero lo cierto fue que tuve que enfrentarme a una especie de episodio policial hasta dar finalmente con ella...

Leí algunas páginas, leí la nota de contracubierta y la ficha de autor en la que se consigna su larga trayectoria. Se informaba además que con la novela la editorial Letras Cubanas iniciaba la colección El tiro, dedicada a la literatura policial. Pensé que valdría la pena hacer al menos una nota informativa, como parte de los textos de este corte que habitualmente preparo para Mar Desnudo. Contacté telefónicamente con Rubén Vázquez, me pidió que fuera a verlo a su casa y, una vez allá, puse a funcionar la grabadora. Empezamos a conversar y lo que iba a ser una simple nota informativa acabó siendo esta entrevista.

I- Tiempo de cambio o cómo el escritor sale tras una Caza Mayor

Yo concibo Caza Mayor como una apertura en mi obra. Sucede que hubo algo que me agradó sobremanera. Mientras la redactaba me sentí sin ninguna traba para hacerlo. Puse todo lo que me parecía que se debía poner, lo que se requería en cada momento por las características propias de la sicología de un personaje o de una determinada situación. No me detuve a pensar en si provocaría disgusto a alguien en específico, a algún funcionario, pongamos el caso, al que le podría parecer mal o bien. Me sentí totalmente a mis anchas, sin ataduras, sin tabúes.

En casi todos los libros anteriores sí me sentí presionado. No pude ser yo mismo. Sufrí presiones exteriores y estas lamentablemente hicieron que yo mismo acabara presionándome, restringiéndome. Eso ocurrió con muchos de los escritores de aquella etapa. En mi caso, recuerdo la novela Caricia Mortal, ganadora del concurso de literatura policial del Minint en 1989. Después de un tortuoso proceso de revisión en cierta editorial, y de que hasta yo firmara el contrato de su publicación, no acababa de aparecer.

Un funcionario de esa editorial, confidencialmente, se acercó a mí en cierto momento y me dijo: “Rubén, esa novela nunca te la van a publicar”. Parece que esa era la intención, no publicarla. Pasaba el tiempo y pasaba el tiempo. Entonces me quejé ante un dirigente importante. Solo entonces fue cuando las cosas vinieron a destrabarse. Así, después de dieciséis años, fue publicada en otra editorial, en Letras Cubanas.

Jamás pensé que Caricia Mortal me traería tantas luchas. En realidad no era tan problemática, abordaba un caso de drogas, pero el tema entonces era un tabú y había además algunas escenas, algunos detalles que yo estoy seguro que tampoco gustaban. Me refiero, por ejemplo, a una discusión entre el investigador y el jefe de este.

Esas escenas, esos detalles eran elementos que le daban verosimilitud a la novela; si se prescindía de los mismos entonces lo que se contaba parecería fatuo, los personajes serían encartonados, esquemáticos. No todo podía ser blanco y negro, había que buscar los matices. Era la realidad, lo lógico, y un escritor no podía darle la espalda a eso.

Caza Mayor
la publiqué también en Letras Cubanas, y en este caso no hubo ningún problema. Ya eran otros tiempos, por supuesto. Sin tantas presiones, con una mayor perspectiva de lo que es el arte, de lo que tiene hacer el artista.

Caza Mayor
demoró su poquito en ser publicada pero en todo momento me dijeron que la demora era por razones que no tenía nada que ver con el contenido del libro, sino con los propios procesos de la editorial, planificaciones suyas, disponibilidad de recursos, etc. De hecho, a Caza Mayor le dieron el privilegio de ser la novela que inaugura la colección El Tiro, concebida específicamente para la literatura policial. ¿Qué más puedo pedir?

II- Del momento en que al escritor se le enfría un texto porque tiene salir a ganarse la vida boteando clandestinamente

Escribir Caza mayor fue difícil. Ha sido común en el proceso de escritura de mis novelas que comiencen con una primera escena donde se describe un crimen. Es como un pie forzado, a partir del cual fluye de inmediato el resto de la trama. En Caza Mayor no ocurrió así. Después que concluí esa escena inicial me trabé. Yo insistía e insistía pero qué va, no me salió una sola letra más. Aquello se me había enfriado. Estamos hablando exactamente de 1993.

Hay una explicación. En aquel momento, pleno Período Especial, en medio de tantas dificultades materiales como había, yo me encontraba realmente contra la pared y no hallaba ninguna manera para sostener económicamente la vida de mi familia. Era un verdadero reto de vida o muerte lo que entonces enfrentaba el cubano.  Todo mi tiempo, toda mi cabeza, se concentraba en pensar, en tratar de resolver esa situación vital. Cuando encontraba un espacio libre y me sentaba a escribir, es lógico que estuviera agotado, sin fuerzas.

El modo que hallé para sobrevivir fue alquilando mi carro en Varadero, boteando. Pero eso entonces estaba prohibido, había que hacerlo por detrás del telón, y yo lo hacía ilegalmente, no me quedaba más remedio, pero siempre con un susto tremendo, en cualquier momento me podían sorprender como sorprendían a muchos a cada rato. Permanecí boteando cinco o seis años en total.

Caza Mayor
andaba conmigo en esos avatares, de un lado a otro, quiero decir, dentro de mí, dentro de mi cabeza. Al escritor su obra lo persigue a todas partes, esté donde esté, sea en la playa divirtiéndose o conduciendo sigiloso una máquina de alquiler como yo. No lo deja tranquilo hasta que la logra plasmar en una cuartilla, en un libro.

Pienso que la demora fue beneficiosa para la novela. La volví a pensar, até cabos sueltos y lo más significativo fue que mientras boteaba entré en contacto con el mundo marginal. Hasta entonces no lo conocía tan bien y era el ambiente en que se desenvolvía mi historia. Conocí jineteras, proxenetas, negociantes y otros elementos. Conocí al detalle sus modos de actuar y de vivir, sus maneras de expresarse, sus luces y sus sombras.

La trama de Caza Mayor parte de un hombre que asesina a dos mujeres aquí en la provincia de Matanzas, en 1995, en medio de ese periodo especial que conocí. Es un hombre con mucho dinero, que se paga muchos placeres aunque nada puede consolarlo del hecho de que padece cierto trauma sexual que le dificulta la erección.De modo casual descubre que al ejercer violencia sobre una mujer, tanta que acaba matándola, este problema se resuelve por completo. Entusiasmado, hace lo mismo con una segunda mujer. Dos mujeres jóvenes, la primera menor de edad. Dos mujeres fáciles, que se desenvuelven en el mundo de la marginalidad. Ambos crímenes desatan las pesquisas, que son guiadas por Manolo, el investigador policial.

Ya que menciono a Manolo, voy a referirme a una de las características de mis investigadores. En las pesquisas que llevan a cabo tienen el mayor peso sus propias deducciones, sus búsquedas sucesivas, y no algún recurso técnico, tecnológico. Yo busco siempre esa capacidad de la lógica humana.

Por cierto, en un inicio yo pensé que el personaje de Manolo acapararía por completo la atención en la novela. Pero lo cierto fue que Arcadio, el asesino, acabó creciéndose y ocupando el espacio que realmente llevaba, con lo que la historia misma cobró, según pienso, mayor fuerza, mayor sentido.

III.- El día en que al optometrista se le ocurrió hacer un libro policial

Siempre me atrajeron los libros. Mi madre y mi padre, que eran músicos, muy cultos los dos, me inculcaron desde pequeño el hábito de la lectura. Recuerdo ciertas noches, yo con ocho o nueve años, en que mi padre se ponía a leerme en la sala de la casa novelas de aventuras y junto a él y a mí se encontraba también un coro de muchachos del barrio, amigos míos, que disfrutaban igual que yo de los libros que él me leía.

Con el tiempo seguí leyendo. Leí cuantos clásicos pude leer de todos los géneros. Leí en general cuanto libro cayó a mi mano. Me interesó especialmente la literatura norteamericana de la primera mitad del siglo XX, y dentro de esta, Hemingway, con su visión tan peculiar de la literatura y sus personajes, y la novela negra que apareció con Dashiel Hammet y Raymond Chandler. También me acerqué mucho a algunos libros de Carpentier, un verdadero maestro del idioma español.

Ahora que lo pienso mejor, creo que la lectura tuvo una doble importancia para mí, me ayudó como persona, en mi instrucción general, porque yo en la escuela nunca resulté un buen estudiante, y me ayudó también como ayuda a cualquier escritor, dándole vista, enseñándole cómo es que se hace la literatura.

Siempre me atrajeron los libros, las lecturas, pero nunca pensé que sería escritor. De hecho, vine a darme a conocer en ese sentido más bien tarde, ya con treinta y siete años. Fue con el libro El impostor, donde reunía dos noveletas, las dos primeras cosas que había escrito en mi vida. Las escribí ni sé por qué. Un día se me ocurrió que iba a hacerlo y en un rapto lo hice. Los que me conocían se sorprendieron con aquello, y hasta yo mismo también. Pero la sorpresa fue mayor después que gané el premio de cuento del concurso del Minint.

Yo no tenía ninguna relación con el movimiento de escritores de la ciudad de Matanzas. Nadie me conocía en ese mundo, nadie tenía ni la más mínima referencia mía en ese mundo. Mi círculo de amigos estaba básicamente en el ámbito donde me había desenvuelto, en la Optometría, especialidad en la que me gradué en 1969 y en la que había trabajado desde entonces. De hecho, todavía trabajo en eso. Actualmente doy consultas en el policlínico Carlos Verdugo y en el hospital militar Mario Muñoz Monroy, los dos aquí, en la ciudad de Matanzas.

IV- El caso literatura policial en los ochenta

Después que se dio a conocer El impostor fue otra cosa. Me dije: “Soy escritor, ahora a escribir”. Me entusiasmé, no paraba. A principios de los años ochenta, publiqué tres novelas, en un abrir y cerrar de ojos, una detrás de otra como quien dice: El caso Ivonne Isabey (1980), Aventura peligrosa (1982) y La venganza del muerto (1983).

Aquellos libros salían en medio de cierta efervescencia de la novela policial en el país. Era tan fuerte que en la Uneac, dentro de la sección de Literatura, había una subsección de Literatura Policial (que ya hoy no existe). Autores clásicos, contemporáneos y numerosos escritores cubanos tenían sitio frecuente en las editoriales de la Isla y había un público entusiasta que los seguía. En La Habana se organizó un coloquio o un congreso iberoamericano de este tipo de literatura, a mí me invitaron, recuerdo que asistieron muchos autores cubanos y renombrados escritores de varios países.

En eventos, en presentaciones de libros o en otras actividades literarias coincidí con los escritores de la Isla que se hallaban en plena producción en esos momentos, en la cúspide. Recuerdo a Daniel Chavarría, Juan Ángel Cardi, Justo E. Vasco, Ignacio Cárdenas Acuña, Juan Carlos Fernández, entre muchos otros. Con Cardi e Ignacio Cárdenas Acuña viajé una vez a Bayamo. Habíamos resultado los tres escritores más leídos durante ese año y nos invitaron allá, a dar unos conversatorios. En cierta ocasión mandé la novela La venganza del muerto a un concurso y me dije: “El premio es mío”, pero me tocó un hueso duro de roer: Chavarría. Me dejó con la boca echa agua porque cogió finalmente el primer lugar y yo quedé con la primera mención.

Chavarría siempre tuvo una obra muy fuerte, muy personal, que poco a poco se fue apartando de la tradicional literatura policial cubana de esos tiempos. Es algo distinto, como también ocurre con la novelística de Leonardo Padura. Se trata de autores policiacos sumamente peculiares.

V- El por qué no hay que dar una pataleta histérica lamentando la escasez de tiempo

Ahora estoy trabajando en otra novela. Avanzo lentamente. Ya no tengo la misma fortaleza de antes, cuando era más joven; aquella capacidad de sentarme a escribir horas y horas sin que luego me resintiera, sin estos achaques que ahora me dan, propios de los 73 años que tengo sobre mis hombros. Por otra parte afronto algunas situaciones familiares que apenas me dejan tiempo para nada. Esto es lo peor. El tiempo es básico para un escritor.

Quiero aclarar que al referirme al tiempo no estoy dando ninguna pataleta histérica. Si algo he aprendido durante todos estos años es que las cosas, por lógica de la vida, no van a cambiar mucho para el escritor en ese sentido. La literatura ha sido en la mayor parte de los casos un oficio extra que se practica en cuanto horario libre queda y sacando fuerzas de donde se puedan sacar. Solo muy escasos escritores se puede decir que hayan vivido únicamente de la literatura. Por lo general, por muy grandes que sean, tanto en Cuba como en el extranjero, han tenido que vivir de otra cosa durante gran parte de sus existencias.

A principio de los ochenta era frecuente que en cuanta reunión participaran los escritores cubanos levantaran la mano y manifestaran que no contaban con tiempo libre para escribir, por lo cual solicitaban que la dirección de Cultura del país, de cada territorio, tomara como determinación exigir a las administraciones de los centros de trabajos que les dieran un tiempo libre para dedicarse a escribir. Más que idílico o vislumbre de locura, se trata de un reclamo tan cándido que solo es concebible que se haga si se ubica en ese contexto, en esos años, cuando se podían llegar a pensar que cosas como esas podían ser viables.

La lucha por el tiempo para ejercer su oficio es otro de los grandes retos que asume el escritor. Así ocurre en estos momentos, al menos para la mayoría de los autores. Quizás en alguna otra etapa sea de una manera distinta. Pero por ahora hay que adaptarse, y no dar pataletas, sino bajo cualquier circunstancia buscar cómo, cuándo, y escribir, escribir... Eso es lo que tiene sentido para un escritor, es lo que lo justifica, lo que le hace ser, incluso aunque tenga 73 años como yo.


Por: Norge Cépedes