José Manuel EspinoQuienes le tienen por amigo saben de su preferencia por el ajedrez, los almuerzos “lezamianos”, los carnavales que reúnen a otros amigos frente al dominó y de esa eterna propensión al chiste inteligente: comicidad desbordante que lo autentifica como un sello de garantía para hacer llevadera la reunión más insufrible.

Quienes le admiran desde su literatura, reconocen en José Manuel Espino Ortega (Colón, Matanzas, 1966) un ESCRITOR —así en mayúsculas— de infinitos recursos, tanto visuales como expresivos.
 
Poeta, narrador, editor, dramaturgo, ha publicado, entre otros textos, Sueño de una noche de verano (Ediciones Matanzas, 1989); Rantés vive en la otra puerta (Letras Cubanas, 1996); Mapas del hijo pródigo (Ediciones Vigía, 2000); La desnudez del ángel (Ediciones Aldabón, 2007) y los archiconocidos libros para niños El cartero llama tres veces y Magia Blanca (Ediciones Unión, 1996 y 1997); El próximo circo (Hermanos Loynaz, 1998); Laberinto y El Libro de Nunca-jamás (Gente Nueva, 1998 y 2003) y El Libro del bosque encantado (Gente Nueva, 2008).
 

Al fragor de una charla pública en el espacio de homenaje Como ángel cierto, (dedicado al propio Espino en la Casa de las Letras Digdora Alonso, sede de Ediciones Matanzas y dirigido por el editor y poeta Alfredo Zaldívar) se inició este tête à tête que aún no cesa: se perpetúa dulcemente, como el paso de los ángeles…

José Jacinto Milanés, José María Heredia, José Martí y otros tantos José en las letras cubanas y universales. ¿José Manuel Espino estaba predestinado a la literatura? ¿Hasta dónde el azar y hasta dónde el empeño en el oficio?
 
Realmente ante los José que mencionas, sin pudor alguno, debiera llamarme Manuel, a secas. Reconozco sin embargo una cercanía mayor a Plácido, el artesano, el lacerado poeta que pulía peinetas y versos. Con esto te confieso que sí me siento de algún modo predestinado a la literatura, cómo explicar de otra manera haberme graduado de Economía y sentir también en esos estudios la ganancia necesaria para lo que sin dudas ha sido mi más grande vocación: la escritura. Azar y empeño se han engarzado de tal modo que se hace difícil reconocer dónde comienza uno o termina el otro, porque, que en mi casa de la infancia tuviera la oportunidad de recibir a Jesús Orta Ruíz, y este improvisara después de la muerte de su hijo —algo que raramente hacía— sin dudas es un deslumbramiento que me ha acompañado.
 
Textos, la revista literaria del municipio matancero Colón,publicó en la década de los 80 algunos de tus poemas, de temáticas bien heterogéneas y para los públicos más diversos. ¿Estos momentos corresponden a tus inicios en la literatura?
 
Textos fue más que una revista, se convirtió en el alma de la literatura en Colón, terruño donde existe un gran fervor por las letras. Ahí aparecieron mis primeros escritos, y me horroriza que alguien los haga públicos. Sólo el tiempo nos convence de lo inoportuno de publicar demasiado tempranamente. Aunque tampoco sea asunto de perder la paz, lo mejor es reconciliarse con uno mismo, aceptar que ese es el Espino de tal momento. 
 
Sin etiquetas predeterminadas, ¿cómo te definirías?:
Escritor para niños y jóvenes;
Poeta, narrador y dramaturgo;
Un hombre de números que se apasionó por las letras;
Un niño grande que ama escribir para otros niños.
              
Sería fácil dejarse deslumbrar por el bello concepto que propone un niño grande que ama escribir para otros niños; pero en verdad me gustaría que me consideraran poeta, narrador, dramaturgo, porque he intentado expresarme en cada uno de esos géneros y sacudirme del fantasma que significa ser sólo “un escritor para niños”.
 
Por años has trabajado con varios municipios de la provincia asesorando los Talleres Literarios ¿cuánto crees que éstos hayan aportado, o no, a la literatura cubana?

Los talleres literarios son una dádiva que muy pocas veces se valora con absoluta justeza, quizás porque muchos los reducen a los encuentros debate y escribir un solo texto como única finalidad. Pero su verdadera importancia radica en la posibilidad que ofrecen de confluir, actualizar, promover. Los cursos délficos de lecturas según quien los ofrece —cada maestro tiene su libro—. Tengo la certeza que acorta años en la búsqueda del aprendizaje necesario. Lo verdaderamente importante es la libertad con que se enfrente la realización de un taller y de ningún modo querer hacer una escuela a nuestra imagen y semejanza.
 
Durante las Ferias del Libro te transformas en el promotor cultural por excelencia, ¿te añade o resta esta labor frente a la hoja en blanco?
 
No creo en el escritor absolutamente puro, y para contaminarse no hay nada mejor momento que una feria. Ahí se derrumban las murallas entre autor y lectores de una manera arrasadora. Esos encuentros —y a veces encontronazos— serán motivación para la escritura del día de mañana. Únicamente en tal sitio de privilegio el escritor se reconoce como el río de Heráclito, y sabe que después ya no podrá ser el mismo. Más aún si tu espacio es el Pabellón Infantil, donde lo mismo puedes salir con vítores de entusiasmo que con una pedrada.
 
Ganador en varias ocasiones de La Rosa Blanca, atesoras el David, el Ismaelillo, entre otros reconocimientos. ¿Escribes para los premios o tu talento ha sido bien recompensado?
 
Me declaro rotundamente un cazador de premios. Lo que no debe traducirse en modo alguno como que traicione mi escritura supeditándola a los Concursos. Sólo que el escritor tiene apremios naturales, techo, familia… Y los premios permiten un respiro —de ninguna manera una tranquilidad absoluta—, aseguran una publicación bastante rápida y digna, una promoción distinguida y la tan vilipendiada remuneración económica. Los premios jerarquizan. Demasiada seducción como para resistirse. Ahora, te confieso que aún hay unos cuantos trofeos que quisiera mostrar en mis vitrinas. 
 
Mientras hay quienes opinan que tus libros resultan hermosas publicaciones porque “te haces temer”, otros aseguran que la misma obra establece conexiones insospechadas, lecturas muy diversas y recreaciones singulares.
 
Reconozco que soy un “autor difícil” para complacer con el arte de la edición, etiqueta que me he ganado con mucho esfuerzo y ahora intento dejar atrás, y es que tiendo a visualizar mis libros, y a veces esa intervención va en contra de la libertad de lectura de los ilustradores. Aunque debo reconocer que mi testarudez también ha salvado mi obra de colosales desmanes, como cuando me enfrenté al diseño de Alí Babá y las 40 ilusiones que tiene poemas enumerados y según la visión de la persona a cargo, proponía verdaderamente el caos al situar los números —que al fin y al cabo servían de título—, de un modo arbitrario lo mismo a derecha, centro, izquierda, principio o fin. Aún existe mucha improvisación, no lo digo yo, sino el obrar cotidiano del personal que se supone calificado. Para ser franco, quien más difícil se las vio conmigo fue Javier Dueñas, y es que casi lo dejaba sin aire, todo el tiempo le ponía un pie forzado, y aunque estoy muy satisfecho de los libros que compartimos, imagino que debió ser un proceso tortuoso para él. Pero no siempre ha sido así, no pocas veces me han sorprendido verdaderas joyas. Cuando se tiende un puente de confianza puede ocurrir que aparezca El último diente de leche… o El libro del bosque encantado.
 
Al comentar sobre tu último libro, Verde que te quiero verde, Rubén Darío Salazar, director de Teatro de las Estaciones, te representa de una forma muy personal: “En el municipio matancero de Colón vive un niño muy alto, sospecho que es un ángel camuflado,  lo delata su escritura transparente, su comportamiento pícaro y misterioso”. Como si contaras otra historia para los niños, ¿harías alguna anécdota que manifieste cuánto de ángel o duende habita en ti?
 
Era invierno y 1991, aún puedo ver las nubes pasar como ovejas grises sobre la ciudad de la Habana. Como a cualquier escritor los pasos me llevaron a la Moderna Poesía. Sus estantes comenzaban a vaciarse, y yo traía en la mochila mi primer libro: Sueño de una noche de verano. Gracias a Ediciones Matanzas desde 1989 ya no era un autor inédito. Era 1991 e invierno, el ángel y el duende andaban medio revueltos en mí. En aquel tiempo, una edición provincial era víctima de presentaciones, y nunca había visto siquiera un ejemplar en una librería. A escondidas de la mujer que cuidaba, como al descuido, puse mi libro en exposición y comencé a aguardar. Apareció una muchacha, tenía un chal tirado sobre el cuello, tomó mi libro entre sus manos y lo hojeó. Yo ni siquiera podía respirar. Lo dejó en el mismo sitio y fue unos anaqueles más allá. Me sentí humillado mientras continuaba en su búsqueda de qué llevar a casa. De pronto, regresó a donde estaba el único ejemplar de Sueño de una noche de verano y lo llevó a la caja para que fuese cobrado. La mujer revisó una y otra vez. No tenía puesto el precio. No era un título que recordara. Fue un momento hacia el almacén y le cobró, de más, como podría esperarse. En mí había una mezcla de felicidad y tristeza. La muchacha se alejó por la calle Obispo, de alguna manera yo también me iba con ella. 
 
¿Espino escribiría por igual en Colón que en otra ciudad del mundo?
 
Cavafis decía en sus versos: No existe para ti ni ruta ni navío que pueda conducirte a ninguna otra parte, pareciera una profecía. A veces me pregunto si no soy yo quien está anclado en medio de la ciudad, y los demás imaginan que es el almirante. Porque además; ¿cómo llegó a un sitio sin mar? Puedo ir por toda la isla, allende los mares, pero siempre, como quien regresa al útero pródigo, vuelvo a Colón, a mi juego de ajedrez y los amigos, la taza de té y el regazo de mi madre, la gente que me odia y que me quiere, como diría Silvio.    
 
Agosto 31 en el “Libro de Bitácora de Nunca-jamás”: sostienes que “si algo debiéramos salvar en esta embarcación es el libro raro”. Te ofrezco ahora la posibilidad de que —frente al naufragio que es tiempo y espacio— salves únicamente tres.
 
Sin lugar a dudas, Rantés vive en la otra puerta, que fue verdaderamente una revelación, aún puedo revivir el momento en que lo fui modelando; posiblemente Chico —mi primera obra de teatro admitida a pesar de que notables dramaturgos insisten en la existencia de alguna de cuyo nombre no quiero acordarme—; y tal vez Alí Babá y las 40 ilusiones, libro de libros, exploración inquietante. Pero no olvides que mañana podría darte una respuesta muy diferente.
 
Sonetos, haykus, décimas, ovillejos, cuentos, textos dramáticos. No pido un “decálogo a lo Quiroga”, pero “sí un tríptico a lo Espino” para los neófitos en las letras.

1.Sé fiel a tu escritura como a ti mismo.

2.Recuerda que cada libro es una batalla irrepetible y requiere por tanto su propia estrategia.

3.No escribas como si tu éxito dependiera de borrar a cuantos te antecedieron, aunque sea difícil de constatar, hay sitio para todos.

Y sin ninguna inocencia, te regalo el decálogo del imperfecto escritor para niños, que escribí concienzudamente después de arduas lides:

I – Escribe a sabiendas de que puede no existir la literatura para niños, que no pocas de sus voces más autorizadas le niegan, por lo que debe tratarse de alguna superstición, otro cuento de hadas.

II – Da tus propios palos de ciego. Elegiste una literatura para la que se acrecientan las barreras.

III- Si escribes como un culto a tu infancia cometes el candoroso error de ignorar la distancia que existe entre el niño que fuiste, el niño de hoy, y el niño del mañana.

IV- Habitualmente se tolerará la literatura para niños como escritura menor y por ello todos los que te rodean se sentirán capacitados de aportarle una “pequeña obra maestra”.

V- Sobre tu hipotético lector ejercen su tiranía la familia, la escuela, las instituciones. En gran medida son responsables de encuentros y desencuentros. No contrariarlos puede ser un atajo, pero, ¿no será otra maniobra del lobo?

VI- Evita el diminutivo como acercamiento al mundo infantil. El síndrome de Peter Pan es un mal de los adultos. Entre los derechos del niño debiera de aparecer que las lecturas los preparen para crecer.

VII- Como Cristo (al fin y al cabo se ha demostrado que esta escritura es un acto de fe) deja que los niños vengan a ti. Acepta que se cumpla tu destino.

VIII- No confíes en que los niños responden mejor a los elementos fantásticos. Alguna dosis de realidad sobrepasa cualquier expectativa: “Cuando despertó, los padres todavía estaban allí…”

IX- Te resignarás a ser aceptado como escritor sólo en espacios infantiles: revistas, coloquios, ferias. Una especie de Disneylandia escritural en la que nos comemos los unos a los otros.

X- Ten presente que clásico para niños es sólo aquel libro que releen con absoluta fidelidad los adultos.


 
* Tomado del libro en preparación ¿Me permite una pregunta? De Maylan Álvarez