Por: Norge Céspedes

Conversación con la destacada poeta cubana Georgina Herrera (Matanzas, Jovellanos, 1936)

Empecé a escribir desde muy niña, en Jovellanos, donde nací, en abril de 1936. De pronto, así como si nada, empezaron a salirme poemas. No sé por qué en un principio los escribía en secreto y los ocultaba. Sentía como que estaba cometiendo un delito. Pero no podía parar. Era un delito a gusto.

Ya cursando la primaria superior, no recuerdo de qué manera caen unos versos míos en manos de la directora de la escuela. Ella, con mucho misterio, me hace llamar. Entonces me dice: “Bueno, no te preocupes, no te vamos a hacer nada, pero dinos a quién plagiaste”. Una vez que quedó demostrada mi inocencia ante la acusación por aquel acto, del que oía hablar por primera vez en mi vida, empezaron a llamarme “la poetisa”.

Conversación con la destacada poeta cubana Georgina Herrera (Matanzas, Jovellanos, 1936)

Hay un hecho curioso de aquella época. Yo tendría nueve o diez años, y creo que por contar con buena letra y ortografía, me convertí en una especie de escriba de nuestro vecindario, especialmente de muchas de aquellas viejas negras que visitaban nuestra casa, analfabetas casi todas y necesitadas de comunicarse con sus parientes, sus maridos, sus hijos y otros familiares que se habían ido de Jovellanos para La Habana o para cualquier otra ciudad. Por cierto, a pesar de mi corta edad, me llamaba la atención que todas, en sus mensajes, manipulaban a su antojo los acontecimientos a los que aludían.  

Al cabo del tiempo, ya cumplidos los dieciséis años, se me ocurrió enviar un poema al periódico Excelsior, y a los dos o tres días ya estaba impreso en sus páginas. Aquello fue un suceso para todo el mundo. Luego seguí mandando textos al periódico y no dejaban de publicármelos.

Entre mis familiares no existía la más mínima inclinación hacia el arte, ni yo había recibido algún estímulo en ese sentido. Acaso lo más cercano a un estímulo de ese tipo, un estímulo artístico, fuera el contacto con todas aquellas negras viejas, nuestra vecinas, con sus cartas, con sus chismes, con toda la tradición cultural que destilaban desde la oralidad en sus conversaciones cotidianas.

Jovellanos era en aquel entonces un pueblo muy próspero. Tenía central azucarero, una fábrica de refrescos, una de mosaicos y muchos otros negocios que lo hacían florecer. Esto no quiere decir que debamos idealizar a ese Jovellanos. Había gente pobre, con necesidades. Gente que dormía bajo los puentes y que causaban una gran impresión en mí. Por otra parte, mi propia familia era, económicamente hablando, modestísima.

Mi padre trabajaba como albañil en el central, en tiempo de zafra las cosas andaban más o menos, pero cuando llegaba el tiempo muerto… Mi madre era ama de casa. Ama de casa a la usanza antigua, plegada por completo a la voluntad de su marido, algo que si bien era común en esa época a mí obviamente no me gustaba, aunque tenía que guardar silencio. Éramos cuatro hermanos, tres hembras, y un varón. Cuando aún yo era adolescente, mi madre murió, y las hembras tuvimos que hacernos cargo de las labores domésticas.

Pasado el tiempo, tuve un disgusto con mi padre. Me dio un galletazo cuando yo ya tenía veinte años. Este suceso aceleró una decisión que daba vueltas en mi cabeza: salir hacia La Habana. Aunque nadie estaba de acuerdo con mi partida, lo hice. Me acogieron dos tías con casa en La Víbora.

Una joven negra, y además de familia pobre, se decía entonces que no contaba con más caminos que hacerse prostituta o limpiar pisos. Opté por la segunda opción. Mis tías se dedicaban a eso también. No solo era limpiar, sino hacerlo todo en la casa que te contrataban. Yo lo hacía durante el día, pero en la noche me dediqué a estudiar mecanografía y taquigrafía en una escuela pública nocturna, cercana a la casa de mis tías.

Yo no renunciaba a la poesía. Sentía que era imprescindible para mí. La poesía siempre me ha permitido ser a plenitud. Me permitía conversar abiertamente conmigo y con los otros. Además, no se puede negar que hay cosas a nuestro alrededor, e incluso en una misma, que, de no ser por la poesía, no se sabría de su existencia. Yo notaba eso, me aferraba a eso, en medio de las difíciles circunstancias cotidianas en que vivía.  

En una de las casas donde presté servicios domésticos conocí a unos jóvenes escritores que me prestaron mucha ayuda, tras sorprenderse con la noticia de que yo era poeta y de que además acababa de ganar una mención especial en un concurso de poesía convocado en La Habana.

Sin embargo, esos momentos iniciales en el mundo literario habanero no fueron solo color de rosa. Tuve un amigo argentino que me fue a presentar a unos conocidos suyos en la Universidad de La Habana. Era la primera vez que yo entraba allí. Al ver a sus conocidos, mi amigo, entusiasmado, les dijo: “Esta es la muchacha de la que les había hablado, la que escribe bien”. Ellos me miraron de arriba abajo, recorriendo estupefactos mi piel negra, mi aspecto humilde, y no dijeron una palabra. Mi amigo y yo dimos la espalda y nos fuimos, indignados.

Una acogida distinta me fue propiciada por el grupo Novación Literaria, que ocupaba la página dos del periódico Prensa libre. Ellos me bridaron ayuda; eran muy humanos. Y gracias a ellos participé en el Primer Congreso de Escritores y Artistas de Cuba, ya en la etapa revolucionaria, donde conocí, entre otras importantes figuras, a Félix Pita Rodríguez, a Onelio Jorge Cardoso y a Eliseo Diego, quienes se quedaron encantados conmigo.

Ya entonces yo había empezado en Radio Progreso. Me habían comentado sobre unas convocatorias para plazas de mecanógrafa. Había una oportunidad en las oficinas de la O.R.I. (Organizaciones Revolucionarias Integradas) pero como sabía que allí tendría una gran responsabilidad, una tremenda carga de trabajo, opté por la otra opción, en Radio Progreso, donde me aceptaron y acabé trabajando hasta mi jubilación laboral hace unos cuantos años.

En Progreso empecé como mecanógrafa-copista, con la suerte de que me ubicaran en el Departamento de Dramatizados. Me gustó aquello, le cogí la vuelta, y al poco tiempo preparé mi primer libreto. Lo revisó Julio Batista, quien era muy exigente en eso. Me lo aprobó, y de ahí en adelante, y en medio de muchos cursos de superación que pasé, seguí escribiendo libretos. Me gustaban sobre todo los de programas históricos.

Dramatizados me daba espacio para mí. Así que pude leer mucho y seguir con la poesía. Mi primer libro lo publiqué en Ediciones El Puente, en 1962. Para mí fue muy difícil. Eran poemas de muchos exorcismos. De mucho dolor. Y estaba como entrampada en ellos. Recuerdo que me apremiaban para que acabara de entregar la versión final del libro, para que pudiese ser impreso, y que en medio de aquel apremio, sin saber aún qué título escogería, se me ocurrió ponerle GH: mis iniciales, porque sabía que aquel libro era yo misma. Yo en aquellos momentos. Quejándome de todo, amargada, inconforme. Fue un mundo que afortunadamente logré superar y dejar atrás poco a poco. Por cierto, de GH quedó afuera un grupo de poemas que han permanecido inéditos y ahora, desde la distancia, recupero en mi Poesía Completa, que está a punto de salir por la editorial Letras Cubanas.

En GH son ya visibles caminos que recorrería mi obra poética. Está la voluntad de reflejarme a mí misma, pues no de otra cosa podría, o debería hablar, porque es precisamente de mí de lo que más yo sé. Hablar de mis cosas, de mi perspectiva de mujer, de mujer negra, de mi cotidianidad, de mi tiempo, de mis alegrías, mis dolores y mis odios. De cuanto marque nuestras existencias en el día a día. En GH está también mi preocupación por el ritmo. Debido a esto no son pocos los que me han preguntado si estudié música. Pues no. Y lo peor del caso es que amigos, ellos sí conocedores de la música, me han recomendado, ante mi notable desafinación, no intentar cantar. Ni siquiera en el baño. Ya ves, qué paradójico.

Hay algo más que caracteriza mi poesía. Su llaneza, su claridad. Siempre he querido que la gente me entienda, que sepa con nitidez lo que traigo entre mis manos. El hermetismo no tiene nada que ver conmigo. Hace un buen tiempo, siendo joven aún, y muy tímida, un profesor de literatura de la Universidad de Bristol se plantó ante mí y empezó a hacer elogios de mi concepción de la poesía. Me dijo que siempre le había interesado enseñar a sus alumnos una poesía que más que críptica fuera comunicativa, una poesía como la mía. Me sorprendió gratamente aquella opinión.

Así es mi poesía, directa. No persigo otra cosa que compartir con los otros esa sorpresa que ella me produce. Esos otros modos de ver, de sentir, de vivir. Quiero que la gente entienda eso, que perciba eso que yo percibo a partir de este privilegio que me propicia el hecho de ser poeta. Quien es poeta debiera estar agradecido. No todo el mundo lo es. La poesía es una cosa que nace contigo. Se puede ser muy disciplinado escribiendo, se puede decir incluso hasta que alguien “escribe bien”, pero puede ser que ese alguien a pesar de todo no esté haciendo poesía. La poesía es algo más que eso, tiene un toquecito especial, y este solo puede aportarlo quien lleva la poesía por dentro.

Yo no sabría vivir sin la poesía. Sigo escribiendo con intensidad aun a mis 81 años. Aquí mismo en esta cartera traigo encima tres poemas que recién terminé y estoy echándole un vistazo. Traigo, también, papel y lápiz, de los que nunca me separo. Incluso en la noche, al acostarme, dejo eso cerca de mí por si de pronto me llega algo; tengo que escribirlo rápido porque corro el riesgo de que se me olvide, y lo pierda. Para mí la poesía es algo que me llega no sé de dónde y que yo quiero compartir. Compartir…