Ramón PachecoSiempre me llamó la atención la manera en que Ramón Pacheco Salazar realizaba paralelamente, combinaba su obra como fotógrafo que trabaja para un medio oficial de prensa escrita con la del fotógrafo que en los circuitos más visibles de la promoción del Arte expone en galerías del país y de fuera, aparece en libros y revistas, recibe importantes premios y reconocimientos e incluso es considerado en cierta ocasión entre los 200 artistas del lente más representativos de América Latina.
 
Pacheco lleva más de 30 años como fotorreportero en Girón, semanario impreso de la provincia de Matanzas en el que yo me desempeñé como periodista entre 2000 y 2010. Durante ese tiempo compartimos numerosas coberturas, algunas que nos llevaban a viajar varios días y hacer estancia en lugares tan apartados y pintorescos como Ciénaga de Zapata.
 
La primera vez que salimos me preguntó, cuando íbamos en el carro, si a mí no me molestaba que una vez terminado su compromiso conmigo, es decir, con las imágenes que yo necesitaba para el trabajo periodístico que me habían encargado, él aprovechara el recorrido y tirara algunas fotos que le interesaban de modo particular. “Fotos extra, para mí”, dijo exactamente. No le puse objeciones y así ocurrió siempre desde entonces.  

A veces tiraba sus fotos “extras” en el mismo lugar donde nos encontrábamos, aunque buscando cosas distintas a las que yo buscaba, o sencillamente salía a dar una vuelta, a husmear por los alrededores. Luego, ya de regreso, en el periódico o en su casa, cuando él descargaba las imágenes en la computadora y revisábamos las que escogeríamos para acompañar mis textos, me deslumbraba con las imágenes paralelas a nuestra búsqueda periodística.

Recuerdo que por lo general aquellas imágenes eran, a mi juicio, y a su juicio, tan o más importantes que las que habíamos ido a buscar para cumplir con el encargo oficial de nuestro medio de prensa, al que sin embargo, y lamentable e inexplicablemente, no le despertaban ningún interés. Luego, cuando menos yo lo esperaba, una de estas fotografías aparecía en la próxima exposición de Pacheco en una galería.
 
He recordado todo esto hace unos días, cuando pasé por el Museo de Arte de Matanzas, donde a mediados de abril se inauguró la muestra “Las convivencias de Pacheco”, donde se exponen cerca de 30 fotos que funcionan como promontorio desde el cual se pueden observar algunos de los caminos que ha asumido, cámara en mano, durante las dos últimas décadas. Poco después de haberlas observado, conversé con Pacheco sobre las mismas, y sobre todo sobre sus modos de hacer, sobre los conceptos que maneja como fotógrafo.
 
—¿Consideras que la cotidianidad, que los elementos de la cotidianidad que has captado con tu lente son esenciales, son en cierta forma los que deciden la solidez de tu obra, tu manera de ver, de interpretar las realidades?

—Creo que sí. Yo he asumido la fotografía como un instrumento con el cual dejo testimonio de la vida cotidiana, vida cotidiana que no es tan fugaz, tan insignificante como a veces creemos, sino que es en realidad el cimiento desde el que, segundo a segundo, se levanta la Historia. Lo que nos ocurrió hoy, algo que nos parece una minucia, una bobería, dentro de un tiempo determinado puede ser muy trascendente. Así que consciente de esta certeza, capto imágenes mías, de mi familia, de mis vecinos, de la Cuba de hoy, del mundo de hoy.

La fotografía que yo hago es, por lo general, un documento histórico. Eso es lo que he pretendido con mi obra. Lo que me impulsa, lo que me da un sentido cada vez que tomo la cámara, elijo un cuadro y aprieto el obturador.  Mi fotografía es una fotografía documentalística, y si me pidieran referentes, motivos que me ha inspirado a ir por el camino que he ido, mencionaría de inmediato a la obra de fotógrafos como Cartier Bresson y Robert Kapra.


En la exposición que acabo de inaugurar puede apreciarse muy nítidamente esta intención mía. Es una muestra en la que se ven algunos momentos, algunos fragmentos de una especie de ensayo fotográfico que comencé a realizar a principios de los años noventa y que cuenta con varias subtramas, en las que se hace algo así como una crónica de la existencia del cubano desde esa fecha hasta los tiempos más recientes. Se trata por lo general de la vida de gente muy humilde, de a pie, pobres, marginales, marginados.

Fotos en las que aparecen algunas de las personas que habitaban en las ruinas del llamado Hotel de los cien mil pesos, hoy ya demolido; una niña negra, ingenuamente feliz, sentada sobre un bloque de concreto, a la entrada de un destartalado solar; escenas de los clásicos apagones de los primeros tiempos del Periodo Especial; aquellos estanquillos habaneros en los que ante las muy bajas tiradas de la prensa impresa se colocaban periódicos en sus vidrieras para que pudiera leerlos la gran mayoría que no alcanzaba ejemplares; un toalla con un agujero enorme desde el cual se ve el resto de la tendera en un patio; una bodega desabastecida, desarreglada, herrumbrosa...

—Consigues una poética muy peculiar con ese tipo de ambientes, con esa pobreza y desvencijamiento de los espacios materiales en que se mueven los seres a los cuales te acercas...

—Este efecto creo que se logra porque no me centro en los espacios como tal sino en la gente que los habita. Provoca cierta sorpresa, cierta admiración encontrarse con personas que viven, que sobreviven en esos ambientes materiales tan hostiles y a pesar de esto tienen una sonrisa. Y si no tienen una sonrisa, si están en sus peores momentos, tienen aunque sea la fuerza para hacerse una pregunta ellos mismos, para cuestionarse y tratar de buscar una salida, un mejoramiento, o cuestionar a los otros, a la sociedad misma en toda en su amplitud si hace falta. Esta capacidad del ser humano siempre llama la atención, esa lucha que emprende contra cualquier adversidad, y la que por grande que esta sea suele sacar fuerzas y sobrevivir, salir adelante.

—Eso que acabas de decir suele manejarse en el periodismo, con lo que se pone una vez más en evidencia que en tus imágenes hay algo a lo que tampoco parece que puedas renunciar: el fotorreportero que eres...

—He llevado el fotoperiodismo a las galerías de arte. Este hecho, que han señalado los críticos en reiteradas ocasiones, me define, me explica. Si alguien quiere saber quién soy cómo fotógrafo, si alguien se interesa por las características conceptuales y formales de cada una de mis obras, tiene que pensar necesariamente en eso. De hecho, te voy a confesar que buena parte de las imágenes que he expuesto en galerías, ya sea de Cuba o de otras partes del mundo, las he tomado mientras llevaba a cabo coberturas oficiales como reportero.

Pudiera decir que buena parte de estas obras han sido perfectamente publicables en los medios masivos de prensa, ya sea impresos o digitales. Pero sucede que estos muestran desinterés frente a ciertas imágenes que les parecen demasiado crudas. Es inexplicable e incluso contraproducente, pues podría ocasionar falta de credibilidad, inverosimilitud de los contenidos. La realidad es como es, no se puede tapar con un dedo. Hay que ponerla tal como es. Con esto quiero decir que mi obra en sentido ha sido como un camino paralelo al periodismo, como una forma de completar mi visión sobre la realidad. He hecho lo que me ha exigido nuestra agenda mediática, y a la par he hecho lo que yo estimé en cada instante, lo que a mí me pareció relevante.

Quisiera añadir que la no presencia de este tipo de imágenes en nuestros medios de prensa no solo debemos achacarla al rechazo de su contenido por parte de los mismos. A veces tampoco cuentan con espacio para incorporarlas. Por otro lado, tampoco se cuenta con revistas especializadas, y publicar un libro es una verdadera odisea. Rafael Acosta de Arriba me ha incluido en un volumen que lleva buen tiempo tratando de sacar,
recorre el panorama de la fotografía cubana (contiene más de 80 fotógrafos) que desde finales del siglo XIX hasta el siglo XXI ha abordado la temática del cuerpo. Parece que ya encontró financiamiento pero ha sido un camino escabroso.

No hay recursos estables, no hay instituciones que apoyen con regularidad este tipo de proyectos de fotografía (documental, ensayística) que tanto pueden aportar para el conocimiento de nuestra sociedad. En el mundo sí lo hay. Yo mismo he tenido la suerte de ser beneficiado con dos becas de la fundación alemana Ludwid, que me permitieron hacer proyectos en Alemania (1998) y Suiza (2006).

—¿Qué hiciste exactamente allá?

—En Alemania, un ensayo fotográfico en el que investigué sobre los bajos mundos de ese país. En Suiza puse a “caminar” por algunos escenarios de sus ciudades a unos “kikos”, aquellos zapatos de goma con huequitos por todos lados que se usaron en Cuba en los años 70; quería establecer el contraste material entre ambas naciones y a la vez señalar cómo esos elementos se convertían en maneras de identificarnos. En Alemania y Suiza realicé varias exposiciones. Pude además hacer fotografías en países que visité mientras estuve disfrutando de ambas becas; tomé imágenes en Francia, Bélgica y Holanda.

—He visto algunas de las fotografías de los “kikos”. Resulta bien contrastante su humildad en medio de aquellos fastuosos escenarios. Por cierto, estas imágenes son en colores, y esto no es habitual en tu quehacer...

—Tenía que ser en colores. Solo así podía demostrar con más nitidez ese contraste al que te refieres. Lo hice por una necesidad estética. Ahora bien, tú sabes que prefiero por diversas razones el blanco y negro.

En el mundo, la fotografía a color es sin dudas la preferida de los medios de prensa impresos y digitales. No se le puede dar la espalda a la realidad, así que he tenido que asumir eso, aunque en realidad a mí sigue gustando más la imagen en blanco y negro. Siempre trato de hacerla de ese modo, y cuando la tengo que realizar obligatoriamente en colores, debido a mis compromisos como fotorreportero, me queda por suerte la oportunidad de llevarla luego a blanco y negro.

Lo permite la tecnología digital, sin que tenga ninguna afectación, sin que pierda ningún parámetro técnico. Es una suerte. El blanco y negro aporta una intensidad, un dramatismo peculiar que no se siente cuando la foto es a colores. Por cierto, la agencia fotográfica Mágnum, la más grande del mundo, todas las imágenes que venden son en blanco y negro. Eso dice algo. Habría que añadir cierto elemento nostálgico, romántico que me provoca el trabajo con el blanco y negro

— ¿Elemento nostálgico, romántico? ¿Eso también se incluye dentro de tu preferencia por la tecnología analógica?

—Sí, también. Disfruto mucho la sensación, la tensión, la exigencia que plantea la cámara analógica a la hora de hacer la fotografía. Hay que ser muy preciso. En la cámara digital tú ves lo que se está recogiendo, pero la analógica no se ve el resultado hasta que sale del laboratorio (después del revelado y la impresión). Entonces, si hubo problemas, ya no queda opción para nada, a no ser lamentarse.

Pero hay algo en la fotografía que va más allá de esta preferencia romántica. Algo muy concreto. La cámara analógica te obliga a convertirte en un fotógrafo de verdad, a dominar a fondo cada detalle técnico de este oficio. No solo es encontrar la foto, colocarte frente a lo que merece una foto o que tengas la suerte de que eso se coloque frente a ti, sino saber además qué hacer para que esta se capte de la mejor manera, desde el punto de vista meramente técnico y también de la intención artística que se tenga. Hay que pensar.

La fotografía digital ha desvirtuado bastante esto. Buena parte de los fotógrafos que solo han trabajado con ella no saben nada de esas cosas. Cuando tienen la foto aprietan el obturador y ya, no se preocupan por nada más, que se preocupe la cámara por ajustarlo todo, y si algo no salió del todo bien, pues sencillamente luego lo arreglan en la computadora con algún programa. Este proceder acaba yendo en contra de la fotografía, no es lo mismo así, no queda igual, ni en la parte técnica ni en lo subjetivo, en lo que lleva de pensamiento. No saben en realidad lo que es este oficio, este arte.

World Press Photo, uno de los concursos fotográficos más importantes del mundo, tiene en cuenta este punto de vista y por eso no admite imágenes que hayan sido alteradas de manera determinante en la computadora. Cuentan con medios técnicos para comprobarlo. Una de las últimas versiones de este certamen ha provocado polémica pues se premió una foto que dicen que fue modificada para que tuviera mayor luminosidad y se está cuestionando.

—Te refieres a la falta de preparación técnica de buena parte de los nuevos fotógrafos que se han formado con la tecnología digital, ¿pero crees en verdad que la tecnología digital es la principal causante de esto, de estas carencias? ¿No piensas que se trata de un problema más de fondo...?

—Sé por dónde vienes. Sé que quieres que me refiera a la inexistencia de un sistema de enseñanza en Cuba. Así es. Lo hay en otros países pero en Cuba no. En algunas carreras, como en Periodismo, se da como asignatura. Se imparte algún que otro curso. Pero nada más. Es un oficio que por lo general se aprende de modo empírico.

A lo que yo me refería es a que la práctica con la cámara analógica llevaba a estudiar los principios esenciales de la fotografía. De este modo se establecía una base. No podía ser de otro modo o sencillamente no lograbas una sola imagen. Pero con la cámara digital se facilitan muchas cosas, y al hacerlo entonces ni siquiera se adquiere esa base inicial. Esta ‘preparación’ empírica es menos completa que la que se adquiría antes. 


Esto que acabo de decir es de extrema importancia. Todo arte implica la pasión, la inclinación, la aptitud para asumirlo. Pero también se necesita la preparación, la técnica. Si no se cuenta con ella, entonces la obra de arte, la fotografía en este caso, no existirá.

Por: Norge Céspedes