Por: Alberto Garrandés

Para sumergirme en el asunto al que nos aboca el título, diría que escribir en tiempos de facebook significa para mí, entre otros muchos dilemas, mirar y ver dentro de la ilusión de una especie de fotografía absoluta, donde el absoluto no es la fidelidad técnica inevitable, sino, precisamente, la voluptuosidad de lo que se halla en suspenso. De modo que mirar y ver es un proceso, para mí, de interconexiones entre varios sistemas de las artes y las letras, y en el que la escritura pervive, de avatar en avatar, de metamor­fosis en metamorfosis, de disfraz en disfraz, sin fijarse, sin detenerse, viva en su metástasis, aunque al final se vea en forma de texto. Yo anhelo, del lector, un compromiso con lo irresuelto, con lo que aún no se ve, aunque la historia, como ficción, se vea y se resuelva. Porque, en definitiva, la literatura es residual. La literatura es lo que queda dentro del lector cuando el texto lo atraviesa y lo sobrepasa.

Escribir en tiempos de Facebook (En la imagen del sujeto expandido)

Lo impreciso, lo indeterminado, la inhabilitación creativa de la integridad.

El orden deforma: a veces la incoherencia es más verdadera que el orden porque el orden se alimenta de convenciones y esquemas canónicos. Concebir una materia histórica (historiable, contable, cantábile) que posea una inestabilidad proteica. Una materia intermitente y llena de pulsiones. Pero —insisto— que no destruya al relato.

Por eso, habría que —de cierto modo— decirle que sí al espasmo y a la devastación del estilo, para que sepamos cómo OJO, personaje bien urdido en tanto voz (especialmente una voz), dice lo que dice y actúa como actúa no porque esté hecho de imágenes que van a ser, sino porque al cabo contradice la ilusión de que nos hallamos más allá del lenguaje, más allá de su adherencia y su contaminación. Me imagino y me pienso como un fotógrafo. OJO refuta y desmiente el espejismo de que nos encontramos libres de la lengua, libres y mudos, aunque pensando, siempre pensando. Al cabo no podemos sino ser criaturas fonocéntricas.

El absoluto de la fotografía, en ciertas experiencias narrativas donde me sumerjo, tiene que ver con mi prehistoria: yo era o iba a ser un pintor antes de dedicarme a los estudios filológicos y literarios. Pero la imagen y la visualidad en general, especialmente en tiempos de facebook, devienen un orbe del cual no me desligo.

Le decimos que sí, entonces, a la posibilidad de un residuo en la ficción, cuando toda expectativa y todo resultado en el horizonte pasan por el lenguaje, el hablar, el parloteo. Mirar es ya ficcionar. No hay modo de entrar en la objetividad de lo real porque eso, lo real, no existe. OJO como mediación. Lo auténtico está en el valor y sus absolutos: la oscuridad total, el negro como abismo de presunción, y la luz total, el blanco (o eso creemos) como otro abismo de presunción.

Escribir en tiempos de facebook es, para mí, decirle que sí a la sospecha, un tanto monstruosa, de que las historias de OJO (no solo el de Bataille —ciego, facetado y dichosamente incorporativo —, sino el de Beckett, que es OJO en la autopercepción), inevitables frente al cuerpo, cuando se articulan en la mente empiezan a crear algo capaz de describir y evaluar (y cantarle a y compadecerse de) la materia cómicamente triste y desolada del sujeto, pero con un timbre que hace del estilo un misterio de tejeduría sin tiempo. Que el sujeto crea en su carácter de isla y después abandone esa presunción. Que la identidad sea o se complete siempre en el otro. Que mi misterio no ocurra sino en el otro o en mi mirada del otro y mi aceptación del otro conmigo y dentro de mí o yo dentro de él. Que yo me resuelva en otro u otros que son yo. Y que la escritura sobreviva solo en la mirada y en la interpelación o en la interlocución.

Escribir sin palabras, pero con palabras. Escriturar la imagen y convertirla en relato. Decir que sí a eso que habla y habla sin parar: el cadáver suntuoso y medio momificado en que se transforma un fragmento de lo real después que OJO lo mira.

Compones, disparas, miras y ves. El fotógrafo escribe. Si no hay lenguaje no hay fotografía. Pero el lenguaje siempre está. La foto, no siempre. La foto es lengua. La lengua ensimismada. Cuando la foto está, es porque la lengua la ha absorbido. La foto absorta.

Decirle que sí al riesgo de la metáfora, a lo que deviene metáfora. Que describir sea una forma vertical de contar, una forma hiper-densa del suceder. Acceder a algunas metáforas verbalizadas no en lo más inmediato del estilo, sino alegorizadas (y hasta endurecidas por el símbolo) en lo duradero de la conducta, ciertas conductas presumibles en la composición. Diseñar una estructura para el pasado y el futuro de la conducta, desde el presente de esa foto deseada. Imaginar la prehistoria y la post-historia. De ahí brota un relato. Si el relato se sostiene como lenguaje, y si, a su vez, dicho lenguaje sirve de preludio a un microcosmos, entonces la foto es fragmento no de lo real, sino de la presunción de lo real.

Abandonar, en lo posible, el fárrago de las teorías. Explicar con el auxilio de lo vital. Describir el proceso es mejor que explicarlo. Evitar las convenciones. Decirle que sí a uno de los géneros laudables del decir, de acuerdo con Aulo Gelio: el llamado gracilis, donde la sobriedad da paso a la soltura y la sencillez. Decirle que sí no a lo descuidado ni a lo árido, sino a lo directo y lo que ansia entregarse a la naturalidad de las lexicalizaciones. Que el relato se lea a sí mismo en la imagen presumida.

Amplificar y sobreexponer los fragmentos y ver qué ocurre. Que el relato se doblegue y se resienta. Auto-similaridad. Que al doblegarse y resentirse en lo-falto-de-límites y en la luz como ausencia, la fotografía absoluta caiga en su derogación como pista para un referente, y acceda a ser ella misma su finalidad. La foto como proceso autotélico. La foto del cuerpo como abstracción del cuerpo.

Entonces decirle que sí al relato y escribirlo. Regresar a la foto. Regresar al lenguaje-de-la-foto. Olvidar el cuerpo como tal para que te apoderes del cuerpo como conjetura de una inten­sidad. Que lo erótico resida ahí y no en lo identificable. Que lo identificable no sea el cuerpo o una parte de él, sino algo contami­nado por él o algo que sea él en ausencia de la forma.

Practicar todo esto hasta la languidez y la fragilidad. Ser sospechosamente ascéticos. Hasta la saturación. O hasta que, sin remedio, volvamos a sumergirnos en la carne.

Escribir en tiempos de facebook: replicación, pliegue, traslado nervioso del yo. La espada de mil capas. Estar lejos y cerca del Mar de Galilea.

A la caída del sol, doblar el metal al rojo blanco y distribuir los golpes. Son dos los herreros: cien golpes alternos cada uno, doscientos golpes en total. Doscientos golpes y doblar, doscientos golpes y volver a doblar. Conseguir cuatro capas. Otros cien golpes alternos. Hacer una S, doblar una vez y doblar otra vez hasta obtener una serpiente. Doscientos golpes más y esperar de nuevo al rojo blanco. Doce capas. Golpes y golpes y golpes y entonces doblar a lo ancho, y ya hay veinticuatro capas. Repetir el procedimiento: otra S, otra serpiente, y doscientos golpes hasta obtener setenta y dos capas, y seguir doblando a lo ancho, doblando y doblando y doblando. Estratos, más estratos de metal al rojo blanco. Ciento cuarenta y cuatro capas. De nuevo una S, otra serpiente, hasta las cuatrocientas treinta y dos capas. Y aplastar y aplastar: cien golpes alternos cada herrero. Y seguir y seguir hasta obtener, con el alba, la hoja de mil capas. Con ella se hace la espada que mata a los demonios.

Lejos y cerca del caminante sobre las aguas. Testificar el milagro. O, simplemente, creer en él.