Escrito en cirílico: manual para jerigonza parlantesQue en realidad nunca terminó la guerra fría comenta alguien cercano mientras la banda sonora del noticioso matutino de CNN anuncia que quedan prohibidas las adopciones de menores rusos por ciudadanos norteamericanos. Que Trotsky fumó repentino la pipa de la paz en Wall Street, allá cuando nacían juntos la década de los noventa y el siglo XXI, gime aún Sabina en los ordenadores, cadenas de música para Cds o mp3 o simples desgastadas y amadas cintas de nuestra generación. Todo ha sido confuso. Siempre lo fue. Desde que las lecturas primarias hablaran de Volodias y Vladimires que encerraban nieve en frascos de cristal para mandar a Cuba y un Joseito, un Pablito, un Serguei o una Niurka cualquiera recibieran esa agua hirviente en sus ventanas de Caimito, Siboney o Yaguajay. Más que en alfabeto latino o cirílico, todo ha estado escrito en jerigonza, en esa lengua otra que nunca entenderá quien esté “fuera del juego” -sólo para citar a otro gigante confundido.
 
La compilación de ensayos que hoy presenta Damaris Puñales Alpízar (Matanzas, 1971) pretende con eficacia allanar parcialmente ese camino abarrotado de obstáculos lingüísticos. Escrito en Cirílico: el ideal soviético en la cultura cubana posnoventa (Editorial Cuarto Propio, 2012) vendría a ser una suerte de autobiografía en ocho capítulos; un buen pretexto para desestabilizar a la academia. Abundo de inmediato. 

Las clásicas parcelaciones que reinan al interior de los discursos universitarios y sus ficciones de objetividad, en el campo de las humanidades suelen torcerse una vez más y admitir como legítimos sólo aquellos enunciados emitidos desde los nativos o sus descendiente de una cierta región; siendo la región misma el sujeto principal de lo discutido. De esta suerte encorsetada y aburrida hasta la extenuación, la propuesta de Puñales-Alpízar es, por sobre todos sus valores, un enorme desafío.

 
Si bien no está sola en su empeño -baste atender, entre otros, los estudios de Jacqueline Loss, José Manuel Prieto o Yoss- este cubanamente adentrarse en el camino de un “corpus literario/cultural donde lo soviético estuviera presente”(21) ha de provocar más de una mirada suspicaz, un comentario mordaz o incluso alguna encogida de hombros con su respectivo fruncir de ceño entre los cubanólogos de “pura cepa”.
 
La presencia soviética tan didáctica como opresiva -sugiere la investigadora- por casi treinta años en el cotidiano paso de la sociedad civil cubana, generó formas culturales específicas y el nacimiento de una “comunidad sentimental soviético-cubana”. La aseveración anterior sería, sin más, la piedra de toque que da articulación y sentido a la propuesta que hoy comentamos.
 
El repaso a toda la estructura real o imaginada que rigió la praxis socio-política de esos treinta años es otro de los ejercicios que con acierto la autora acomete en la medida en que ello le permite ahondar en la vigencia de los imaginarios soviéticos de matiz cultural para al menos un par de generaciones de isleños. Matices que obviamente va a buscar y encuentra con profusión en la literatura, el cine y la cultura material. Y aunque con ello tendría labor suficiente, no se detiene.
 
El Capítulo III dedicado a los cruzamientos de raza y género que se dan entre sujetos cubanos y soviéticas (por línea general no absoluta el género de los gentilicios se corresponde con el modo en que estas interrelaciones personales se establecieron) es a mi juicio y traduciendo del inglés: la guinda encima del pastel. Ese eslabón en donde lo inasible que entraña todo imaginario se materializa en sangre y lágrimas. Aún cuando Puñales-Alpízar se apure en aclarar que no es un ensayo sociológico sino nuevamente literario, basta haber presenciado dichas relaciones para entender que su naturaleza supera toda estancia escrita y deviene material para una “antropología kantiana”: ‘la cosa en sí’ son los cubanos negros y las rubias rusas. Sus fracasos, sus amores aún vivos, sus huidas, sus hijos de la hibridez cultural y la mixtura racial; aquellos que cambiaron tanto los escenarios al uso de las ex-repúblicas soviéticas como los paisajes de las pequeñas urbes cubanas.
 
Sin embargo, aunque pudiera aquí traducirse una cierta festividad por cuanto la investigadora desafía a la academia, por cuanto aporta, por cuanto alumbra; hay una cierta desazón que recorre las casi cuatrocientas páginas que conforman Escrito en cirílico…Un halo de imposibilidad que se anuncia desde su propia portada, esa matriuska-ratón atrapada por la bandera cubana que el pintor Alain Martínez concedió para la entrega. Cualquier invitación a la lectura de este texto debe incluir asimismo su auto-reconocimiento a priori de todo el proceso, incluidos sus finales y las consecuencias que ambos proyectos –el del imperio soviético y el de la isla alejada pero siempre dispuesta- supusieron para sus actores.
 
Puñales-Alpízar no deshecha esas subjetividades productivas en tanto abrigan una nostalgia por el futuro que no fue. La crítica más bien abraza la pertinente jerigonza, esa confusión que irá desapareciendo como los electrodomésticos, los animados del lobo y la liebre o la idea de una posible nieve sobre La Habana. A fin de cuentas, Trotsky aún no termina de fumar su pipa etérea y se ha visto pasear a Rambo en Bucarest. A fin de cuentas, polka y guaguancó siempre armonizaron sobre bases rítmicas distantes.

Por: Dr. Mabel Cuesta
University of Houston