Fina entre nosotrosPequeña, humilde, en verdad diríase suave, si no estuviéramos hablando de una losa. Tranquila pero no inerte. Sola pero no desolada. Al alcance de la mano. A la derecha, en el muro que rodea la puerta; el viajero, el peregrino, que entra desde el parque a la catedral de Matanzas, puede leer: “El bien no hace ruido. El ruido no hace bien”. Si Ediciones Vigía no hubiera existido, allí, en la verja, habríamos tenido que fundarla, solo para publicar la obra de Fina García Marruz.

Era 1990 y era Créditos de Charlot. Era el primer libro que la editorial se atrevía a publicar; poco más de ochenta páginas hacían creer que ascendíamos el Monte Carmelo. Allí estaba Chaplin, las gotas de lluvia cayendo sobre su sombrero; las lágrimas deslizándose bajo el paraguas. Era una frágil publicación, editada por Alfredo Zaldívar y diseñada por Rolando Estévez. Era un inmaculado papel que empieza a amarillear. Como marcador, un fragmento de cinta de celuloide que ya arde y se quema por los bordes. Era la dulce ingenuidad de pretender subsanar alguna errata simplemente tapando el desliz con un pedacito de papel pegado directamente sobre la línea ya impresa. Eran un sombrerito y un bigote diminuto, calzando la numeración de las páginas. Era una edición tan hermosa como inocente, que se presentó el 29 de abril de ese mismo año en la vieja casa de Vigía. Era el ofrecimiento de la poeta para las manos renacentistas de los artesanos/editores matanceros. Pero sobre todo fue entender, por fin –y para siempre– que no era que le faltase el sonido, sino que tenía el silencio.

A lo largo del casi cuarto de siglo que ha transcurrido desde entonces, Fina García Marruz ha regresado una y otra vez a las páginas de Vigía. En las formas y calidades del ensayo atravesó, en 1993, la noche oscura de San Juan de la Cruz junto a Cintio Vitier, deslizándose por entre la oquedad poética de sus pliegues para viajar hacia la luz y emerger para Hablar de la poesía, tres lustros después. Anunció la Navidad de 1999 en una postal que desde la Atenas de Cuba llegó a los rincones más insospechados, como suele pasar con el acto poético, el “viviente y el escrito” que para esta mujer han sido uno solo.

Fina García Marruz permitió a Vigía celebrar sus ochenta años de vida con la publicación de A Clevilla, por su poema “El Puro Rigor”, texto que deslumbra, también, por la insistencia de uno de los gestos poéticos más en veda: festejar el talento y la luz de los otros. Como también lo hiciera desde las páginas de Alicia en el país de la danza, en 2008, poetizando el devenir de esa pequeña bailarina, dibujada en un cuento de Andersen, trazando una ruta para la concentración y el entendimiento. Mostrando dónde está la puerta del reino, con una coreografía que lleva en sí el misterio de lo sagrado y enlaza danza y verbo en un pas de deux, donde entrega y se entrega.

No es posible predecir hasta dónde puede trasladarse el centro de gravedad de la poesía de Fina García Marruz. Ha conocido los dolores, la supervivencia y la fe descritos en su Libro de Job, que la editorial de a orillas del San Juan publicara para iniciar el siglo XXI. Ha hecho equilibrio en el zigzagueante sendero que se ha de atravesar para entender el significado de la poesía y después, en un murmullo apenas, hablar de ella. Fina entra y sale de esa representación que es la literatura entonando un solo que la convierte, a la vez, en esclava, libertaria y sostenedora de la palabra rítmica, mientras asiste al prodigioso giro del cisne, irrepetible, como su propia elegancia y virtud poética.

Casi veinticinco años después de aquel Charlot, Ediciones Vigía vuelve a publicar un poema de Fina García Marruz. Es el momento de “Ya yo también estoy entre los otros”, coherente y delicadamente diseñado por Elizabeth Valero, veinteañera, como éramos en aquel inicio, cuando aún no estábamos entre “los que con aire de fina tristeza nos empujaban, ‘Vamos, jueguen, para apartarnos’”.

En su estuche, dos momentos poéticos únicos y enlazados: la infancia y la adultez rotunda, revelados -para decirlo a la manera de su autora- en una dimensión casi desconocida de lo evidente, en un símbolo involuntario de la vida.

En poco más de veinte versos ocurre el desfile. Ahí está la niña apartada que, aunque aún no lo sepa, en el futuro también engrosará el ejército de los adultos. En el mismo espacio convive la madre de Chaplin comprando narcisos para alegrar el oscuro sótano, con la gorra ladeada del chicuelo, que le queda “tan dulcemente grande”. El chicuelo juega y después se sienta en el banco a mirar a la madre de Chaplin que alguna vez debió ser también, como todos, una niña marginada; porque en este poema, cada quien, por turnos, interpreta el mismo rol lírico.

La muchacha de diecisiete años que sigue siendo Fina García Marruz, escribiendo un amasijo de páginas sobre la poesía, sabe que en algún momento irá a sentarse en el banco donde antes estuvo el mendigo que robó su bolso, buscando monedas o “algo con qué aliviar su miseria” sin sospechar que si le hubiera dado tiempo, se habría llevado a su cuartucho este poema que presentamos hoy, y que no es más que la verdadera poesía, contenida en todo aquello que él necesitaba: “un plato de sopa caliente”, “un colchón nuevo” y sobre todo, “un abrigo”.


* Palabras para presentar el poema “Ya yo también estoy entre los otros”, publicado por Ediciones Vigía en homenaje a su autora Fina García Marruz, en la celebración de la Semana de Autor, auspiciada por Casa de las Américas, en noviembre del 2014.


Por: Laura Ruiz Montes