Frida, yo soy maríaMi querido amigo Ulises Rodríguez Febles ha vuelto a sorprenderme con una obra teatral irónica, rotunda, de registros alentadores, y de una agudeza irremplazable dados los tiempos que corren. Y lo digo, porque todo cuanto se dice y aparece en este monólogo titulado “Frida, yo soy María”, tiene para el espectador esa grandeza de las grandes esquizofrenias –no importa, como decía Freud, “diagnosticarlas bien, sino en situarlas mejor”–, y también esa valentía que arrastran los personajes perdedores que encarnan ellos solos metáforas obsesivas.

Ulises desvela estas situaciones con gran soltura y desenfado. No sé, algo así como quien nos descubre sin tapujos los misterios de Eleusis. Por esto mismo, al escuchar este tipo de monólogos para ver mejor, uno recuerda que Horacio hacía exactamente lo mismo en aquella Roma imperial anestesiada por el circo y los arenques gratis. Lo que decía el poeta romano a este respecto no gustaba al César, lógicamente, pero ha quedado en la historia de la dramaturgia como una ladilla de contrabando que no hay quien se la quite de encima: “Soy amigo de Platón, pero aún lo soy más de la verdad”.

Y para hablarnos de algunas verdades, que no están para nada esculpidas en mármol –los clásicos modernos no son tan afortunados todavía–, Ulises Rodríguez Febles se ha inventado a esta María cubana que vive en Santiago de Cuba por más señas, que pinta como Frida Khalo, y que está inmersa, como la mejicana, en ese surrealismo irredento de los grandes idealismos al tiempo que, como cubana que es y a mucha honra, se desespere por ser la paciente directa de una realidad cada vez más surrealista. Una dualidad tan brutal como exquisita que conduce a la pobre María a ser la receptora en su propia casa de un Diego Rivera que en realidad nunca llegará a ser ni su marido soñado, ni su yuma de recambio, ni su amante reconducido. Es decir, lo de siempre, pero acertando en los supuestos de una verdad desconsiderada. Todo aquello que Frida tiraba por la borda con la parsimonia de quien dice adiós arrojando marpacíficos –marido legal, ideales de repuesto, amantes inventados, abortos fáciles, inmovilidades dinámicas, políticas audaces, y mariachis de estraperlo–, María lo recoge pacientemente para fabricar la balsa de su propia deserción. Y es que la Casa Azul de los sueños de María, que coincide con nuestra casa azul, conforme avance el monólogo se deshabita con la vivacidad de una mente perdida que acaba en el manicomio de una realidad cotidiana.

De poco sirve que la propia Frida acompañe a María en la huida del manicomio. Estamos, simplemente ante una de las clásicas “salidas de emergencia alucinatorias” que señalaba Jung a la hora de aplicar con efectividad el psicoanálisis a situaciones difíciles. María no es una paradoja alucinatoria en contra de lo que pueda imaginarse. No. Ella se sienta en el diván del doctor Ulises Rodríguez Febles con una fuerza indagadora tremenda ya que es capaz de hacer hueco a distintos personajes y a situaciones poco cubanas pero que, indudablemente, nos llevan de cabeza a la consideración de nuestra realidad más imparable e impensable, y que Alejandro Palomino, como director, dosifica con gran dominio.

En fin, que como dice la canción “cierro los ojos y miro”, ¿pero qué veo? Pues algo muy elemental y muy efectivo: a una mujer sin atributos en escena que ella sola –no importa que esté como una cabra en pleno ciclón desatado– se convierte en conciencia alucinante y que nos lleva a la “Doña Clarines” de los hermanos Álvarez Quintero cuando apuntaba al final de la escena II: “Vivimos respirando mentira, cogidos todos en una red de farsa o de disimulo, y la verdad, siempre la verdad, sólo la verdad, acaba por parecer locura”. Igual que aquí.

Por:Luis Enrique Valdés Duarte.
Dramaturgo