Normales los sobrevivientesToda auténtica obra de arte lleva implícita el poder sugestivo, el ser algo más, el dejar interrogantes, exigir a los otros involucrarse sin límite alguno en ella, pero en el caso del texto hiperbreve tal capacidad expansiva resulta esencial, pues es parte intrínseca de la propia naturaleza de ese controvertido género o subgénero literario.

Lograr tal efecto es uno de los requerimientos ineludibles para poder cumplir cabalmente con su cometido artístico. De hecho, mientras en los demás casos esa expansión puede producirse a más largo plazo, incluso en un proceso de rumia que —¿a quién no le ha sucedido?— puede extenderse durante años, en el texto hiperbreve se trata de algo que debe producirse en el mismo instante en que se lee. El texto hiperbreve no es –antes que todo– un caballo de Troya o una bomba de tiempo, sino la granada de mano, la mina plantada en la página en blanco, cuya acción es inmediata. Tan pronto hace contacto con la vista, con nuestro pensamiento, detona, expulsa sus esquirlas, esparce sus esquirlas-palabras, sus esquirlas-ideas.

Aquí debe realizarse una observación, tal estallido requiere como en ningún otro caso de una participación muy activa e inmediata de quien se le acerca. Bergson decía que a la risa le era necesaria la inteligencia humana, que fuera de esta no podía tener lugar. Lo mismo ocurre con el texto hiperbreve. Si no cuenta con quien se preste con fervor a la solución de las relampagueantes encrucijadas intelectuales y emocionales a las que nos enfrenta, entonces sencillamente no estalla.

El escritor cubano Francisco Garzón Céspedes[1], un verdadero maestro de este tipo de narraciones, considera que las mismas plantean siempre “desde la concreción”, y “desde la sugerencia e invitación implícita a continuarla, el germen o esbozo de una historia de desarrollo infinito”. Las define además como una “unidad indivisible y perfecta” y, a la vez, “un sistema capaz de permitir la creación de nuevos sistemas”, de “servir como punto de origen para la creación de nuevas unidades narradoras o narrativas indivisibles y perfectas”.

Garzón Céspedes ha desarrollado, desde mediados de los años setenta hasta la actualidad, una amplia obra en el campo de la narrativa hiperbreve, donde ha dado a conocer más de quince libros, los que unidos a varios estudios teóricos sobre la naturaleza de este género o subgénero, a su Taller del Cuento y del Cuento Hiperbreve convocado ya en el 2000 y el primero documentado de hiperbrevedad narrativa y a su labor como editor, dan testimonio de la fe que le ha depositado como instrumento para llegar al fondo del alma humana y de las circunstancias, del contexto en que la misma se desenvuelve.

Amor donde sorprenden gaviotas, el primero de sus volúmenes de cuentos breves y brevísimos o minicuentos, lo publicó en 1980 en Cuba. El resto de sus libros han aparecido en otros países, sobre todo en España, donde reside desde hace varias décadas. Allá se editó el último, en 2012, titulado Los 1111 pequeños cuentos del hombre que amaba contar (dado a conocer en Madrid en el verano del 2013). Según ha dicho el propio autor, en este lapso intentó en varias ocasiones publicar sus libros de ficción en la Isla, pero las editoriales con las que hizo contacto, debido a una u otra razón, no habían podido materializar finalmente este deseo suyo (sí en el campo teórico, de la oralidad escénica, donde Adagio ya ha publicado dos volúmenes suyos).

Por fortuna, Ediciones Matanzas sacó a la luz a finales del pasado año su título Normales los sobrevivientes. Cuentos para dos mordiscos, en el que se reúnen varias colecciones de sus textos hiper breves, lo cual implica la reincorporación de su obra en este campo a su cauce natural, las letras cubanas.

El minicuento tiene una tradición en Cuba, la que pienso que todavía no ha sido estudiada suficientemente como conjunto. Habría que remontarse a la producción en este sentido a la primera mitad del pasado siglo, a escritores como José Manuel Poveda, Eliseo Diego, Virgilio Piñera y Guillermo Cabrera Infante; conectar su quehacer con las generaciones que le sucedieron y a los momentos actuales. 

De narrativa hiperbreve se ha hablado bastante en nuestro país durante los últimos años. Un detonante fueron aquellas clases de técnicas narrativas en el año 2000, en el espacio televisivo Universidad para todos. Las impartieron profesores del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”, institución que después de aquella “etapa mediática” siguió promocionando el minicuento, con iniciativas como el Concurso El dinosaurio, que todavía se mantiene.

Todo esto provocó un verdadero diluvio de concursos, libros, antologías del minicuento por toda la Isla. Como ocurre con toda avalancha, gran parte de lo que vino dentro de la misma no resultó trascendente, en muchos de los casos este interés no fue más que una temporada de moda, pie forzado estilístico, pasatiempo desde el que se medía la agudeza mental. Pero a pesar de todo hubo varios autores que lograron sostener propuestas que fueran más que mero artilugio, auténticas obras de arte; más que fuegos artificiales de carnaval, relámpago que estremece e ilumina.

En medio de este contexto, reaparece acá Garzón Céspedes con un proyecto sólido, pensado y ejecutado milimétricamente, en el que aprovecha cada una de las posibilidades de la narrativa hiperbreve, consiguiendo textos a los que exprime, a los que imprime una perspectiva muy peculiar a la hora de concebir este tipo de escritura.

A partir de la extensión, la intención o de otras características de los textos hiperbreves, Garzón Céspedes estima que existen cerca de cincuenta modalidades de escritura de los mismos[2], causando cada uno efectos, sensaciones, emociones sumamente diversas. En Normales los sobrevivientes, superficie ahora visible del iceberg que es su obra, constatamos buena parte de esta diversidad de la que el autor nos habla.

Vamos a empezar fijándonos en la extensión, en la que Garzón Céspedes se adscribe al límite de las 200 palabras, es decir, unas veinte líneas. En este libro que nos presenta Ediciones Matanzas, se reúnen textos que van desde una letra, una palabra, una línea, hasta la extensión límite que el escritor asume.

La obra que está conformada por una letra tiene mucho de visual (recordar que Garzón Céspedes es un poeta visual desde los años sesenta en que además ya publicó poesía hiperbreve; se llama “Flotó”, y su contenido es solo la letra “Q”. Una Q que parece un globo, y que se puede interpretar de muchas maneras. Yo la veo sencillamente como una metáfora de lo que puede ser la palabra, de hasta dónde puede ir la palabra. Con solo colocar una simple letra en una hoja en blanco, y decir está flotando, efectivamente, la vemos hacer eso.

Voy a referirme también a dos obras que están constituidas por una sola palabra. La obra titulada “Turistas” dice: Zumbaban; y la obra titulada “Asexualidad” dice: Languidecía. Son obvias las dimensiones que también se nos abren tras la lectura de ambos textos, lo que constituye una muestra de las potencialidades sugestivas de la narrativa hiperbreve, de las capacidades de expansión de las que hablábamos antes, las cuales pueden ser apreciadas también en el resto de los textos que se recogen en este libro.

Antes de continuar abordando otras peculiaridades, quiero llamar la atención sobre un detalle que tiene gran significado para cada uno de estos cuentos brevísimos. Me refiero a la estrecha relación del título con el cuerpo como tal de las narraciones. En varios casos ambos elementos acaban complementándose tanto que separarlos implicaría la pérdida de sentido total de las historias. Esto puede apreciarse fácilmente en las obras que hemos analizado hace un momento. Por otro lado, el propio título y subtítulo del libro: Normales los sobrevivientes. Cuentos para dos mordiscos, resultan significativos e imprescindibles para tener una mayor comprensión de este volumen. Están concebidos a modo de clave desde la que se develan características conceptuales, formales y hasta espirituales de lo que se va a encontrar en el mismo.

No va Garzón Céspedes tras el artilugio que puede ser formalmente el texto hiperbreve, va más allá, a lo que es como obra de arte, como elemento investigativo de nuestro ser y nuestras circunstancias, a nuestras luces y nuestras sombras. Para llegar a la esencia de esta naturaleza tan controvertida y múltiple que tenemos, el autor establece dentro de sus historias tensiones, paradojas, desde una perspectiva que asume la ternura, la candidez, la ingeniosidad, lo fantástico, la ironía, el humor, lo grotesco, el sarcasmo, lo pesadillesco... u otros recursos. A continuación colocaré algunos textos que sirven de ilustración:

“Hombre y veleta”

El hombre está en la punta de la torre. La ha escalado porque se cree una veleta. Para sorpresa de los curiosos y del viento, cuando ve a quien ama, el hombre gira. Gira. (ternura)

“Conexión”

El loco pensó la pecera. Eligió los peces dorados y los tragos sin dañarlos. Desde sí, iluminó. (candidez)

“Mortal”

Toca la flauta como una diosa y, al agradecer, muestra la boca desdentada. (humor negro, grotesco)

“Reducción”

El círculo, de tan poca cosa, quedó en punto. (ingeniosidad)

“Paralelo”

Abrió el armario, penetró más allá. (Lo fantástico)

“Indicio”

Entre las olas, flotó su gorro. (Lo pesadillesco)

Se mueven estos textos dentro de niveles de la realidad que van desde lo cotidiano hasta lo abstracto, lo simbólico, lo onírico, y parten en todo momento de la fuerza de la poesía que está siempre latente en su escritura. Esto último responde plenamente a una afirmación del autor que ha dicho “un cuento brevísimo puede ser la transfiguración íntima y veloz de la verdad en belleza”.

El escritor e investigador cubano Froilán Escobar ha confesado que los minicuentos de Garzón Céspedes late “el mismo linaje de fineza imaginativa, de sabiduría y sorpresa recóndita” que tiene la obra de los poetas clásicos asiáticos Matsuo Basho y Li-Po.

Esta referencia a la poesía asiática, específicamente al haiku, me hace recordar que el hecho de esta estructura, como mismo ha ocurrido con el minicuento, también ha traído malos entendidos en su práctica en la Isla, donde en muchos casos solo se le ha prestado atención desde el punto de vista formal, y no desde el estado emocional, espiritual que tiene que ir del todo asociado a este tipo de poesía.

Normales los sobrevivientes es otro testimonio del hecho rotundo de que Garzón Céspedes es un artista de la palabra en muchos sentidos. Como se indica en la contraportada: “Ha transformado la Historia de la oralidad artística con su propuesta de la narración oral escénica.” Es dramaturgo, periodista, comunicólogo… Thelvia Marín Mederos afirma que este hombre “trae a la modernidad y a la posmodernidad la concientización del poder y el compromiso que entraña cada palabra pronunciada; y la trascendencia que tiene este hecho que diferencia al ser humano del resto de todo organismo viviente”.

Yo, que lo he conocido recientemente, al pensar en él siempre traigo a la mente aquellos versos de Dulce María Loynaz, en la que aparece en una lucha constante con la palabra: “Poesía, bestia divina y salvaje. ¡Cuándo podré marcarte con mi hierro!”, dice ella, y en ese mismo estado imagino yo al autor de Normales los sobrevivientes.


[1] De la edición de Normales…: Francisco Garzón Céspedes (Cuba, 1947). Escritor con 45 libros impresos y más de medio millón de ejemplares, y numerosas ediciones digitales. Teórico que de Cuba al mundo transformó  la Historia de la oralidad artística con su propuesta de la narración oral escénica. Periodista y comunicólogo; dramaturgo y director; artista oral. Entre sus libros: Recopilación de textos sobre el teatro latinoamericano de creación colectiva (Casa de las Américas, 1978), Amor donde sorprenden gaviotas (Letras Cubanas, 1980), Cupido Juglar (EDUCA, 1985), El arte (oral) escénico de contar cuentos (Frakson, 1991, y, al árabe, Ministerio de Cultura de Egipto, 1996), Teoría y técnica de la narración oral escénica (Páginas, 1995), Cuentos para un mordisco (OEYDM, 2001), Una historia improbable y otros textos (Ciudad Gótica, 2006), Cómo aprender a contar oralmente… (Adagio, 2011). Fundador y Director General de la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE) y de Ediciones COMOARTES, condecorado y premiado: Distinción por la Cultura Nacional, Premio Ollantay, Premio Comunicarte, Medalla de Honor / CELCIT…

[2] Garzón Céspedes, Francisco Microficción / Microtextos: 50 formas literarias / Guía de géneros hiperbreves y de otras formas y singularidades literarias de la hiperbrevedad. Madrid/México D.F., Ediciones COMOARTES, CIINOE, 2011. Los Cuadernos de las Gaviotas 17, 76 p.


Por: Norge Céspedes