Casa de la memoria escenicaEl 29 de abril del 2014, Día Internacional de la Danza, la Casa de la Memoria Escénica cumplirá sus 20 años de creada. Primero con el nombre de Centro de Información, luego con el de Centro de Documentación e investigaciones de las Artes Escénicas Israel Moliner Rendón. Es hermoso el nombre de casa, dijo María Isabel Tamayo, en el instante en que buscábamos un nombre para bautizarla, acostados en la cama; mientras nuestra hija Isabel duerme cerca de nosotros.

Es hermoso el nombre de casa, me escribió Bárbara Rivero desde el CNAE, cuando tratamos de inscribir lo que existía como un proyecto adjunto, desde hace quince años o más.

Centro, se volvía demasiado técnico, supeditado a otras instituciones y organismos, que si el CITMA, que si  no era mejor un proyecto artístico, que es lo que definitivamente es.

Los documentos y los nombres y las legalizaciones con una vorágine de contradicciones, cuando durante casi veinte años -  entregábamos nuestro proyecto artístico con su programa cultural.

Trece años – los que llevo frente a la institución -  que aún me parecen hermosos, dentro de estos estantes repletos de libros y archivos, que han crecido y la han rebosado, con la ayuda de muchos.Una institución dentro del Consejo de las Artes Escénicas o con el Consejo dentro, una mezcla algo rara, creciendo juntos, perdiéndose en la vorágine de la otra, domesticándose, lentamente, sin lograrlo nunca, asumiendo el nombre, luchando por perpetuarlo: la Casa es la Casa. El  Consejo es el Consejo. Definitivamente esa rara mezcla de Empresa con institución cultural, creo,  es una colisión inevitable y fatal. Y personalmente, nunca me he adaptado a esa condición. Lo reconozco y lo escribo.    

Me apasiona dirigir una institución que nació y creció dentro del polvo, cuando se reestructuraba el consejo, envuelto en el cemento, entre la arena y los escombros. Las manos que clasificaban libros, que proyectaban espacios se ensuciaban en la construcción de un lugar que se hizo hermoso, mucho, y que han visitado figuras paradigmáticas de Cuba y el mundo y al que le hemos otorgado – después de estudiar referentes como el Centro de Documentación del Títere de Bilbao o el Centro de Documentación Teatral de Madrid -  nuestro sello, a la cubana.

Llegué del teatro como actor y asesor de agrupaciones como El Mirón Cubano, Teatro Papalote, Teatro D´Sur y  de la Universidad de Matanzas donde era profesor y dirigía el grupo Teatro Universitario  Actus, a este lugar, que antes estaba en la calle Contreras y era pequeño y diferente, con la bibliotecaria Cary Oña, buscando libros y documentos solicitados entre los viejos estantes.

Ya se había ido la Licenciada Lucía Pérez, su anterior y primer directora. 

Estaba decidido a irme de la Universidad.

Uno, muchas veces, se da cuenta cuando ha llegado  el instante preciso, en que debes irte de un lugar, aunque lo hayas fundado y amado. Vivo de pasiones, de ideas posibles y por alcanzar. La sensación de que nada nuevo va a suceder, me incita a buscar y procrear nuevos proyectos. Es mi filosofía de vida, aunque no sea todo lo consecuente que quisiera con ella.

Recuerdo que en 1999 Mercedes Fernández Pardo me propuso la plaza de especialista en promoción; pero escogí la de documentar la memoria escénica. Siempre me ha gustado la historia y  en la Universidad de Matanzas había creado la Cátedra René Fernández Santana, que fue un  minúsculo reservorio documental del teatro matancero y cubano, que después se perdió como el grupo Actus y todo lo  que como agrupación universitaria generó durante seis años desde el 2 de noviembre de 1993.

En enero del 2000 me sumergí entre los archivos y estantes de la calle Contreras, para dirigir el Centro de Información e Investigaciones de las Artes Escénicas.  

Este lugar, el de ahora, en la calle Milanés, empezó – llegó a ser como es, como puedes verlo -  en enero del 2005, en el marco de la celebración de los Ochenta Estorinos y por eso nombramos a la sala con el apellido del destacado dramaturgo cubano Abelardo Estorino. 

A la primera sesión del coloquio llegué recién bañado después de haber trabajado – pintando, limpiando, viendo detalles eléctricos -  toda la madrugada y hasta el amanecer, para que estuviera listo a ser inaugurado.

Destacadas personalidades de la cultura cubana prestigiaron con su presencia  el evento convocado por la Casa Editorial Tablas Alarcos, el Consejo Provincial de las Artes Escénicas y el Centro de Documentación e Investigaciones de las Artes Escénicas Israel Moliner Rendón (CDIAE) que era como se llamaba en esa fecha  nuestra institución: Elina Miranda, Alberto Sarraín, Omar Valiño, Amado del Pino, Vivian Martínez Tabares, Lillian Manzor, Reinaldo Montero, Tania Cordero, Maité Hernández Lorenzo, entre otros.

Cuando me siento en la Sala Estorino, la veo hermosa, confortable.  Unas veces funciona como biblioteca y otras como espacio de las diferentes  actividades que en ella se realizan: Espacios Memorias, Luz, El Zaguán de los Cuentos, Coloquios de Casa, Corazón. Cada uno de ellos fue creado para que sirvieran de vínculo entre el archivo y la biblioteca, con los creadores y el público. Otras veces sirve de espacio teórico de eventos como El Anaquel, Jornada de la Dramaturgia Cubana (estos dos, auspiciados por la Casa), el  Taller Internacional de Teatro de Títeres, Jornada de Teatro Callejero, Concurso de Coreografía e Interpretación DANZANDOS, Magia Atenas.

En las paredes hay fotos de las agrupaciones escénicas matanceras, incluso de las desaparecidas como el Circo Atenas o el Teatro Lírico de Matanzas. En los estantes, fondos valiosos. En las vitrinas, muestras del mes, sobre conmemoraciones de creadores, instituciones, espacios o puestas en escenas.  Pero cuando llegamos aquí, sobre el hermoso piso de la casa que había sido del abogado Eusebio Estorino – quien fue miembro del Teatro Universitario y primo del actor Miguel Navarro - y en ese instante era la sede de la Empresa de Ferrocarriles,  había  un promontorio de basuras y el techo se mojaba a raudales.

La permuta se realizó para mejorar la ubicación del Consejo y poder ampliar la sede de la Casa de la Memoria Escénica. Muchos trabajadores estuvieron en contra. Recuerdo que le dije a Mercedes Fernández Pardo: ¿Cuántos de los que no están de acuerdo permanecerán para siempre trabajando con nosotros? Creo que solo nosotros dos. Y así fue, ha sido, hasta ahora, en que escribo este texto en el 2013.

Nada de lo que se ve hoy cuando entras al Consejo y a la Casa de la Memoria que se pierde en el Consejo – la maldición de la circunstancia de una Empresa por todas partes -  existió antes.

Muchos trabajadores y artistas, ayudaron a cambiar el lugar y hacerlo hermoso. Fueron días intensos de trabajo, que no se pueden olvidar,  entre el polvo y el cemento, limpiando la suciedad, botando escombros. Alguien una vez me dijo que yo creía que este lugar era mío. “Lo es – le respondí – porque nada estaba, porque ayudé a soñarlo y armarlo,  y lo siento mío, cada pared, cada mueble, cada equipo, los fondos bibliotecarios y archivisticos,  y el día que no sea así, simplemente me voy”.  

Lo cierto es que todo fue cambiando paulatinamente, incluso la tecnología, que es indispensable para un lugar como este que conserva y protege la memoria escénica. Dentro de las limitaciones de la economía cubana, nos acercamos bastante a lo que teníamos que ser.  

Imprescindible es presentar  - para un  futuro que tecnológicamente no es nada promisorio - un proyecto, que permita el financiamiento tecnológico de una institución que ha demostrado durante veinte años, el rigor y la seriedad en el trabajo de conservar y proteger la memoria, con avales de los que han valorado nuestro trabajo y llegado hasta este rincón de Matanzas para conocernos y saber lo que hacemos en materia de documentación.

¿Qué ha sucedido durante estos trece años que han marcado el ascenso, la diferencia? ¿De qué puedo enorgullecerme, cuando cierro la puerta y digo adiós a este local en los que durante años he pasado casi más tiempo que en mi casa, en la que incluso me he enamorado, creado una familia, que nació precisamente estos estantes de libros, fotos y documentos amarillentos, pero luminosos?

¿Cómo describir la historia de una institución olvidando nombres de algunos que no están, pero dejaron una huella con su trabajo o de los que no se adaptaron a lo queríamos - ¿quería? – que fuera la Casa de la Memoria Escénica? ¿Cómo no recordar los momentos trascendentes e intrascendentes que fueron marcando su historia, pero también la personal de cada uno de nosotros?

Para ello existe la memoria.


 

Por: Ulises Rodríguez Febles.

Director de la Casa de la Memoria. Dramaturgo e investigador