Palabras de presentación del libro Los graduados de Kafka, efectuada en Ediciones Vigía el día 20 de octubre de 2008.

Fue allá, en los ritmáticos y veloces ochenta que escuché por vez primera hablar de Jorge Ángel Hernández Pérez, no con este nombre largo integrado por cuatro palabras que conocí después, sino con las sintéticas y controversiales H.P. de sus dos apellidos, como lo había rebautizado Sigfredo Ariel. No era de los que se movían constantemente a Matanzas o La Habana; por eso conocerlo personalmente me llevó un tiempo. Primero supe de sus poemas; supe por sus amigos de la capacidad abarcadora que tenía para probarse en proyectos ambiciosos desde muy joven, sin sumarse por el contrario con demasiado entusiasmo a la lista de concursantes de los certámenes literarios ni hacerse muy visible en los actos públicos.

Esta posición desde una orilla, según afirmación de Alexis Castañeda, le permitió un puesto de observación más sosegado para analizar cuanto pasaba a su alrededor, y vivirlo primero desde esa misma orilla, escrutarlo y después convertirlo en palabra y pensamiento crítico que hiciera y rehiciera desde un ángulo distinto, su propia obra.

Pero desde aquellos definitorios ochenta a esta parte del tiempo que hoy vivimos, el autor ha trabajado incansablemente; bien pudiera parecer no ha dormido. Relaciones de Osaida (1989), Paisajes y leyendas (1991), Las etapas del odio (2000), y Criaturas finitas y contables (2006) son algunos de los títulos de poesía publicados por el autor. La parranda y Ensayos raros y de uso son dos de los textos de pensamiento teórico donde ha puesto a prueba sus capacidades ensayísticas. Mientras que en el género novela ha publicado, entre otras, La luz y el universo (2002), Carmen de Bisset (2004) y El callejón de las ratas (2004). Y une a esta obra además, su trabajo como colaborador para una gran cantidad de publicaciones periódicas impresas o digitales.

Afortunada una vez más Vigía que tiene hoy la posibilidad de poner en las manos del lector este volumen de certera narrativa.

El primer cuento, pleno en su carácter referencial, simbólico y contextual, además de dar título al libro, parece prepararnos para un viaje que se reintegrará a partir de los presupuestos y códigos del lenguaje que él en sí contiene. La no aceptación de la otredad, las referencias asociativas al universo crítico de Kafka, tan vigente aún, y una riqueza en las mezclas estilísticas convierten a este cuento en una buena parcela conceptual para dar pie al desencadenamiento del discurso todo de un libro. Y aunque
“- El que a buen Kafka se arrima buen proceso lo cobija”, según dice uno de los velados personajes del mismo, el autor prefiere tendernos una trampa; y no nos quiere conducir por un sendero único aunque este pueda bien alimentarnos. Y comienza entonces con cada cuento a llevarnos por rumbos diferentes en cuanto a tema, preocupación formal o inquietud filosófica. Parece alertarnos de todo lo que hay de deslizable o sorprendente en eso que pudiéramos llamar pluralidad de los destinos humanos. Y esta misma diversidad, este abanico abierto de preocupaciones mil, se aviene a la perfección con el carácter mixto del hombre y el tiempo que hoy vivimos. El libro deja pasar por nuestras manos y nuestro entendimiento quince historias que no intentan definir, sino mostrar por todas las caras, como en un prisma de palabras y motivos, la carga de pasiones y conflictos, hechos insospechados y contradicciones que caracterizan al humano en una de las más complejas y solitarias épocas de su paso por la tierra.

Un acoso constante a la intimidad del lector puede ser interrumpido por el sosiego aparencial de otra narración. La abrupta aparición de la ironía puede mantener en vilo al que lee, por la agudeza con la que se suma a la experiencia misma del paisaje de ahora. Para entonces volver a sorprendernos en el siguiente cuento con una historia lineal y delgada como el hilo mismo de la vida.

Todo es cuestión de mixturar. Fusión tan al uso en el arte de nuestros días. Fusionan la música y la plástica; fusiona los estilos el teatro, y entre todas las artes se fusiona. Hasta que alguna vez llegaremos a hablar del arte; no del teatro, la música o la plástica.

Ese carácter mixturante está de pie y presente en las diversas voces de este libro. No es la agonía de la crisis; es la suma; el palimpsesto que añade una huella sobre otra; un decir sobre el otro. Un recurso para que veamos mejor el todo por las partes dolientes o calladas. Cálidas y distintas formas de hablar que vienen a ser en sí la misma –y melancólica- forma.

Variedad de conceptos y de estilos, ecos diversos acumulados en el fondo del autor y que salen de su propia mano como de la mano de otro, otredad tan cara a la esencia misma del arte. Dando vivas a la yuxtaposición de planos y de aristas Jorge Ángel revela y se revela a sí mismo en su supremo dilema vital.

Sin temor al cinismo o el homenaje se le antoja no renunciar a nada: las voces de Carpentier y de Kundera; de Cortázar o el propio Kafka son tamizadas por la palabra suya, domadas y convertidas por la fe y la sabiduría del que escribe no en su propia voz, sino en la nuestra; la que escuchamos mientras leemos como si nos hubiésemos tragado la sombra de esa voz.

Una cierta dispersión positiva entre lugares y personajes dan fe del mito que encierran los nombres de gentes y lugares: Los graduados de Kafka, Bromas de Kundera, Cuarteto de Roma, Los amantes de Pompeya, Penélope, la actriz, son algunos de los cuentos donde los personajes y los lugares son recategorizados, aliándolos a nuevos juegos conceptuales. La extensa hebra de situaciones en que estos personajes y lugares flotan o navegan nos propone encuentros y desencuentros; anhelos y frustraciones. Todos los ángeles y todos los demonios pudieran visitarlos, sin alterar la crudeza o el desenfado que el escritor ha escogido para ellos.

Desde la puerta que nos deja entreabierta el primer cuento se abren caminos que al momento se bifurcan, se trifurcan o se entrecruzan; se alimentan entre sí en la desesperación o en la espera.

La literatura de Jorge Ángel en este libro hace una representación de las pasiones, las más diversas y sagradas, las que aún conducidas por derroteros oscuros adiestran en el acto de salvar. En cierta entrevista se le pregunta al autor si sigue viendo la literatura como vehículo de transformación hacia el mejoramiento, a lo que éste responde: “Sí, aunque los aires postmodernos traten de decirnos lo contrario. Sigo siendo un dinosaurio en ese sentido. Soy un contracorriente que trato por lo menos de hacer la mía con ese fin”.

Un libro es casi siempre una suma. Éste lo es entonces por más de una razón. Muchos de sus cuentos son en sí varios cuentos; y el libro resulta entonces un poco más que múltiple. Une a la búsqueda de las muchas perfecciones formales el hallazgo del entramado, retícula por la que trepan los hombres, a veces con la ciudad a cuestas. Topándose como hormigas, tropezando sus conflictos primitivos y únicos, infinitos. Como ese azul de mar que tan presente está en distintas historias de este libro. Azul de agua profunda y hosca; azul verdoso de la superficie donde nos disponemos a tragar aire. Azul y entramado, retícula, red de caminos de agua, tierra o aire. Sin que le sean ajenos los caminos de fuego donde ha tendido un puente para que aún nos grite la figura de Munch. Caminos por los que se arrastra, deambula, corre o vuela la misma criatura, circundada por la misma piel y por la misma sangre.

Por: Rolando Estévez Jordán.

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Los graduados de Kafka

1
—Franz Kafka —respondí.
—Piso seis, sección cinco, aula cuatro, fila tres, mesa dos, turno uno —indicó, displicente en su mecanicidad.
Descubrí, con algo de estupor en ese instante, que las escaleras continuaban para alzar al edificio en una hilera incontable de pisos superiores. No pude asegurar si los había contado (seis) en la distancia o si sólo se trataba de una de esas suposiciones que el pensamiento convierte en hechos reales. Buen síntoma, de cualquier manera, para mi primer día de curso.

2

Impecablemente vestidos, hemos colmado la explanada de la Plaza. El siempre enérgico director lleva esta vez su rostro de felicidad. El informe final, en lugar de un panfleto, parece un documento esclarecedor, interesante, didáctico y ameno. Las felicitaciones, una vez más, para los abnegados miembros del curso de Ernest Hemingway cuyo ciento por ciento de retención de matrícula se une al ciento por ciento de aprobados. Muy de cerca y empatados casi hasta el final, los aspirantes a Rulfo y García Márquez. La extensa lista de menciones, reconocimientos y diplomas para las numerosas especialidades restantes —nombradas una a una y con entusiastas exclamaciones, aplausos y consignas en la aparición de Marcel Proust, T.S. Eliot y Octavio Paz, y un hondo silencio estructural en Rimbaud y Mallarmé— mantuvo nuestros ánimos despiertos hasta que llegara la llamada de atención, en reprimenda, para las vergonzosas deserciones en el curso de Alejo Carpentier, justo en el momento de regresar a América. Sólo después, los escasos graduados de Franz Kafka nos miramos con orgullo, a pesar de los reproches: pobre matrícula, alta deserción y varios insuficientes en la calificación final. Por fin llevamos, alta la frente, un título de identidad. Un diploma que hará orgullo en nuestras vidas.
Por fin es posible responder:
—Franz Kafka —sin ser enviado a un manicomio.

3
—Franz Kafka.
—Franz Kafka.
—Kafka.
—Señor K., por favor.
—Franz Kafka Franz Kafka Franz Kafka Franz Kafka
Franz Kafka Franz Kafka Franz Kafka Franz Kafka
Franz Kafka Franz Kafka Franz Kafka Franz Kafka
Franz Kafka Franz Kafka Franz Kafka Franz Kafka.
—Telegrama para el señor Franz Kafka.
—Señor Kartero, esta Karta es para el señor Franz Kafka del número Kuarenta y Kuatro. Debe ofrecerle mis disKulpas puesto Ke he leído el teKto.
—¿Dónde está ese imbécil de Franz Kafka?

FRANZ KAFKA OBTIENE PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

—Y ahora, respetable público, el show más esperado de la noche: ¡Franz Kafka y sus F. K. K!
—Lo siento mucho, pero con ese nombre raro, y extranjero por demás, no puedo inscribirle a su hijo.
—El que a buen Kafka se arrima, buen proceso lo cobija.

CONCEDEN A FRANZ KAFKA DISTINCIÓN POR LA CULTURA NACIONAL

4
—Quizás —reconoció— en un periodo de juventud tuve intenciones de unirme a esa locura. Por suerte pude entenderlo a tiempo y me retiré sin mayores compromisos.
Asentí con un gesto inexpresivo y una mirada profunda y sentenciosa.
—De más está decirle que no conservo ni el más mínimo vínculo con jóvenes de aquel momento. Mi vida ha estado fuera de toda pretensión de ese tipo —aclaró, sin poder ocultar su nerviosismo.
La foto, la página facsimilar de los diarios rescatados por Brod, y las lujosas ediciones de El Castillo y El proceso, tiradas sobre mi mesa con premeditado descuido, crecieron en presencia mientras el señor hacía esfuerzos sobrehumanos por mirar a otro lugar.
—Mi gusto, mi manera de ver y de pensar, mis concepciones estéticas —agregó, nervioso ante el silencio— están radicalmente cambiadas. Si algo de eso padecí se ha evaporado ya, y soy otro.
Levanté la mirada en busca de sus ojos: temblaban. Debió pensar que admitiría las sospechas si bajaba la vista. Sostuvo su mirada unos instantes. Intrínseco, lo delataba el temor. Sabía que observaba con fatal detenimiento sus temblores, de ahí que se esforzara por mostrarme un rostro a punto de sonrisa.
Lo dejé hacer hasta que pregunté:
—¿Podríamos decir que ha sufrido usted una feliz metamorfosis?
Vertiginoso, más bien atropellado, contuvo impulsos de asentir. Frunció ligeramente el ceño. Se arrugó, como si fuese un muñeco de estopa en el susto de una hoguera, mientras hurgaba en su mente buscando una salida.
—La verdad es que apenas me gusta esa palabra —dijo, después de demostrar su rechazo con muecas sobreactuadas. —Sería demasiado incómodo su empleo. Si digo que soy otro, es porque nunca he sido aquel —continuó, enredando el idioma en su alegato—; no puedo asegurar que haya sufrido una transformación.
—¿Indica eso —acoté, abundante la ironía del tono— que tampoco está envuelto en un proceso?
—Desde luego —se apresuró. —Esto es apenas un acto de rutina, necesario para conservar los entrañables valores de la nueva nacionalidad con que nos iluminan. Ustedes cumplen un deber al que no pueden entorpecer con distinciones. Sería absurdo, irracional de mi parte adjudicarle a estas conversaciones carácter de proceso.
—¿Absurdo? ¿Irracional? —recalqué.
—Improcedente; impropio —resumió.
—Pero usted va a cumplir su primer aniversario de interrogatorios...
—¿Qué puede ser un tiempo tan breve en la vida de un hombre en toda la extensión del tiempo universal y la proyección de ese tiempo en el futuro?
Recuperaba su tono de pasividad, una vez más seguro en sus respuestas.
—¿Y no le gustaría regresar con su familia? —pregunté, con pesada reticencia, después de un breve silencio, quizás infinitamente breve en el silencio universal. —¿Ver por fin a Dora, su esposa, o a su hija Milena? ¿No le gustaría abandonar este castillo de una vez?
De nuevo se arrugó, como si fuese un fósforo en el agua, mientras se esforzaba por ahuyentar de su mente la nostalgia. La breve luz que subía de sus pupilas pasó de la inquietud al miedo. Alargó el ceño y, abriendo cuanto pudo la expresión, gesticuló con el rostro.
—Como a cualquier otra persona —admitió, distraídamente al fin. —Pero sé que he sido necesario en este sitio y que primero está la existencia de la nación que han venido a construir que todos los rezagos de identidad personal; sé que el mundo de luz que nos ofrecen compensa cualquier relación de intimidad.
—¿Entonces, no considera una invasión lo que hemos hecho, ni supone que sea un sinsentido este proceso?
—De ninguna manera —respondió apresurado. —Todo responde a una lógica de acción y consecuencia, a una necesidad perfectamente demostrable.
Contuve su discurso. Una mirada segura, directa a sus ojos, firmes como un dibujo natural, le indicó que era inútil el esfuerzo, que sólo acumulaba argumentos en su contra. Aún así, disimuló los síntomas de desconcierto y se dispuso a escucharme, como si no supiera con exactitud qué le diría.
Se repetía el ciclo ante mis ojos. Con similares gestos y respuestas. No importaba la vía que escogieran ni las artimañas pensadas y ensayadas. Acopiaba, siempre, elementos de juicio para sorprenderlos en contradicción, para fulminarlos en esa paradoja ineludible entre lo que decían ser y lo que sus respuestas delataban. No habíamos invadido su nación de decadentes kafkianos para dejar que lo siguieran siendo. Y sabía, por demás, que esperar un cambio brusco se inscribiría más allá de toda lógica. Era un profesional, y mi labor consistía en atender a los pequeños progresos para que ninguno perdiera ese preciado derecho de la sedimentación, la posibilidad de contarnos la existencia sin conceptos ni absurdos, como una historia de simple trascendencia.
Un ciclo que muy bien dominaba, ciertamente. Dejaba que el tiempo de interrogatorio se extendiese en proporción con la habilidad que mostraban para crear nuevas variantes y con el interés que solían organizar soñando convencerme. Días enteros luchando con su propia manera de pensar, con su estilo de vil razonamiento. Y en ocasiones semanas, y hasta meses, sin que el tiempo contase en realidad. Esta vez, no obstante su destreza, me abrumaba el cansancio, acumulado a lo largo de cientos de entrevistas.
Opté por atenerme a la rutina. Lo haría regresar hasta el primer nivel: al ABC de nuevo. Redactaría el informe con la habitual reserva de evidencias.
Aunque negado de palabra, la condición de proceso fue admitida en el juego de preguntas y respuestas; la metamorfosis había aflorado casi descaradamente y no faltó la tromba de ansiedad, binaria, opuesta, por Dora Dymant, Milena y la colonia penitenciaria. Por no profundizar, insinuaría, en esa serie de nuevos elementos que realzan el dogma de una lógica eficaz del argumento absurdo.
Hábil, sí, debo reconocerlo a pesar del informe que una vez más lo ahoga hacia el inicio. Uno de tantos graduados de Franz Kafka, no apto para reincorporarse a la pulcra sociedad que hemos fundado, donde la simple identidad de cada historia factible de contarse es hilo rojo, eje rector de todas las acciones.

Jorge Ángel Hernández Pérez