Hablar de poesíaPara hermoso regocijo, no es la primera vez que Ediciones Vigía decide reciprocar a Fina García Marruz por su obra, su entrega y su humildad, conjunto de valores que no siempre andan en armonía. La existencia de esta poeta, que sigue siendo esa muchacha de boina y rostro iluminado que eternizó Fidelio Ponce, ha traído luz y realeza a la cultura cubana. Procurando rendir homenaje ella misma y resistiéndose a recibirlos, ojalá perciba este como lo que es, un sencillo regalo por su ochenta y cinco cumpleaños: la edición manufacturada, con diseño de Rolando Estévez, de solo doscientos ejemplares de "Hablar de la poesía".

Este texto de Fina recorre senderos hacia la auténtica poesía, la del vivir diario. La poesía de los actos más fieles. La poesía del cálido plato de sopa, la del abrigo y el amparo. Reconocedora de la fecundidad de una vida hondamente creativa, en este ensayo, Fina contempla, logra y concluye una especial y profunda poética nacida de la paz y el misterioso equilibrio. Es este otro homenaje de Fina García Marruz a los más Altos Oficios, desde donde poesía, arte, filosofía y vida hacen una ceremonia permanente.

-----------------------------------------------------------------------------------------

Fragmento de Hablar de la poesía:

Lo primero fue descubrir una oquedad: algo faltaba, sencillamente. Pero, de pronto, todo podía dar un giro, y las cosas, sin abandonar su sitio, empezaban ya a estar en otro. La poesía no estaba para mí en lo nuevo desconocido sino en una dimensión nueva de lo conocido, o acaso, en una dimensión desconocida de lo evidente. Entonces trataba de reconstruir, a partir de aquella oquedad, el trasluz entrevisto, anunciador. Relámpago del todo en lo fragmentario, aparecía y cerraba de pronto, como el relámpago.

Los espacios y vacíos del verso reflejaban bien aquel vacío, aquella irrupción. Un libro de verdadera poesía detenía el encantamiento. Salvo en aquellos instantes felices de sus súbitas visitas, la belleza misma parecía tener como una limitación. El mar que tenía delante de los ojos era sólo aquel mar. En el misterioso deseo, en la nostalgia imprecisa, sentía una mayor intensidad de presencia. El mar en un verso de Keats se acercaba más a aquel mar total, bramador como el deseo o la esperanza. Estaba a la vez cerca y lejos, dejando oír su «viejo son oscuro» y estallando allá donde la espuma, elevándose contra las rocas, rompía a cantar como el coro de las ninfas. La poesía para mí, la viviente y la escrita, eran una sola, estaba allí donde se reunían los tres tiempos de la presencia, la nostalgia y el deseo, sobrepasándolos, encendiendo no sé qué sed.

Más que en lo que tenía delante de los ojos encontraba en la memoria ese poder mayor de detener lo sucesivo, tocarlo en el hombro y hacerle volver el rostro. Recuerdo que una calle a la salida del colegio, una calle lateral que daba al mar, con un gran árbol añoso en su centro, que yo veía a diario con indiferencia, me produjo una vez, al sobrevenirme de pronto su memoria, como una sensación de bienaventuranza. En su nostalgia no había deseo de retorno al pasado sino como una promesa desconocida: el deseo era como un desapego más bien y la sensación de presencia mucho más intensa que cuando lo tuve todo realmente delante de los ojos. Como Cristo a los discípulos de Enmaus, cierta revelación de lo real sólo me ha sido reconocible a precio de desaparecer.

No puedo decir que fuera aquel un paraje especialmente bello. Nunca he sentido la belleza como una cualidad que puedan tener o no tener las cosas sino como su esencia constante sosteniéndolas, que puede revelársenos o no. Por esto la poesía y «lo poético» me parecen en realidad cosas antitéticas. Lo que encuentro «poético» está ya limitado por mi particular elección o propósito embellecedor. Es algo demasiado excluyente, caprichoso, temperamental. La belleza, o lo es todo, o sería la misma cosa que la injusticia.

Ahora siento menos que en la adolescencia ese imperio de la memoria y el deseo. El hoy humilde me parece el verdadero alimento. Pan nuestro de cada día, no lo excepcional, sino lo diario que no cansa, ni estraga, y que sustenta. Vivir en esa especie de disparadero del proyecto incesante, menudo o magno, escamotea muchas veces su maná precioso sosteniéndonos. Que ningún acto que realicemos en el día, ni aún el más modesto, sea mecánico. Que podamos tender la cama con la misma inspiración con que antes se iba a ver la caída del crepúsculo. La mujer que cose un roto, la que enciende el fuego, la que barre el polvo, contribuye también al orden del mundo, a la caridad más misteriosa: sirve a la luz. Esto no excluye otros órdenes y otras órdenes de más vasto alcance. Se trata de rescatarlo todo, no sólo lo que no poseemos aún sino lo que poseíamos sin darnos cuenta. Se trata también del servicio misterioso.

No se debiera tener «una» poética. En la poética personal debieran entrar todas las otras poéticas posibles. Que el sinsonte y «el divino doctor» no se recelen mutuamente. Que el arte directo no excluya el viejo preciosismo. La naturaleza crea el ala para el vuelo pero, después, la decora. El realismo verdadero debiera abarcar el sueño y el no-sueño, lo que tiene un fin y lo que no tiene ninguno, el cacharro doméstico y la Vía Láctea. Ningún otro realismo que el de la misericordia.

El bromista Cocteau dijo una de las cosas más lúcidas que se han dicho de la poesía: yo sé que la poesía sirve para algo, lo que pasa es que no sé para qué. Algunos ven a Cocteau como a un payaso, pero a ellos les recordamos lo serios que son los payasos y cómo, tantas veces, han sido los bufones los únicos que le dijeron la verdad al rey.

En todo verdadero poema hay un elemento que escapa a su creador mismo. Señalar fines a la poesía, no importa su bondad intrínseca, es pretender conocer de antemano los límites y contenido de ese impulso necesariamente oscuro en su raíz, es ignorar las exigencias de ese organismo tan delicado como desconocido cuya potencia de visión, profecía o conocimiento es tanto mayor cuanto menos pueda ser manejado por una voluntad siempre menos sabia que él. El fin no opera en la poesía, como en cualquier otra creación viviente, al modo como opera en una máquina, que sólo tiene la materia que necesita para lograr su objetivo. Una creación viviente no es nunca el resultado de sus elementos formadores sino ese espacio a que se adiciona un número desconocido. Señalar fines a la poesía, por elevados que éstos sean, es no comprender que el poeta ha de vivir dentro de ella como dentro de algo que lo excede y no que él maneja a su gusto, de modo que se puede decir que la poesía vive menos dentro de él que él dentro de la poesía, como creyó la vieja teología que no era el alma la que estaba dentro del cuerpo sino el cuerpo dentro del alma. Es porque la poesía no es otra cosa que el secreto de la vida, por lo que siempre escapará a la noción de fin visible. El fin no es en ella, como en la máquina, el instante último de su movimiento, sino una instancia superior que le es paralela, acechando, juzgando,ennobleciendo, transpa- rentando lo invisible.

Fina García MarruzFina García Marruz
Visite el sitio web de Fina García Marruz: 

http://www.cubaliteraria.com/autor/fina_garcia_marruz/index.html